
Por: María Ximena Rondón
En el Perú, especialmente en la capital, solemos repetir una palabra cada vez que vemos a una persona que aparenta ser de bajos recursos o procedente del llamado “Perú Profundo”: Pobrecito…
Tal vez muchos pensaron o dijeron esa misma palabra cuando Pedro Castillo entró en la escena política durante las elecciones presidenciales. Después de todo, se esforzó en presentar una imagen de “humildad” (algo que se aleja del significado real de esta virtud) al calificarse como un “rondero” y un “profesor del Perú Profundo”. Este sujeto ha sabido replicar esa misma opinión para referirse a quienes considera como “el pueblo”. Incluso utilizó la canción “Cholo soy” para su campaña, aunque la familia Abanto Morales le recriminó que estaba manipulando la letra a su conveniencia.
¿Cuántas veces hemos escuchado a Castillo decir que las “élites” no soportan que alguien de provincia les gobierne? En su reciente mensaje a la nación pronunciado el 28 de julio, indicó que “desde los poderes fácticos y la oligarquía” se busca “minar al gobierno del pueblo”.
También recurrió al clásico recurso de la víctimización, ante las acusaciones de actos de corrupción presuntamente perpetrados por él y sus allegados, al afirmar que “no nos han dado ni un minuto de tregua. No importa que ignoren nuestro logros y se dediquen a difamar, acusándonos con ninguna prueba”… Basta con ver la entrevista que realizó el periodista Fernando del Rincón, de la cadena CNN al abogado del presidente, Benji Espinoza, para notar ese discurso de victimismo y de “pobreteo”.
El gran problema de esa mentalidad es que se piensa que esos “pobrecitos” son inofensivos e inocentes. Llevan esa marca desde el siglo XIX y realmente es algo penoso, ya que nos ha arrastrado a tener a un presidente como Pedro Castillo. Es importante reflexionar sobre este “pobreteo” porque así como es una herramienta de manipulación, también es una forma de denigrar a los provincianos que se esfuerzan por seguir adelante. Y lo que hace nuestro flamante mandatario es pensar que todos son de su misma condición y que tienen la misma mentalidad mediocre.
Un claro ejemplo es el caso de Kimberly García, deportista originaria de Huancayo (Junín) que ganó dos medallas en el Mundial de Atletismo. Cuando se presentó ante Pedro Castillo, este pronunció mal su nombre. Es una ofensa ante alguien que se ha esforzado por dejar en alto a su país (y sin el apoyo del IPD).
En esa misma ceremonia, estuvieron los campeones de ajedrez, originarios del Cuzco, quienes recibieron una agenda, un cargador portátil y un pin como reconocimiento por sus logros en Panamá. Claramente, las familias se ofendieron por este paupérrimo obsequio e incluso denunciaron que cuando le pidieron un premio más adecuado para sus hijos, el ministro de Educación, Rosendo Serna, les dijo que “vayan a su colegio, ellos hacen los auspicios, ellos ganan por ustedes”. Un digno gesto del gobierno del pueblo.
Da lástima porque si un gobierno que se jacta de representar al pueblo y al “Perú profundo” no reconoce con la debida dignidad a sus campeones, ¿qué le espera al resto de los peruanos? Además, Castillo divide a propósito al país cuando recalca en sus discursos las máximas del Marxismo de “pobres y ricos” ¿Qué clase de Perú quiere construir? ¿Un país que te ataca por lo que eres y de dónde vienes?¿Un país donde se aprovechan del “pobreteo” para cometer actos de corrupción?¿Un país al que no le importan tus logros?
El Perú se merece alguien mejor que el “pobrecito” de Pedro Castillo y que la gente que lo rodea. Y lamentablemente, tienen el retorcido apoyo de los caviares y la izquierda, quienes utilizan el clásico recurso del fujimorismo para justificarse y descalificar los actos de corrupción de sus aliados. No nos dejemos manipular. El Perú no merece gente así.





Muy cierto es el abuso del pobreteo y la victimización como instrumentos de manipulación utlizados mayormente por gentes que se sienten excluídas, renegados sociales y por políticos corrompidos que aspiran llegar a algún poder del Estado para enriquecerse ilícitamente. Pero, los pecados de los caviares e izquierdistas no convierten en santos a las élites oligarcas ultraderchistas que igualmente han causado tanto daño al país . Estos dos bandos clásicos históricos que pudieran parecer totalmente opuestos e irreconciliables, en realidad son muy semejantes cuando se trata de poner sus intereses propios y egoístas por encima de los intereses del país. Vemos en el Congreso a gente de izquierda, centro o derecha involucradas en graves casos de corrupción, lo mismo sucede en los otros poderes del estado. El delincuente no tiene bandera política ni ideológica, sólo le gusta la vida fácil y delinquir. Unos (con menos recursos monetarios) utilizan como medio para sus fines el pobreteo ó la victimización y los otros (los de mayores recursos económicos) utilizan la prensa mermelera.