Cultura

LOS JUDÍOS CARAÍTAS Y SU SORPRENDENTE ESTATUS LEGAL EN EL TERCER REICH

Por: Gianfranco Sangalli

El Caraísmo como hecho diferencial dentro del mundo judío.

Los caraítas son una rama del judaísmo cuyas raíces históricas se remontarían (aunque no hay consenso entre los estudiosos) a los primeros siglos de la Era Cristiana, alcanzando su época dorada de crecimiento en los siglos IX y X; por entonces, según diferentes estimaciones, alrededor del 30-40% de la población judía seguía el movimiento caraíta. Constituyen un caso único de diversidad frente al cuasi hegemónico judaísmo talmúdico.

El caraísmo (Karaim, en hebreo “seguidores de la Escritura”) es la forma primigenia del judaísmo, tal como Dios la dio en la Tora. En consecuencia, los judíos caraítas rechazan las tradiciones talmúdicas abrazadas por el judaísmo rabínico; es decir, rechazan la autoridad del Talmud, ya que creen corrompe el mensaje divino de la Biblia judía (como explica Tokarev, éste es una inmensa y bien estructurada recopilación de disquisiciones de los rabinos acerca de las leyes, tradiciones, costumbres, narraciones, dichos, parábolas, historias y leyendas de los hebreos; fue elaborado entre el siglo III y el V por eruditos judíos de Babilonia y de Palestina. El Talmud rige la vida civil y religiosa de los judíos observantes, o sea, los que reconocen su autoridad).

Los judíos caraítas basan sus prácticas religiosas únicamente en la adhesión a una interpretación literal de la Biblia hebrea, el Tanaj. “Al interpretar el Tanaj, los caraítas se esmeran en adherirse al más simple significado (peshat) de las escrituras; no necesariamente el significado literal, sino un significado que habría sido naturalmente entendido por los antiguos israelitas, cuando los libros del Tanaj fueron escritos por primera vez”; esta interpretación es un deber de cada individuo.  Esta particularidad ha determinado su identidad teológica, única dentro de la Diáspora judía.

“A pesar de su actual condición minoritaria, el caraísmo ha sido parte integral del pueblo judío de forma continua durante doce siglos. Ha contribuido en gran medida a los logros culturales judíos, al tiempo que ha proporcionado un poderoso desafío intelectual a la forma mayoritaria de judaísmo” (D.J. Lasker). La herencia cultural y religiosa distintiva de los caraítas ha perdurado, pues, a través de los siglos, floreciendo en varias regiones, incluidas Crimea, Egipto y Oriente Medio, contribuyendo al mosaico de la diversidad judía. La sinagoga más antigua de Jerusalén es caraíta.

En este mosaico de la diversidad judía, el judaísmo caraíta es distinto y opuesto tanto al judaísmo talmúdico cuanto al judaísmo mesiánico. Para mejor entender la singularidad del judaísmo caraíta y su diferenciación de estas otras dos ramas del judaísmo observante, haremos a continuación una síntesis del variado y complejo mundo talmúdico, y una mención del mesiánico.

Vaya por delante que, a partir de la Diáspora del primer siglo de nuestra Era, desde un punto de vista étnico-cultural se fueron perfilando diferenciadamente tres grandes grupos judíos: los sefarditas, los askenazíes y los mizrají (en espacios geográficos originarios correspondientes a España, Europa Centro-oriental y África del Norte, respectivamente).

Al judaísmo talmúdico se adscriben destacadamente los grupos “jasídicos” y los “judíos ortodoxos”, que representan dos corrientes importantes dentro del judaísmo observante. Aquí proporcionaré una visión general de cada uno y su relación con las comunidades sefardita, askenazí y mizrají:

Los grupos “jasídicos” son comunidades dentro del judaísmo talmúdico que surgieron en Europa del Este en el siglo XVIII, liderados por prominentes figuras carismáticas conocidas como “Rebbes”. Estos grupos enfatizan la devoción personal, la alegría en la adoración y la conexión espiritual con Dios. Algunos grupos jasídicos prominentes incluyen Lubavitch (Jabad), Satmar, Breslov, Belz, entre otros.

