Iglesia y sociedad

SOBERANÍA DE CRISTO O SOBERANÍA POPULAR

Por: Pedro Luis Llera

¿Cristiano y liberal? ¿Soberanía de Cristo o soberanía popular?

Tengo la sensación – más bien la certeza – de haber escrito este mismo artículo muchas veces. Me repito. Es verdad. Pero en estas cuestiones, nos jugamos la vida. Y si Dios me pide que lo escriba un millón de veces, lo haré. Así que vuelvo a insistir en lo fundamental para que no perdamos el rumbo…

1.- Hemos sido creados por Dios. Dios nos amó desde antes de crear todo cuanto existe y nos dio la vida. No somos fruto del azar, como pretenden los ateos. Dios nos ha dado la vida y nos ha hecho a su imagen y semejante. De ahí proviene nuestra dignidad.

Le dice Dios a Jeremías:

Antes que yo te formara en el seno materno, te conocí, y antes que nacieras, te consagré, te puse por profeta a las naciones. Jeremía 1, 5.

Y en el Salmo 138 podemos leer:

Tú has creado mis entrañas,
me has tejido en el seno materno.

Te doy gracias,
porque me has escogido portentosamente,
porque son admirables tus obras;
conocías hasta el fondo de mi alma,
no desconocías mis huesos.

Cuando, en lo oculto, me iba formando,
y entretejiendo en lo profundo de la tierra,
tus ojos veían mis acciones,
se escribían todas en tu libro;
calculados estaban mis días
antes que llegase el primero.

2.- La vida del hombre tiene sentido: caminamos hacia nuestra patria celestial que es Dios mismo. Dios nos llama a vivir en comunión con Él, unidos a Él. Dios nos dio la vida y nos la conserva por amor, porque en Él vivimos, nos movemos y existimos.

Este mundo es el camino (1)
para el otro, que es morada
sin pesar;
mas cumple tener buen tino
para andar esta jornada sin errar.
Partimos cuando nascemos,
andamos mientras vivimos,
e llegamos
al tiempo que fenecemos;
así que cuando morimos,
descansamos.

La vida terrenal es una peregrinación hacia el Cielo, hacia Dios mismo, hacia esa morada sin pesar, donde podremos contemplar a Dios cara a cara y donde ya no habrá sufrimiento ni dolor ni preocupaciones. Y conviene que seamos sensatos y tengamos buen tino para no equivocarnos al andar esta jornada. Porque si erramos el camino, puede que acabemos yendo hacia nuestra perdición. Podemos equivocarnos si empleamos nuestra libertad para buscar la felicidad en el pecado, en las bajas pasiones, en los afectos desordenados. Podemos creer que la felicidad consiste en hacer siempre lo que nos apetece, en disfrutar, en pasarlo bien… Y corriendo tras esa felicidad engañosa, podemos acabar alejándonos de Dios y echando a perder nuestra vida. Como el hijo pródigo de la parábola, que se fue de la casa del Padre y derrochó su fortuna en vino y en mujeres. Y acabó siendo un desgraciado. En definitiva: todo es bueno en tanto en cuanto nos ayude a alcanzar el fin para el que hemos sido creados. Y será malo todo lo que nos aparte de ese camino hacia el Cielo. 

El sentido de la vida consiste en cumplir la voluntad de Dios. ¿Y en qué consiste esa voluntad de Dios? Pues consiste en cumplir los Mandamientos: la ley eterna universal. Esa es su Voluntad: que vivamos amando a Dios sobre todas las cosas – con todo nuestro entendimiento, todo nuestro corazón y todas nuestras fuerzas – y al prójimo como a nosotros mismos. Dios quiere que nos amemos como Él nos ama. La esencia de Dios es el Amor. Así de bien lo expresa san Agustín:

Ama y haz lo que quieras. Si callas, calla por amor. Si corriges, corrige con amor. Si respetas, respeta por amor. Lleva dentro de ti la raíz del amor: de esa raíz no puedes hacer nada que no sea bueno.

