
Por: Hugo Guerra Arteaga
Como reza el dicho marinero, estamos en calma chicha. Mientras no se publiquen los resultados oficiales, dentro de unas tres semanas, el país estará paralizado por el empate técnico entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez.
Sobre los aciertos y errores cometidos durante la campaña ya se ha dicho todo. Hoy, la verdad es que tenemos un país dividido casi exactamente en dos porciones iguales: una prosistema, democrática y capitalista; y otra antisistema, con voluntad revolucionaria y ánimo de adentrarse en el infierno del socialismo del siglo XXI.
En un país con más de 70 % de analfabetos funcionales, el problema de fondo no es ideológico, sino estructural y emocional. La bicentenaria República peruana es disfuncional desde sus orígenes.
En el siglo XIX hubo nueve grandes conflictos armados internos y cinco relativamente menores; en total, catorce guerras intestinas. El siglo XX estuvo marcado por la subversión y el terrorismo, que comenzaron en 1963 y que aún hoy prosiguen, focalizados en el VRAEM. Y, a partir de 1821 y hasta el 2023, se han producido tres grandes intentos separatistas, incluyendo el último proyecto comunista de crear la “República Bolivariana del Sur”.
En una sociedad tan inestable y en un territorio tan frágil y complejo, el Estado oficial está ausente en más del 70 % de la patria. No hay una nación consolidada, y el sistema social y económico discurre en la informalidad del capitalismo popular en más del 80 % de los 35 millones de habitantes. Peor todavía: hoy resurgen con fuerza las identidades étnicas, cosa que nadie aborda desde el estudio etnohistórico para entender, por ejemplo, el nuevo supremacismo aimara.
Toda esa dispersión explica —entre otros factores— la existencia de 36 partidos que apenas son clubes electorales en su mayoría, y la ausencia de líderes sólidos. Por eso tendremos un Parlamento disperso e insular en el Senado.
El fujimorismo es caudillista y encaja en la necesidad mesiánica de los sectores costeños y urbanos que buscan orden y el fin del caos. Sánchez es el cabecilla que resucita la voluntad de soluciones radicales y violentas de un mundo rural y de un proletariado que se sienten excluidos del sistema oficial e, inclusive, de la modernidad.
Estadísticamente, hoy es imposible saber quién ganará la presidencia. Las dos mitades del Perú son como un “rumicub” que no encaja, salvo que su mecanismo interno se fuerce en el recuento final de un proceso comicial que comenzó mal y termina peor.





¿Qué dice? “La voluntad de soluciones radicales y violentas de un mundo rural y de un proletariado que se sienten excluidos del sistema oficial”. Eso no es verdad, eso no es ninguna solución y lo único que muestra es la subsistencia de una red clientelar, gente acostumbrada a no trabajar y a vivir de subvenciones, apoyos, bonos y demás formas extractivas de asalto al erario público al que se han acostumbrado desde hace mucho tiempo. Aquel “ama qella”, no es anterior, la legislación trata de controlar la realidad, no se dice a los laboriosos que no sean algo, se les pide a los ociosos existentes que no lo sean, y las otras máximas Quechuas, van por el mismo camino, no se está pidiendo a los honestos que permanezcan en su honestidad y a los veraces que siga siéndolo, sino a los numerosos ladrones que no roben y a los numerosos mentirosos que no mientan, esa es la realidad atávica de nuestros pueblos y la existencia de partidos que prometen dinero sin trabajar lo confirma.