En términos de diversidad étnica, muchos grupos jasídicos son predominantemente askenazíes, reflejando su origen en Europa del Este y su adopción de las costumbres y tradiciones askenazíes. Sin embargo, en la actualidad, también hay comunidades jasídicas sefarditas y mizrajíes que se adhieren a los principios y prácticas jasídicas, aunque son menos comunes en comparación con las comunidades askenazíes.

Por otro lado, el “judaísmo ortodoxo o jaredí” es una corriente que se adhiere firmemente a la observancia tradicional de la ley judía, la Torá (compilación de los primeros 5 libros de la Biblia hebrea) y a las prácticas religiosas. Dentro de esta categoría, hay una amplia gama de comunidades y subgrupos (algunos llamados “ultraortodoxos”, como el antisionista Neturei Kartá) que varían en sus prácticas y enfoques, pero en general comparten un compromiso con la observancia de la Halajá (ley judía) y la preservación de las tradiciones judías. La complejidad del mundo judío observante deriva no solo de la multiplicidad de grupos y subgrupos sino de que en algunos casos las categorías se superponen. Así, por ejemplo, muchos grupos jasídicos son jaredíes (como Satmar), pero no todos los judíos jaredíes (p.e. Neturei Kartá) son jasídicos. En otras palabras, el jasidismo es una corriente dentro del judaísmo jaredí, pero no todos los jaredíes son necesariamente jasídicos.

En términos de diversidad étnica, los “judíos ortodoxos” pueden pertenecer a diversas comunidades étnicas, incluidas las sefarditas, askenazíes y mizrajíes. Cada una de estas comunidades tiene sus propias sinagogas, instituciones educativas y organizaciones comunitarias dentro del marco más amplio del judaísmo ortodoxo.

La relación entre los grupos jasídicos, los judíos ortodoxos y las comunidades sefardita, askenazí y mizrají es compleja y multifacética. Aunque históricamente ha habido algunas diferencias culturales y religiosas entre estas comunidades, en la actualidad hay un intercambio significativo y una interacción entre ellas, especialmente en áreas donde las comunidades coexisten y se relacionan entre sí.

Por último, en esta síntesis sobre los sectores antitéticos al judaísmo caraíta, hay que mencionar el “judaísmo mesiánico”. Este es un movimiento religioso surgido en el s. XIX, que combina elementos del judaísmo con creencias y prácticas cristianas, centrándose en la idea de que Jesús de Nazaret es el Mesías esperado en el judaísmo. Los adherentes al judaísmo mesiánico suelen seguir tradiciones y rituales judíos, como observar las festividades y las leyes dietéticas (kashrut), pero también creen en la divinidad de Jesús y lo consideran como el cumplimiento de las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento. El mundo judaico talmúdico no les tiene por judíos.

Concluida esta digresión, que ayudará a la mejor comprensión de lo que llamaremos “la excepción caraíta” bajo el Régimen Nacional-Socialista de Alemania, pasemos a ocuparnos de este tema, objeto final del presente artículo.

Los caraítas bajo la sombra del Tercer Reich

Es de común conocimiento que, a partir del advenimiento al poder del partido nacional-socialista en Alemania y la instauración del Tercer Reich, declaradamente hostil hacia todo lo judío, se fue implementando en dicho país un conjunto de políticas (aplicadas de modo inflexible, y a veces brutal) con miras a discriminar negativamente a los ciudadanos del Reich judíos de condición. Así, aparte las tristemente célebes Leyes de Nuremberg de 1935, en el periodo anterior al estallido de la guerra, es decir, entre 1933 y 1939, el fundamento legal de estas políticas fue proporcionado por la aprobación de una serie de leyes, 8 las más destacadas, a saber:

  1. Ley para la Restauración del Servicio Civil Profesional (7 de abril de 1933)
  2. Ley de Rehabilitación del Servicio Civil Profesional (20 de abril de 1933)
  3. Ley de Restricción de los Abogados Alemanes (7 de abril de 1933)
  4. Boicot a los Negocios Judíos (1 de abril de 1933)
  5. Ley para la Restauración de la Función Pública Profesional (20 de abril de 1933)
  6. Ley de Prevención de la Superpoblación Judía (25 de julio de 1938)
  7. Ley sobre el Nombre de Familia (17 de agosto de 1938)
  8. Ley para la Eliminación de los Judíos de la Vida Económica Alemana (12 de noviembre de 1938)