Dios quiere que amemos a todos siempre: también a nuestros enemigos. Y como eso es imposible para nosotros con nuestras solas fuerzas, el Señor nos concede su gracia a través de la oración y los sacramentos. Con su auxilio, lo podemos todo. Sin Él, no podemos nada.

3.- La felicidad completa solo la podemos alcanzar plenamente en el cielo.

La eucaristía es el anticipo del cielo en este mundo. En ella podemos contemplar y adorar a Cristo, verdaderamente presente en la Hostia Santa. Y podemos comulgar para vivir unidos a Él, anticipando la gloria del Cielo. La verdadera experiencia personal de encuentro con Cristo es la Santa Misa (y no los experimentos modernos).

– ¡No se puede ser verdaderamente cristiano si no se tiene una experiencia personal de encuentro con Cristo! – clama el cura en su homilía…

– ¿Y a qué se cree usted que vengo a misa? ¿A verlo a usted?

Pues no. Yo no voy a misa a ver al cura ni a aplaudir sus ocurrencias creativas o su elocuencia. Voy a encontrarme con el Señor y, aún más: a unirme a Él en la santa comunión. Porque sólo unido a Cristo podré crecer en santidad. La Eucaristía es la experiencia mística por excelencia.

Pero, con todo, nuestra plenitud está más allá de los límites de la muerteNos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti (2). Por eso el creyente no le tiene miedo a la muerte, porque morir es ir al encuentro de nuestro Señor. Así lo expresa Santa Teresa:

Vivo sin vivir en mí
y tan alta vida espero
que muero porque no muero.

Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor,
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí;
cuando el corazón le di puso en mí este letrero:
«Que muero porque no muero».

Esta divina unión,
y el amor con que yo vivo,
hace a mi Dios mi cautivo
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a mi Dios prisionero,
que muero porque no muero.

¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel y estos hierros
en que está el alma metida!
Sólo esperar la salida
me causa un dolor tan fiero,
que muero porque no muero.

Acaba ya de dejarme,
vida, no me seas molesta;
porque muriendo, ¿qué resta,
sino vivir y gozarme?
No dejes de consolarme,
muerte, que ansí te requiero:
que muero porque no muero.

¡Qué lejos está esta visión cristiana de la vida y de la muerte de la de un ateo! ¡Qué lejos de la angustia existencial! ¡Qué lejos del horror y el espanto que provoca la muerte en el nihilista contemporáneo! Así expresa ese horror a la muerte el genial Rubén Darío en Lo Fatal:

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!…

En cualquier caso, esa esperanza cristiana en el más allá, no significa alienación en el más acá. La esperanza en la vida eterna no implica que nos desentendamos de este mundo. De hecho, en este mundo, en esta vida terrenal, nos jugamos, nada más y nada menos, que la vida eterna. Todos estamos llamados a ser santos y justos. Solo si vivimos sirviendo y amando a todos y trabajando por el bien común, seremos dignos hijos de Dios. Si vivimos conforme a la ley natural, conforme a la ley eterna, con la ayuda de la gracia de Dios, el Reinado Social de Cristo se irá haciendo presente en este mundo.

“Venga a nosotros a tu Reino. Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. El reino de Dios se hace presente en la medida en que cada uno de nosotros hacemos, no nuestra voluntad, sino la voluntad de Dios. “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra”Cuanto más esclavos de Dios, más libres seremos. Cuanto más queramos hacer nuestra propia voluntad – y no la de Dios – más esclavos seremos del demonio, del pecado. “No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal”: líbranos del pecado, líbranos de las asechanzas del Maligno. No quiero ser libre para pecar, sino para hacer tu voluntad, Señor.

4.- Porque el pecado siempre consiste en traicionar a Dios y a los hermanos. Pecamos cuando nos consideramos a nosotros mismos dios; cuando, en lugar de amar al hermano, queremos convertirlo en nuestro siervo.

