Cultura

‘VIVO’: UNA PELÍCULA DE LA HOSTIA

La película se llama ‘Vivo’. Pero iba a haberse llamado ‘La Hostia’. Tiene sentido. Cuenta cómo un trozo de pan -en apariencia, solo un trozo de pan- cambió las vidas de Andrea, Carlos, Jaime, Antonio y Sonsoles.

Andrea es una chica de Barcelona. Lo que viene siendo una niña mona. Muy mona. Con las preocupaciones propias de la edad y, sobre todo, las alegrías: familia, amigos, novio…

Carlos también llevaba una vida que para qué cambiarla por otra. Con solo 18 pensó que ya se podía morir. No porque estuviese cansado de vivir. Sino porque no se le podía pedir más a la vida. Buen hijo, buen amigo, buen novio, buen estudiante. Un triunfador. La máxima expresión del putoamismo.

Jaime, en cambio, no era de la opinión de que la vida pudiese ser maravillosa. La vida era una mierda. Occidente se iba al carajo y solo él, apenas un adolescente, lo veía. Nadie más a su alrededor. Putos burgueses. Mejor buscarse otro entorno, dispuesto como él a todas las violencias para salvar la civilización. Raro era el fin de semana que no volvía a casa hasta arriba de todo, con los nudillos en carne viva y la cara como un mapa. Para que su madre no se preocupara, solo tenía que pensar en la madre del otro chaval, en esos momentos en el hospital. Eso le pasaba por haber osado cruzar su mirada con un ejemplar de la raza superior.

Después de cuatro hijos, Antonio y Sonsoles todavía jóvenes, por fin podían dedicarse algo de tiempo a sí mismos. La pequeña estaba en esa edad en la que no tenías que estar 24 horas pendiente. El matrimonio podía incluso permitirse una escapada de fin de semana. Y sin faltar por eso a misa. Porque Antonio y Sonsoles eran de los que iban a misa.

Hasta aquí la presentación de la trama. Nada en principio que te atornille a la butaca del cine, salvo quizás la historia de Jaime, el joven ultra enfurecido con el mundo. ¿Pero y el resto? Mejor introducir un giro en el guión o el público va a abandonar poco a poco, con discreción, la sala.

El giro no lo introduce Jorge Pareja, director de ‘Vivo’. Y no porque no sepa contar con imágenes y sonidos una buena historia. Lleva haciéndolo desde que era niño, cuando con la videocámara de su padre -una mini VHS- y un PC barato se pasaba las tardes imaginando otros mundos. Nunca ha dejado de hacerlo. Si eso, ha ido afianzándose en la técnica. El giro en ‘Vivo’ lo introduce la vida misma. O, mejor, el protagonista de la película: Dios. Tan discreto, que adopta la forma de un pedazo de pan.

Que Dios protagonice ‘Vivo’ no resta méritos al director de la cinta y al resto del equipo. Es mérito de Pareja elegir el momento narrativo exacto en el que introducir el giro. Que en el caso de Andrea es cuando le dan la noticia de que su novio ha muerto en un accidente de tráfico; en el de Jaime el fin de semana que pasa en un calabozo de comisaría, a cientos de kilómetros de casa; y en el de Antonio y Sonsoles, cuando en la ecografía de su quinta hija -que vino sin pedir permiso- el médico vio algo que no pintaba bien. Solo la historia de Carlos no sufre un cambio brusco, sino paulatino. Empieza en la universidad, después de hacer amistad con un compañero que los domingos por la tarde hacía algo que él no había hecho en su vida: ir a misa.

A partir de aquí, la película narra cómo la vida de cada uno de los protagonistas cambia según experimentan un encuentro personal con Cristo. No es un camino de ternezas y flores. Andrea, la niña mona de Barcelona, experimenta la negación al descubrir que la vida no iba solo de elegir con cuidado. Jaime, el joven bestia calculador de razas, amanece un día en la India, a las órdenes de unas monjas, atendiendo a pobres y enfermos a los que no mucho tiempo atrás habría juzgado como infrahombres, con vidas no dignas de ser vividas. Antonio y Sonsoles, el matrimonio con los deberes hechos, tienen que desafiar un sistema sanitario y una sociedad que, con raras excepciones, dan por hecho que la niña que esperan ha de ser abortada, por monstruo. Carlos no sabe cómo contarles a sus padres y amigos que ha empezado a ir a misa; descreídos como son -él también lo era- les hubiera sorprendido menos la noticia de un cambio de sexo.

Todos encuentran fuerza en la tribulación durante las adoraciones ante el Santísimo que organiza Hakuna, asociación privada de fieles. Y aunque ‘Vivo’ es un proyecto patrocinado por Hakuna, que a lo largo de dos años ha abierto sus puertas y -suena cursi, pero es verdad- sus corazones a Jorge Pareja, la película no va de Hakuna, de quiénes son, qué hacen, dónde están, como colaborar. Para eso está su web. ‘Vivo’ va de un rostro y unos latidos que solo se pueden ver y escuchar con los ojos del corazón, a la hora santa de la Hora Santa. Y hasta aquí podemos escribir, sin incurrir en la funesta manía de los spoilers.

Solo añadir, por si no hubiera quedado claro, por qué, en lugar de ‘Vivo’, la película pudo haberse llamado ‘La Hostia’. Se entiende cuando Andrea, la chica de Barcelona que ha perdido a su novio en accidente de coche, cuenta que, tras unos meses, sin asistir a la Hora Santa, intenta montarse una en su habitación, con las luces apagadas, una vela y, de fondo, música de Hakuna. Pero no era igual. Faltaba algo. Y no era la gente. Era la Hostia.

 

 

© Centinela

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