La columna del Director

VICTORIA DEL SENTIDO COMÚN

Derogan de la guía de lenguaje inclusivo del Ministerio de la Mujer

Por: Luciano Revoredo

En un giro que merece ser celebrado como un triunfo de la razón sobre la ideología, el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables (MIMP) ha derogado su reciente “Guía para el uso del lenguaje inclusivo”, aprobada bajo la Resolución Ministerial N° 125-2025-MIMP. La decisión, plasmada en una nueva resolución ministerial, reconoce explícitamente que dicho documento no cumplía con los lineamientos de la Ley 32003, una norma regula el uso del lenguaje en el ámbito público para evitar los excesos del desdoblamiento lingüístico y las distorsiones que tanto daño hacen a nuestra lengua. Este paso atrás del MIMP no solo corrige un error garrafal, sino que expone, una vez más, el absurdo del progresismo que insiste en imponer sus dogmas a costa de la lógica, la tradición y el sentido común.

La Ley 32003, promulgada en abril de 2024, fue un dique contra la marea de disparates que el lenguaje inclusivo ha traído consigo. Esta norma establece que en comunicaciones oficiales y textos escolares debe respetar las reglas de la Real Academia Española y evitar el innecesario desdoblamiento de términos como “todos y todas”, “ciudadanos y ciudadanas” o las aberraciones aún más grotescas como “todes” o “compañerxs”. Sin embargo, el MIMP, en un acto de rebeldía ideológica o simple ineptitud, decidió ignorar esta disposición y publicar una guía que, lejos de promover igualdad, buscaba torcer el idioma hasta convertirlo en un campo de batalla para las obsesiones de la corrección política. Que ahora reconozcan su error no es solo una victoria legal, sino un golpe demoledor contra la agenda progresista que pretende colonizar cada rincón de nuestra cultura.

El lenguaje inclusivo, como lo defienden sus adalides, no es más que una herramienta de control disfrazada de inclusión. Bajo el pretexto de “visibilizar” a ciertos grupos, lo que realmente hace es fragmentar el idioma, volverlo torpe y artificial, y, en última instancia, alienar a quienes lo usan. ¿Qué sentido tiene desnaturalizar una lengua que ha evolucionado durante siglos para ser eficiente y universal, solo para satisfacer las demandas de una minoría ruidosa que ve opresión en cada palabra? La respuesta es clara: no se trata de inclusión, sino de poder. El progresismo, con su afán de reescribir la realidad, no tolera que el lenguaje sea un reflejo espontáneo de la sociedad y prefiere moldearlo a su antojo.

La derogación de esta guía es, por tanto, un recordatorio de que no todo está perdido. Que el MIMP haya tenido que dar marcha atrás demuestra que la resistencia al disparate tiene frutos. Sin embargo, el hecho de que un documento ilegal haya visto la luz en primer lugar plantea preguntas inquietantes: ¿Cómo es posible que una entidad pública, supuestamente sujeta a la ley, publique algo que la contradice tan flagrantemente? ¿Dónde estaba la fiscalización? ¿Quién permitió que este despropósito llegara tan lejos?

No basta con celebrar la derogación; es imperativo exigir responsabilidades. Quienes aprobaron esta guía deben rendir cuentas, no solo por violar la ley, sino por intentar imponer una visión del mundo que la mayoría de peruanos rechaza.

El lenguaje inclusivo, en su forma más radical, es un ataque directo a la claridad y la belleza del español. Sustituir la riqueza de nuestras expresiones por fórmulas torpes y artificiales no empodera a nadie; al contrario, nos empobrece como sociedad. La verdadera inclusión no necesita inventar palabras ni forzar gramáticas: se logra con hechos, no con símbolos vacíos. Mientras el progresismo siga empeñado en su cruzada lingüística, el resto de nosotros debemos seguir defendiendo el idioma como un patrimonio común, no como un campo de experimentación para ideologías pasajeras.

Hoy, la derogación de esta guía es un paso en la dirección correcta. Pero la batalla no termina aquí. El progresismo, con su arrogancia y su desprecio por lo establecido, volverá a intentarlo. Depende los que valoramos la razón y la tradición, debemos mantenernos vigilantes y asegurarnos de que el sentido común prevalezca.

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