El ateísmo moderno lleva al hombre hacia una pretendida autonomía total, hasta negar toda dependencia del hombre respecto a Dios.

“Dios no existe. Dios ha muerto. El hombre está por encima del bien y del mal. Yo decido lo que está bien y mal, al margen de la Ley de Dios. Yo soy mi propio dios. Yo me creo a mí mismo. Yo decido lo que soy, cómo soy; qué está bien y qué está mal.”

El pecado es la rebelión del hombre contra Dios: negar que hay una ley eterna y universal; negar que existe la verdad y la mentira, el bien y el mal. Para el hombre moderno todo es subjetivo y cada uno ve las cosas desde su punto de vista. Nada está bien ni está mal: todo depende del cristal con que se mire. Todo es relativo. Lo que está bien para mí puede estar mal para ti y viceversa. El aborto para ti puede ser algo malo pero para la mayoría es bueno. La eutanasia puede que algunos la critiquen como un mal pero la mayoría es partidaria. Y así llegamos a la conclusión de que solo podemos llegar a un acuerdo sobre el bien y el mal votando. El consenso de las mayorías decidirá lo que es bueno y lo que es malo. No es Dios quien establece el bien y el mal, sino el pueblo. El mismo pueblo que gritaba pidiendo que crucificaran al Justo, a Cristo. La soberanía popular frente a la soberanía de Cristo. He ahí el origen de todos los males modernos: el hombre se pone a sí mismo en el lugar que le corresponde a Dios. Pero solo Dios es Dios. Y cuando los pueblos se oponen a Dios y se levantan contra Dios, se granjean su propia desgracia.

Subjetivismo e individualismo radicales, relativismo moral, soberbia y rebelión contra Dios; nihilismo y democratismo. Vivimos en plena dictadura del relativismo: este es el “Pensamiento Único” de nuestro tiempo. Estas son las notas características de nuestros tiempos oscuros, dominados por los orcos de Mordor. Los que profesan este ateísmo afirman que la esencia de la libertad consiste en que el hombre es el fin de sí mismo, el único artífice y creador de su propia historia. Lo cual no puede conciliarse con el reconocimiento del Señor, autor y fin de todo.

Liberalismo y cristianismo defienden dos concepciones del hombre y del mundo absolutamente incompatibles y contrapuestas. La verdadera doctrina católica y las filosofías modernas no casan ni pueden casar; y tratar de conciliarlas es tan imposible como la cuadratura del círculo. Los males que sufrimos en la Iglesia tienen ese origen. El Reinado de Cristo, en la tierra como en el cielo; la primacía de la voluntad de Dios sobre la del hombre, que debe sujetar su libertad a la Ley de Dios, son incompatibles con la doctrina liberal. Y la ideología de género no es otra cosa que esa misma doctrina liberal llevada hasta sus últimas consecuencias. Hasta el punto en que el hombre pretende decidir incluso sobre su propia naturaleza levantándose no solo contra el Dios Creador, sino también contra la “tiranía” de la biología y contra la Verdad de la física. El liberalismo como negación de Dios es un disparate.

O vivimos unidos a Dios o acabaremos siendo unos desgraciados. Un país que convierte el pecado en bien y al bien lo considera como algo ridículo, está cavando su tumba y procurando su propia destrucción. El mal se destruye a sí mismo. Así que la alternativa es conversión o muerte.

Nosotros solos no vamos a derrotar al nihilismo liberal imperante. Es Cristo quien lo va a derrotar. Cristo es nuestro Salvador y nuestro Señor. Él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Él es el Todopoderoso. Y el poder del Infierno no puede nada contra Él.

Ven, Señor Jesús. Ven en nuestro auxilio, que perecemos. Date prisa en socorrernos.

El final de la película lo sabemos. Cristo vence, Cristo Reina. Y la Santísima Virgen María pisará la cabeza del Dragón y Satanás será derrotado.

¡Viva Cristo Rey!

 

 

 


[1] Coplas a la muerte de su padre, Jorge Manrique.

[2] San Agustín

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