La columna del Director

EL HILO INVISIBLE DE LA MATERNIDAD

Por: Luciano Revoredo

Hay una imagen que la memoria guarda con la nitidez de un tesoro: una mano pequeña, inexperta y cálida, aferrada a otra mano firme, una mano que parece contener todas las respuestas del universo. En esos días de infancia, la madre no es solo una persona; es el territorio donde estamos a salvo, la voz que nos guía y nos enseña que el mundo, aunque vasto e incierto, puede ser comprendido a través de sus ojos, que los primeros dolores de la vida son nada ante su beso y abrazo, que nada se compara al aroma de su cercanía. Ahora mismo siento esa mano cálida y suave que me llevó por los primeros caminos de la vida. La mano de mi madre. Aquella que me enseñó a santiguarme y a pasar las cuentas del rosario.

Se llamaba Sofía, nombre que invoca al conocimiento profundo, la inteligencia y la capacidad de discernimiento. Ese nombre no es solo una palabra, sino una definición. Ella fue la arquitectura de los primeros días, la mujer poderosa que con un gesto calmaba tormentas y con una palabra explicaba los misterios de la vida. De su mano aprendí a caminar, pero sobre todo, aprendí a ser. Pero, la ley de la vida es una marea implacable que no conoce excepciones.

Con el paso de las décadas, ocurre una transformación silenciosa y conmovedora. Esas alas que ella misma ayudó a fortalecer nos permiten volar lejos, tomar decisiones, construir destinos. Y un día, al regresar la mirada, descubrimos que la mujer que fue nuestro roble ha empezado a doblarse suavemente bajo el peso del tiempo. La fortaleza se vuelve fragilidad; la guía se convierte en quien necesita ser guiada. Es el momento sagrado de la retribución: cuidar de quien nos cuidó, convirtiéndonos ahora nosotros en el refugio de sus inviernos, hasta que el ciclo se completa y la presencia se vuelve eterna en el recuerdo.

Pero la vida, en su infinita generosidad, no deja vacíos permanentes. Mientras una historia se despide, otra se escribe con la misma tinta de entrega infinita. Al formar una familia, el hombre descubre una nueva dimensión del amor maternal en la mujer que camina a su lado.

En Fátima, mi esposa y madre de mis hijos, la historia encuentra su continuidad. Ella se convierte en el nuevo centro de gravedad, en el eje sobre el cual gira el bienestar de los que más amamos. Es fascinante y a la vez melancólico observar cómo se repiten los gestos: la misma ternura al tomar la mano de un niño, la misma paciencia en las primeras enseñanzas. La danza eterna del amor más puro, de la enseñanza de valores para toda la vida, de la creación de recuerdos imborrables. Pasar los años junto a la compañera de vida es ver florecer la historia compartida. Es comprender que la maternidad no es un evento estático, sino el más grande amor que se pasa de generación en generación. Hoy la vemos ser el pilar de nuestros hijos, sabiendo que mañana, por esa misma ley natural, ellos serán su sostén.

La vida nos regala este vaivén: fuimos hijos de la sabiduría y hoy somos compañeros de la entrega. Entre el recuerdo de la madre que se fue y la presencia de la madre que nos acompaña, se teje el sentido de nuestra existencia. Al final, lo que queda es ese hilo invisible que une a las madres de ayer con las de hoy, recordándonos que, aunque el cuerpo se debilite, el amor es la única fuerza que nunca deja de volar.

¡Feliz día de la madre!

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