La columna del Director

ALBERT RAMDIN: OTRO IZQUIERDISTA AL MANDO DE LA OEA

Por: Luciano Revoredo

La elección de Albert Ramdin como Secretario General de la Organización de los Estados Americanos (OEA) marca un nuevo capítulo sombrío para una institución que, tras el desastroso liderazgo de Luis Almagro, parece condenada a profundizar su irrelevancia y su inclinación hacia agendas izquierdistas contrarias a los valores de libertad, soberanía y democracia que deberían definir el hemisferio. Esta designación no solo perpetúa el rumbo equivocado de la OEA, sino que amenaza con agravar las heridas abiertas por la permisividad hacia regímenes autoritarios y la erosión de los principios fundamentales que alguna vez dieron sentido a esta organización.

Ramdin, un diplomático surinamés con una larga trayectoria en el NDP (Partido Nacional Democrático), llega al cargo con un bagaje ideológico que despierta serias dudas. El NDP, de corte izquierdista, nacionalista y socialista, ha estado históricamente vinculado a Desiré Bouterse, un exdictador condenado por asesinatos y narcotráfico, cuya sombra aún oscurece la política de Suriname. Que Ramdin haya prosperado en este entorno, sirviendo como Vicepresidente (2010-2015) y Ministro de Relaciones Exteriores (2015-2020) bajo el gobierno de Bouterse, sugiere una tolerancia inquietante hacia el autoritarismo de izquierda. ¿Es este el hombre que liderará la OEA en un momento de crisis regional marcada por dictaduras en Cuba, Venezuela y Nicaragua?

Aunque Ramdin ha intentado presentarse como un pragmático, su historial diplomático y sus acciones como Ministro de Relaciones Exteriores desde 2020 revelan una inclinación hacia políticas que favorecen la intervención estatal y alianzas con potencias como China. Su apoyo explícito a la política de “una sola China” y sus reuniones regulares con el embajador chino ante la OEA, Lin Ji, son señales alarmantes de que Ramdin podría convertir la organización en un instrumento más de la agenda globalista de Pekín, debilitando aún más la resistencia a las autocracias y al avance comunista en la región.

Luis Almagro, a pesar de sus críticas iniciales a Venezuela, terminó su mandato como un líder inconsistente y débil, incapaz de frenar el deterioro democrático en el hemisferio. Su tibieza frente a regímenes totalitarios y su obsesión con mantener un perfil político personal dejaron a la OEA como una cáscara vacía, incapaz de cumplir su mandato original de promover la democracia y los derechos humanos.

La elección de Ramdin, respaldada por el bloque izquierdista de países como México, Brasil, Bolivia, Colombia y Uruguay, no es casualidad. Estos gobiernos, alineados con el neopopulismo autoritario y el Foro de Sao Paulo, ven en él a un aliado dispuesto a suavizar las críticas a sus socios ideológicos en La Habana, Caracas y Managua. Mientras Almagro al menos pronunciaba discursos altisonantes contra Maduro, Ramdin, con su historial de silencio cómplice bajo Bouterse, podría optar por una diplomacia pasiva que legitime aún más a estos regímenes. La OEA no debería ser un club de aplausos para tiranos, sino un baluarte contra ellos.

Aunque no hay evidencia directa de sus posturas sobre temas como el aborto o el matrimonio igualitario, su pertenencia a un partido de izquierda progresista y su alineación con agendas globalistas sugieren que no será un defensor de las instituciones tradicionales ni de la libertad individual frente a la burocracia internacional. En un hemisferio donde el narcotráfico, la migración descontrolada y la inseguridad amenazan a las familias, necesitamos un líder que priorice la seguridad y el orden, no uno que busque consenso con quienes socavan estos principios.

La elección de Ramdin coincide con un momento en que Donald Trump,  líder del mundo libre tras su regreso a la Casa Blanca, ha mostrado desdén por los organismos multilaterales como la OEA.

Trump, enfocado en una política de “América Primero”, no verá en Ramdin a un aliado confiable, especialmente dado el contraste con Rubén Ramírez Lezcano, el candidato paraguayo que ofrecía una visión más alineada con los intereses estadounidenses y la lucha contra el socialismo.

Albert Ramdin no es la solución al desastre de Almagro; es su prolongación con un rostro diferente. Su elección representa un triunfo del bloque izquierdista y una derrota para quienes creemos en una OEA que defienda la libertad, la democracia y los valores tradicionales frente a las amenazas del socialismo y el globalismo.

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