Cultura

RÍMAC: UNA JOYA ESCONDIDA

Por: Andrés Valle Mansilla

Hace pocos días tuve que hacer gestiones en el Cercado de Lima y me avisaron que podría recoger en la tarde unos documentos. Como es una lata regresar en medio del calor estival y hacer fila para recoger lo tramitado, opté por permanecer en el Centro Histórico hasta la hora indicada, lo cual fue una ocasión propicia para ser mi propio conductor de “A la vuelta de la esquina” y conocer un poco más del corazón de la capital republicana. La calles estrechas de diseño español se están peatonalizando y existen planes municipales y empresariales para seguir recuperando el Centro de la ciudad y quitar de la mente de mucha gente la idea de que a uno le van a robar si pone un pie en el Cercado.

Podría decirse que Lima es una ciudad de contrastes: al lado de las antiguas casonas virreinales (muchas de ellas convertidas en galerías comerciales) existen edificaciones que se caerán con cualquier futuro terremoto y que cobijan a gente pobre o de mal vivir. Es un claro reflejo de lo que es el país. Hace más de 100 años se veía lo mismo, pese a vivir en diferentes circunstancias. Ahora el estilo de vida limeño es diferente pero no deja de reflejar la idiosincrasia de sus habitantes, muchos de ellos, descendientes de migrantes que llegaron desde los años 40 del siglo pasado. De ahí el título del célebre libro de Rolando Arellano “Ciudad de los Reyes, de los Chávez, de los Quispe…” escrito hace 10 años.

Al divisar la presencia de patrulleros y miembros del serenazgo al otro lado del río Rímac, decidí cruzar el célebre puente Trujillo y contemplar un poco del antiguo distrito del Rímac. Debo confesar el temor que sentí al inicio debido a una experiencia en esa misma zona hace 10 años, cuando fui en grupo a realizar una obra de caridad con gente de la calle durante la madrugada. Sí, estaba en la boca del lobo (habían ladrones, indigentes, locos, prostitutas y hasta niños adictos al terocal), pero el poder de la oración y la guía adecuada fueron providenciales para que saliera todo sin contratiempos. Esta vez no se vio nada de eso y pude caminar tranquilamente en medio de los mototaxis hasta el Paseo de Aguas, rodeado por el Hogar Canevaro, la sede de Rímac Corporación Lindley y el Oratorio Don Bosco.

No era seguro caminar hasta la Plaza de Acho ni visitar el Mirador de Ingunza, así que nada mejor que pasear por la Alameda de los Descalzos. Casi todos saben que existe pero pocos son los que han caminado por ella contemplando los tesoros artísticos que posee, empezando por su entrada, vista desde el Jirón Chiclayo. Las 12 estatuas de divinidades mitológicas griegas representan a los símbolos de zodiaco pero no son de ningún estilo abstracto que invite a la interpretación como las esculturas de hoy. Éstas son obras de verdadero arte esculpidas con mármol de carrara y los 50 jarrones ornamentales le dan su toque de elegancia a un lugar inspirado en la Alameda de Hércules, en Sevilla, España.

Lo mejor es visitarlo en grupo para no excusarse diciendo que es muy lejos, que está escondido o que los delincuentes te dejarán en calzoncillos. No. Si te gusta la historia y el arte, este lugar, una especie de joya oculta en un tugurio, invita a la contemplación y al deleite. Y no sólo de las esculturas: el Convento de los Descalzos, donde funciona a su lado, la Casa de retiro San Francisco Solano, el Club Internacional Revólver. la Casona Amat, la iglesia de Nuestra Señora del Patrocinio, y especialmente la iglesia de Santa Liberata, lugar testigo de un milagro eucarístico ocurrido a inicios de 1711 y narrado por Ricardo Palma en sus célebres “Tradiciones peruanas”.

Al final de la alameda, mirando hacia la izquierda, al noroeste, en uno de los extremos de la Alameda de los Bobos (llamada así por los racimos blancos de los árboles de acacias que predominan en ella) se encuentra el nuevo monumento a Juan Landázuri Ricketts, arzobispo de Lima durante más de 30 años. Siendo honesto, el monumento es un digno homenaje al sacerdote arequipeño que dirigió la iglesia en Lima, pero que palidece al lado de las imponentes esculturas de la Alameda de los Descalzos. Como que los actuales escultores deberían hacer su “maestría en arte renacentista”.

Así como el entonces alcalde de Lima Alberto Andrade Carmona recuperó el Centro Histórico de Lima, la actual administración edil de Rímac tiene una oportunidad de oro para incrementar la seguridad y promover la puesta en valor de numerosos inmuebles y lograr el mismo objetivo con la parte histórica del Rímac. Así se podrá atraer mayor turismo, visitas escolares e inversiones que repercutan en el mejoramiento de la calidad de vida de este distrito. Hechos históricos y leyendas populares surgidas a lo largo de los siglos, atestiguan el incalculable valor que tiene este distrito como parte integrante de Lima Metropolitana. Restaurar el patrimonio arquitectónico y artístico de nuestra ciudad debe ser una política reflejo de la identidad mestiza forjada a lo largo de quinientos años.

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