Posteriormente, después del inicio de la guerra europea (1 de septiembre de 1939), se desarrolló una política de deportación de judíos para su reclusión en campos de concentración. Esta política se ejecutó también desde los territorios no alemanes directamente ocupados por el ejército alemán; simultáneamente, se ejerció presión sobre países aliados de Alemania (presión, según qué países, más o menos eficaz) para que deportasen a sus respectivas poblaciones judías. El objetivo final de todos estos procesos era la exclusión total de los judíos del territorio europeo; la llamada solución de la cuestión judía.

Antes del inicio de la guerra, el régimen alemán trabó diversas formas de colaboración con diversas instituciones de la Organización sionista con vistas a favorecer la emigración judía, incluso a Palestina; así, entre otras, es de destacar el rol de la organización BETAR y del líder sionista revisionista Zeev Jabotinsky en dicha colaboración, referencias convenientemente borradas de la actual historia oficial… (esto podrá ser materia de un futuro artículo).

En cualquier caso, iniciada la guerra el régimen alemán pretendió tomar directamente en sus manos la reubicación forzada de las poblaciones judías fuera de Europa. El tentativo se realizaría a través del llamado “Plan Madagascar”, propuesto por el Departamento Judío del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán en junio de 1940; el plan resultó inviable debido al bloqueo naval británico y, finalmente, fue abandonado en 1942. En definitiva, la continuación de la guerra después del rechazo inglés de las reiteradas ofertas de paz alemanas de 1939 y 1940, resultaría una tragedia para los judíos que quedaron en los territorios bajo el control de un Tercer Reich, a partir de 1942 cada vez más asediado y exasperado.

En el contexto descrito, sin embargo, la clasificación legal de los caraítas bajo el Tercer Reich plantea profundas preguntas sobre la naturaleza de la identidad, la categorización religiosa y los dilemas éticos que enfrentan tanto los perseguidos como los perseguidores. Según las leyes raciales nacional-socialistas, que buscaban categorizar a los individuos según su ascendencia judía percibida, los caraítas fueron designados como un grupo “no judío”; esto representa una anomalía intrigante. A pesar, pues, de la persecución y marginación generalizadas que enfrentaban las poblaciones judías, el régimen nacional-socialista concedió a los caraítas este estatus legal sorprendente.

Sin duda el carácter distintivo de los caraítas dentro de la comunidad judía en general, marcado por el rechazo de la tradición talmúdica, allanó el camino para exceptuarlos de la persecución legal en vigor. Sin embargo, esto no deja de ser desconcertante, pues al tiempo que tal impostación claramente pone de manifiesto que la amenaza representada por el judaísmo se atribuía esencialmente al acatamiento del Talmud (recopilación que contiene pasajes abiertamente supremacistas, racistas y anticristianos), igualmente pone en entredicho la postura oficial del régimen, que se apoyaba en una premisa materialista: la pertenencia a la “raza” judía. Se revelan, pues, ambigüedades legales y dilemas éticos.

Todo empezó cuando en 1937 un grupo de 18 caraítas que vivían en Alemania solicitaron una exención oficial de las Leyes de Nuremberg, aprobadas en 1935, que imponían severas limitaciones a la participación de los judíos en la vida pública. Esta solicitud fue transmitida al Instituto del Reich para Investigaciones Genealógicas. En su respuesta, el 5 de enero de 1939, el jefe de la oficina escribió que “la secta caraíta no se considera una comunidad religiosa judía”.

