Iglesia

¿SABÍAS QUE THOR TUVO ALGO QUE VER CON EL ORIGEN DEL ÁRBOL DE NAVIDAD?

Por: María Ximena Rondón

Finalmente, llegó diciembre; el mes que quizá es uno de los favoritos del año para algunos, como yo que espero celebrar la Navidad más que mi cumpleaños. Todos ponemos un árbol en cuya base colocamos los regalos en la Nochebuena y que suele evocar alegría. Lo que pocos no saben es su origen y que este tiene que ver con Thor. Es una historia de la victoria de la luz sobre la oscuridad.

Escribí sobre el origen del árbol de Navidad hace años, pero nunca está de más volver a hacerlo. Especialmente, porque tiene que ver con un nombre que lleva uno de los superhéroes de Marvel, del cual muchos son fans.

Esta historia fue contada en el libro “The First Christmas Tree” del autor Henry Van Dyke.

Durante la Nochebuena del año 724, un grupo de peregrinos atravesaba uno de los bosques del centro de Alemania. Entre ellos se encontraba San Bonifacio, cuyo nombre original era Winfried de Inglaterra. La nieve caía y el aire era helado cuando llegaron a un pequeño pueblo y al norte de este, se erguía un roble alto y fuerte, que era llamado por los locales “El Roble de Thor”.

Cuando lo vio, San Bonifacio exclamó: “Aquí está el Roble de Thor y aquí es donde la Cruz de Cristo romperá el martillo del falso Dios Thor”. Quizás muchos saben que Thor es representado con un martillo que solo él puede levantar.

Cerca del roble, notaron que los aldeanos estaban reunidos en círculo, preparados para ofrecer un sacrificio a Thor, en el cual solía ser un corcel. Quienes habían jurado devoción a ese dios de la guerra, bebían su sangre y comían su carne para hacerse más fuertes.

Ya que conocían el peligro que representaba estar cerca, algunos de los peregrinos quisieron salir y esconder la cruz, pero San Bonifacio se negó y dijo: “No me escondan ninguna cruz, porque yo he venido a mostrarla y a hacer que esta gente ciega vea su poder. Aquí se hará algo más que degollar a un corcel y un gran mal se quedará entre los pecadores que coman esa carne sacrificada a los ídolos. Lo he visto en un sueño. La cruz debe pararse aquí y ser nuestra red”.

Se acercaron y saludaron a los presentes. El sacerdote pagano les recibió y explicó que debían realizar la ceremonia porque “esta noche es la hora de oscuridad y el poder del invierno, del sacrificio y del poderoso miedo. Esta noche el gran Thor, dios del trueno y de la guerra, para quien este roble es sagrado, está dolido por la muerte de Baldur (dios del sol) y enojado con su pueblo porque han olvidado su culto. Hace mucho que se ha puesto una ofrenda en su altar, hace mucho que las ramas de su árbol sagrado se han alimentado con sangre”.

Luego, empezaron a entonar un himno y el sacerdote indicó al pueblo que nada más satisfaría a Thor que “su más querido y noble regalo”. Entonces, se dirigió al hijo mayor del jefe, le puso una túnica blanco y lo llevó hacia una roca. El sacerdote levantó un martillo negro de piedra, el martillo sagrado de Thor y lo colocó sobre la cabeza del niño.

La madre de la víctima gritó: “¡A mi! ¡Tómame a mi! ¡No a Bernhard!” y corrió a abrazar a su hijo para protegerlo.

Cuando toda esperanza parecía perdida para ambos, San Bonifacio golpeó con su báculo la empuñadura del martillo y la piedra se quebró en pedazos. Tras un momento de silencio, los aldeanos empezaron a discutir si debían continuar con la ceremonia o no, mientras San Bonifacio se quedó de pie en el altar, con el rostro brillando como un ángel, y tras él, la madre, herida por el roce del martillo, abrazaba a su pequeño.

El santo se adelantó y sacó una carta del Obispo de Roma dirigida a la gente del bosque y las demás tribus germanas. Cuando empezó a hablar en latín, San Bonifacio explicó que “es la sagrada lengua de los romanos, esta lengua es escuchada y entendida por los hombres sabios de todas las tierras. Hay magia en ella ¡Escuchad!”.

Tras leer la carta, San Bonifacio exclamó que no se derramaría ni una sola gota de sangre ni ninguna se ofrecerá a la oscuridad ya que “esta noche es el nacimiento del Cristo blanco, del hijo de Nuestro Padre y el Salvador de la humanidad. Él es más bello que Baldur el Hermoso, más grande que Odin el sabio y más bondadoso que Freya la buena. Como Él ha venido al mundo, todo sacrificio sangriento debe cesar. El oscuro Thor, a quien ustedes llaman vanamente, está muerto”.

El sacerdote pagano se enfureció y empezó a clamar a Thor pidiendo venganza. Ante la conmoción, San Bonifacio y algunos peregrinos alzaron sus hachas y derribaron el Roble de Thor. Cuando terminaron, dijo al pueblo: “En este lugar se alzará una capilla a nuestro Dios verdadero y a su sirviente San Pedro”.

San Bonifacio señaló un abeto cerca del roble derribado y exclamó: “Aquí hay un árbol vivo, sin manchas de sangre en él, este será el signo de vuestra nueva alabanza. Miren cómo sus ramas apuntan al cielo. Llámenlo el árbol del Niño Jesús. Llévenlo a los salones del jefe de la aldea. Ya no irán al bosque sombrío para continuar con sus ritos secretos de vergüenza. Tendrán este árbol en sus casas, con risas, con cantos y con ritos de amor. El roble del trueno ha caído”.

Todo el pueblo hizo lo que les indicó y San Bonifacio se sentó con el jefe para contarle la historia del Nacimiento de Jesucristo en Belén.

El niño que iba a ser sacrificado a Thor, empezó a preguntarle a su madre por qué había llorado y por qué estaba sangrando. Ella le pidió que callara y escuchara a San Bonifacio.

Cuando escuchó el pasaje donde los ángeles anunciaban y cantaban por el nacimiento de Cristo, se le iluminó el rostro y susurró a su madre: “mamá, no hables ¿no los escuchas? Esos ángeles han regresado y ahora están cantando detrás del árbol”. Algo de lo que decía era verdad, aunque los cánticos de Navidad eran entonados por los peregrinos.

Y así comenzó la tradición de colocar el árbol de Navidad en las casas. Actualmente, muchos malintencionados han tratado de reemplazar su verdadero significado, pero aquí estamos nosotros para revelar la verdad.

Les recomendamos que la compartan con sus familias y piensen en ella. A mi, me parece épica y no deja de sacarme lágrimas cada vez que veo el árbol en mi casa, alumbrando las tinieblas y siendo un gran símbolo de amor y generosidad.

 

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