
Por: Matías de Dompablo
Durante los últimos años, una acción recurrente entre aquellos que no encuentran el argumento para sostener su postura y se escandalizan ante una opinión distinta a la suya es la censura o cancelación, como se le conoce en las redes sociales.
Este accionar, que consiste en silenciar a las voces que no piensan como ellos, se realiza bajo la bandera de la tolerancia. Es decir, dentro de la cosmovisión de estos individuos – y colectivos – si uno no comulga con sus ideas, no puede opinar en contra porque estaría siendo intolerante.
Y aunque esta idea es ridícula en sí misma por la contradicción que contiene en su propia formulación, es cada vez más usada; y ya no solo en las redes sociales, sino también en los medios de opinión y los centros educativos.
Esto último es particularmente peligroso porque elimina el juicio crítico y el diálogo del proceso de formación. Lo vemos en colegios, institutos y sobre todo en universidades, donde la imagen de ser casa de las ciencias se está convirtiendo en un fantasma en la memoria colectiva de los amantes del saber, para volverse centros de adoctrinamiento, donde predomine un pensamiento único y se censure a los que levanten la voz en protesta.
Marx decía que la religión es el opio del pueblo y, aunque difiero con él, me apropio del espíritu su frase para formularla de la siguiente manera: la tolerancia es el opio de la inteligencia y la actitud crítica manifestadas en una opinión, adormeciendo las mentes de aquellos que piensan distinto al discurso sociopolítico predominante para que, en un futuro, agobiados por la persecución y la censura, ya no se manifiesten.
Indudablemente, no pretendo auto señalarme como dueño de la verdad o poseedor de un juicio infalible. Sería caer en aquella actitud que denuncio en este escrito; pero lo que sí afirmo es que existen verdades absolutas – o la verdad de las cosas – que son atributos independientes a nuestra percepción de la realidad. Nuestro propósito debe ser acercarnos a ellas y no relativizar todo, como lo hacen los progresistas y defensores de las teorías críticas, también conocidas como teorías posmodernistas.
Para esto es sumamente necesario el debate académico, en donde tiene lugar la contraposición de ideas. Todas estas pueden someterse a juicio, para hallar la veracidad de lo que se dice. Para esto es imprescindible contar con distintas perspectivas y no censurar las distintas a la propia para luego señalarla como la única válida o verdadera.
Tenemos una responsabilidad directa en la fomentación del diálogo y juicio crítico, en nuestros trabajos, centros de estudio y, en general, en nuestras vidas cotidianas. Porque en caso de no tomar cartas en el asunto, quedaremos sumisos ante un discurso único y portavoces tiranos, que no toleren a aquel que no piensen como ellos; aquellos que no sean “tolerantes” con sus ideas.