La situación de los caraítas siguió en la atención de las autoridades alemanas, sobre todo después de la ocupación de Lituania, en junio de 1941, donde residían alrededor de 1.000 caraítas, y cinco meses después, con la ocupación de Crimea, donde vivían aproximadamente 6.500 caraítas. Así, el 8 de diciembre de 1941, una orden del Reichführer-SS, Heinrich Himmler, confirmó que los caraítas no debían ser clasificados como judíos. De hecho, durante la ocupación alemana de Crimea, caraítas se ofrecieron como voluntarios para las fuerzas policiales locales, y cuando los alemanes se tuvieron que retirar de allí, entre 500 y 600 caraítas les siguieron como voluntarios en las Waffen-SS y la Wehrmacht (todo lo cual es expuesto por el profesor judío ruso Kiril Feferman en un artículo del año 2010)

La pretensión de los caraítas ante el gobierno nacional-socialista de no ser asimilados a los judíos talmúdicos no fue oportunista. Ya durante el siglo XIX, los caraítas Karaylar de lo que hoy son Lituania y Ucrania afirmaron de sí que eran «practicantes turcos de una religión mosaica», separados y distintos del judaísmo (A. Pereltsvaig, 2014) cuando apelaron, con buen éxito, al gobierno zarista ruso para que no se aplicasen a ellos variadas discriminaciones legales negativas vigentes en Rusia (así lo reporta el diario Haaretz de Israel).

Al considerar las posibles razones detrás de este tratamiento legal único de los caraítas, es inevitable observar las complejidades y contradicciones inherentes a las políticas de identidad y a la naturaleza arbitraria de las categorizaciones bajo el régimen nacional-socialista. Contradicciones que se tradujeron en excepciones aún más flagrantes y disruptivas de la legalidad del régimen alemán de entonces. Baste citar aquí, entre muchos (R.M. Rigg en su libro de investigación “Los soldados judíos de Hitler” estima que los hubo en número de 60 mil con un padre judío y 90 mil con un abuelo judío; esto a pesar de que las Leyes de Nuremberg de 1935 excluían en teoría a los mischlinge, es decir mestizos judíos, del servicio militar) los casos del vicecomandante de la Luftwaffe, mariscal Erhard Milch, investigado por la GESTAPO por su presunto origen judío por vía paterna, pero rescatado por el Mariscal del Reich, Hermann Göring, que hizo se le extendiera un “certificado de sangre alemana” en base a una historia sobre una diferente paternidad, montada ad arte, y que se zanjó con la famosa frase que habría  pronunciado Göring : «en Alemania yo decido quién es judío y quién no»; o el caso de Emil Maurice, amigo personal de Hitler desde 1919 y miembro de la primerísima hora de las SS con carné # 2 (Himmler, que llegaría a ser comandante supremo de la Organización, tenía el # 168…) cuyo origen judío salió a la luz en 1935, por lo que Himmler pretendió expulsarle, cosa que Hitler en persona impidió, obligando al Reichführer-SS a extender en favor de Maurice, y familiares, sendos diplomas de Ario Honorario; o, también, el caso del Dr. Eduard Bloch, que fuera médico de la madre de Adolf Hitler y por éste, que se refería al galeno como “edeljude” (judío noble), protegido de cualquier acoso legal y ayudado a emigrar con su familia a los EE.UU. en 1940.

Conclusión

El estatus legal único de los caraítas en la Alemania de los años 30 y 40 del pasado siglo, pone de manifiesto la naturaleza injusta y arbitraria, y a menudo caprichosa, de las políticas raciales del régimen nacional-socialista, en que las líneas entre persecución y excepcionalidad se volvieron borrosas.

En definitiva, la experiencia de los caraítas durante el Tercer Reich constituye un elemento del que la ciencia histórica, si es rigurosa, no debería prescindir, para evitar generalizaciones simplistas (como las que cimentan la cultura popular) acerca de la uniformidad del trato que los nacional-socialistas dieron a los judíos durante ese trágico periodo de la Historia de Europa. La Historia siempre es un devenir complejo e intrincado.

Hoy en día, en los EE.UU. el caraísmo vive un nuevo renacer. Y la comunidad caraíta residente en Israel (aproximadamente 40 mil individuos) tiene reconocida por el Estado su derecho a preservar su rica identidad y singularidad; y no solo el Estado sino incluso las autoridades rabínicas los reconocen como judíos a pleno título, aunque, paradójicamente, los caraítas no reconozcan a tales autoridades.

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