
Por: María Ximena Rondón
Palestina e Israel han vuelto a los misiles. Hemos visto al increíble Domo de Hierro israelí en acción, el cual es definitivamente un sistema de defensa impresionante.
Ciertos medios de comunicación del establishment han tomado una posición por cada bando. Cada uno presentando como “el malo” a la otra parte.
Tampoco olvidemos a los que piensan que pondrán fin a esta guerra poniendo determinadas banderas en sus fotos de perfil.
Al haber vivido en el Medio Oriente, puedo afirmar lo siguiente: Occidente se equivoca al querer hacer que esa región se adapte completamente a su mentalidad y cosmovisión.
En primer lugar, tenemos el aspecto religioso: en Occidente el secularismo está dejando a un lado la religión, especialmente el cristianismo. Sin embargo, en Medio Oriente la religión es parte de la identidad, a tal punto que llega a figurar en los documentos de identidad.
El Islam es una religión caracterizada por el sometimiento y uno de sus conceptos es la yihad: la guerra santa por la causa del Islam, es decir: convertir al mundo al Islam. Aunque en las dos principales ramas (sunita y chiitas) hay musulmanes “moderados, especialmente en la sunita, grupos radicales han abrazado el terrorismo y buscan imponer el Islam por medio de la violencia. Respecto a los atentados, para los radicales el inmolarse significa una entrada más directa y una mayor grado de “Gloria” en el Paraíso. Y mientras más infieles se lleven con ellos, mejor.
Por otro lado, hay una enemistad entre el Islam y el Judaísmo, la cual se remonta hasta los hijos de Abraham: los musulmanes consideran que Ismael, el hijo de la esclava Agar, fue el primogénito, mientras que el judaísmo (y también el cristianismo) consideran que Isaac es el primogénito.
Por ello, pretender entender un conflicto que tiene matices religiosos desde una mirada secularista occidental y etiquetar de “bueno y malo” a uno y otro no es muy sensato.
En segundo lugar, el conflicto entre Israel y Palestina se remonta al año 1948, con la creación del Estado de Israel. En medio de la guerra interminable, se han ido expandiendo las colonias israelíes en Territorios Palestinos, llamadas “outposts”, que se han establecido ilegalmente, especialmente en Cisjordania, pero que son “promovidos” por Israel. Los principales son Modi’in Illit, Ma’ale Adumim y Beitar Illit, que tienen entre 36 mil y 52 mil habitantes. Poco a poco el territorio de estos últimos se ha reducido. Además, entre los habitantes de estas colonias, hay judíos extremistas, que ya han causado algunos estragos en el territorio palestino en el que viven, que, según la ONU, son más de 100.
Con ello, no debe sorprender que los palestinos están furiosos por perder su territorio progresivamente. Basta con ver los cambios en el mapa de la zona.
La peor expresión de los enfrentamientos territoriales son los bombardeos, atentados y secuestros provenientes de ambas partes. Para algunos, Palestina merece ser libre, para otros, son terroristas. Para algunos (y en algunos países de Medio Oriente), Israel es un enemigo peligroso y un usurpador de territorios, para otros, son víctimas.
Añadamos a la ecuación al grupo terrorista Islámico Hamas, lo cual es realmente un peligro. Es más peligroso si nos preguntamos quién lo financia.
A pesar de los bandos que se pueden tomar y que no hay una aparente solución al conflicto, lo único cierto es que quienes sufren son los civiles. Tanto en Israel como en Palestina, muchas familias y gente inocente son golpeadas.
Resulta doloroso ver a tanta gente sufrir y considerar al otro como malo, conceptos que son reforzados por los medios de comunicación que toman partido por un bando.
Se debe llegar a una solución justa para ambas partes, aunque hay factores religiosos, políticos y sociales que lo dificultan.
Siempre me he preguntado por qué en la tierra donde nació, vivió, murió y resucitó
Jesucristo hay tanto odio y conflicto. Esta maldad parece sobrenatural. El que pueda entender, que entienda.




