
Por: Ricardo León Dueñas
Me encanta el cine, junto con la lectura y la música no hay mejor manera de pasar el tiempo y a la par de entretenerse también culturizarse. Soy un aficionado al séptimo arte desde hace más de 50 años, una adquirida de mi padre, quien me llevaba a ver todo tipo de películas, obviamente a las que tenía acceso. En aquel tiempo había las de mayores de 21 años, mayores de 18, inclusive hasta las de mayores de 14 años y por cierto las famosas aptas para todos. Había los cines de barrio y las grandes e importantes salas donde llegaban los estrenos de la época. En fin, un mundo absolutamente distinto al de hoy día, donde hay miles de plataformas para ver todo tipo de producción audiovisual desde la comodidad de la casa y al alcance de todos.
En lo que respecta al cine peruano, mi acercamiento se dio a mediados de los años setentas, fueron las películas de Lombardi, Tamayo y Huayhuaca principalmente las que recuerdo de aquella época. Debo reconocer que nunca entendí el cine de Robles Godoy (nominado nada menos que a un Globo de Oro en 1972 por su película “Espejismo”). En los ochentas Degregori, Durant, Llosa y el mismo Lombardi (sin temor a equivocarme el más prolífico) y alguno otro más por ahí fueron mis referentes. Dramas, comedias y policiales, algunas de ellas interesantes y entretenidas, entre las que recuerdo: “Cuentos Inmorales”, “Aventuras Prohibidas”, “Muerte de un Magnate”, “Abisa a los Compañeros”, “Alias la Gringa”, etc. etc. Esas fueron las primeras películas peruanas que vi. Sin embargo, de aquel entonces a la fecha hubo -y hay- un tema que ha marcado el cine peruano de una manera indeleble hasta nuestros días: el terrorismo de los ochentas y entrados los noventas, ese terrible fenómeno que asoló a nuestra patria por largos años. Y lamentablemente no para bien, según mi modesta opinión.
No hay película peruana que no muestre esta parte de nuestra historia relativamente reciente como una donde jamás las fuerzas del orden quedan bien paradas. Inclusive la mejor película que recuerdo de aquella época “La Boca del Lobo” de Lombardi lo deja a uno con ese sinsabor. El sesgo es -lamentablemente- inocultable. Salvo que alguien me retruque lo dicho, muchas películas peruanas que tocan el tema, ponen -lamentablemente- al terrorismo demencial (de Sendero Luminoso principalmente) al nivel de las FFAA en brutalidad y barbarie, e inclusive a estas últimas de peor manera en muchas de ellas. Será por que quienes se dedican a hacer cine en el Perú en su inmensa mayoría son de militancia o simpatía progresista o abiertamente de izquierda, gente que incide en los excesos de los militares en esa época contra las huestes terroristas.
Una solapada manera de mostrar la historia como una que ha terminado por conseguir el efecto que definitivamente ha logrado: el terrorismo como un grito de protesta social que si bien no se justifica abiertamente, sí lo hace parecer como uno no tan terrible como lo recordamos quienes vivimos esos aciagos años. De esta manera los militares terminan siendo unas grotescas caricaturas que se comportan como psicópatas tan solo dedicados a torturar y matar a quien se le cruce en el camino. Es por todo lo expuesto que mi opinión del cine peruano en ese tema no es de la mejores.
Ahora bien, como se ha podido apreciar de un tiempo a esta parte, el cine peruano ha experimentado un renacimiento con la masiva (relativa por cierto) producción de películas de toda índole. Sin embargo, ese tufillo reivindicatorio social y de discurso de protesta en sus dramas continúa a la par de comedias bobas de dudosa calidad artística para el gran público. Será por todo lo comentado que no soy precisamente un fan del cine nacional y la verdad no tendría por qué serlo, el cine es bueno o malo, no importando su procedencia. En todo caso, el día que pueda ver un cine hecho en Perú, de calidad y despercudido de una ideología que no comparto en lo absoluto, entonces regresaré a verlo con la misma ilusión de cuando comencé a hacerlo hace mucho tiempo.
Sé que pocas líneas para un tema que da para muchísimo más, uno puede pecar de ligero y hasta injusto con muchos cineastas nacionales, pero también es cierto que el cine como cualquier manifestación artística genera sensaciones y emociones y nadie puede ser ajeno a ellas. Ahí fueron las mías.






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