
Por: Autora Rosaluz Valencia
A principios del siglo XX, el petróleo todavía no había alcanzado la importancia estratégica que tendría en las décadas siguientes. Su transformación comenzó a hacerse evidente cuando los avances tecnológicos ampliaron sus aplicaciones y lo convirtieron en una fuente de energía fundamental para la industria moderna, pero fue en el ámbito militar donde su valor geopolítico adquirió una dimensión decisiva.
A comienzos de la década de 1910, Winston Churchill, entonces primer lord del Almirantazgo británico, comprendió que la superioridad naval no dependería únicamente del número de buques, sino también de la tecnología y de la fuente de energía que los impulsaba. Por ello, impulsó la transición de la Royal Navy del carbón al petróleo, una decisión que mejoraba su velocidad, autonomía y eficiencia operativa.
Sin embargo, aquella transformación tecnológica planteó un nuevo desafío: garantizar el suministro de petróleo. En 1914, el Gobierno británico adquirió una participación mayoritaria en la Anglo-Persian Oil Company, vinculando así el acceso a este recurso con sus intereses estratégicos nacionales.
La lección sigue vigente: un recurso natural adquiere verdadero valor estratégico cuando un país desarrolla el conocimiento, la tecnología y las capacidades industriales necesarias para convertirlo en poder económico y geopolítico.
Hoy atravesamos una transformación tecnológica de dimensiones similares, aunque impulsada por una nueva generación de recursos estratégicos: los minerales críticos, entre ellos destacan las tierras raras, un conjunto de 17 elementos químicos que comprende los 15 lantánidos, además del escandio y el itrio. La transición energética, la expansión de las energías renovables, la electromovilidad, los sistemas de defensa y la inteligencia artificial están incrementando su importancia.
Aunque, la denominación “tierras raras” puede sugerir escasez, estos elementos no son necesariamente raros en la corteza terrestre, su importancia radica en que las concentraciones económicamente aprovechables son menos comunes y su similitud química dificulta su separación. Además, no todos tienen la misma demanda ni aplicación industrial. El neodimio y el praseodimio, por ejemplo, son fundamentales para fabricar imanes permanentes de alto rendimiento, mientras que el disprosio y el terbio permiten mejorar su desempeño a temperaturas elevadas. Estos componentes son esenciales para motores eléctricos, turbinas eólicas y diversas aplicaciones tecnológicas y de defensa.
Su importancia, por tanto, no reside únicamente en la extracción, sino en la cadena de valor, la cual comprende la concentración del mineral, el procesamiento químico, la separación de los elementos, la refinación, la producción de metales y aleaciones y, finalmente, la fabricación de imanes permanentes. Así vemos que cada eslabón exige tecnología, conocimiento especializado, infraestructura y capital.
China comprendió tempranamente esta realidad y desarrolló capacidades industriales a lo largo de buena parte de esa cadena. Según la Agencia Internacional de Energía, en 2024 concentró aproximadamente el 60 % de la producción minera mundial de tierras raras utilizadas en imanes, el 91 % de su producción refinada y el 94 % de la fabricación mundial de imanes permanentes sinterizados. Estas cifras corresponden principalmente a las tierras raras magnéticas: neodimio, praseodimio, disprosio y terbio. Su posición no es producto de la casualidad, sino de décadas de inversión, desarrollo tecnológico, planificación industrial y políticas públicas orientadas a construir capacidades estratégicas.
¿Y qué ocurre con el Perú?
Si bien todavía no podemos afirmar que contamos con grandes reservas económicamente explotables de tierras raras, sería igualmente equivocado concluir que no existen oportunidades.
El Instituto Geológico, Minero y Metalúrgico (INGEMMET) ha desarrollado investigaciones específicas sobre minerales estratégicos y tierras raras. Entre ellas destacan el estudio GE33B-5 sobre la Cordillera Oriental (2018) y el Boletín B 47 (2017), dedicado al reconocimiento geológico y la prospección de depósitos metálicos y elementos traza en el centro del Perú. Este último recopiló 276 muestras, de las cuales 233 fueron analizadas mediante espectrometría de masas con plasma acoplado inductivamente (ICP-MS), identificando anomalías geoquímicas de tierras raras en distintas zonas. Asimismo, investigaciones posteriores identificaron concentraciones anómalas de estos elementos en rocas intrusivas de la Cordillera Oriental. Estos trabajos demuestran que existe una base científica sobre la cual podemos profundizar el conocimiento de nuestro potencial mineral, aunque sus resultados no constituyen por sí mismos recursos ni reservas económicamente explotables. Debemos distinguir tres conceptos fundamentales: potencial geológico, recurso y reserva. El potencial geológico señala indicios que justifican nuevas investigaciones; un recurso mineral exige evidencia geológica suficiente para estimar su cantidad y calidad, además de perspectivas razonables de extracción económica eventual; mientras que una reserva representa la parte económicamente explotable de un recurso medido o indicado, después de evaluar los factores técnicos, económicos, metalúrgicos, ambientales, legales y sociales que condicionan su aprovechamiento.
Esta distinción es fundamental porque encontrar anomalías geoquímicas no significa haber descubierto un yacimiento económicamente explotable. Para avanzar se necesitan campañas de exploración sistemática, muestreos representativos, perforaciones, análisis de laboratorio y estudios de mineralogía y metalurgia que permitan determinar no solamente cuánto mineral existe, sino también qué elementos contiene y cuánto costaría recuperarlos.
Por tanto, el desafío del Perú no consiste en proclamar una riqueza que todavía no hemos demostrado tener, el desafío consiste en conocer con mayor precisión qué existe bajo nuestro territorio, dónde se encuentra, en qué concentraciones y bajo qué condiciones podría aprovecharse.
Conocer el subsuelo: el primer paso de una política minera estratégica
El primer paso debe ser una política progresiva de conocimiento del subsuelo, no se trata de pretender levantar inmediatamente un catastro exhaustivo de todas las tierras raras y minerales estratégicos del país, una tarea que demandaría importantes recursos y muchos años de investigación. Se trata de integrar la información geológica existente, identificar las zonas de mayor potencial y concentrar allí los esfuerzos públicos de investigación geológica y geoquímica.
Esta política debería contemplar una secuencia técnica: cartografía geológica, prospección geoquímica, caracterización mineralógica, identificación de blancos de exploración y, posteriormente, estudios más detallados mediante perforaciones y pruebas metalúrgicas. Estas últimas son particularmente importantes porque permiten determinar los métodos de concentración y separación, las tasas de recuperación y los costos de procesamiento. En el caso de las tierras raras, no basta con conocer la ley total de óxidos de tierras raras (TREO), también es necesario identificar la proporción individual de sus elementos, los minerales que los contienen y su comportamiento metalúrgico. Por ejemplo, un depósito con concentraciones interesantes puede resultar poco atractivo si su procesamiento exige tecnologías demasiado costosas o genera dificultades ambientales significativas. Por ello, deben evaluarse desde las primeras etapas la gestión de relaves, el consumo de agua, los reactivos químicos y la eventual presencia de elementos radiactivos como el torio y el uranio.
El objetivo no debe ser que el Estado descubra, financie y desarrolle por sí solo cada yacimiento, sino que genere información capaz de reducir la incertidumbre que enfrenta la inversión privada. Cuanto mejor conozcamos la ubicación, composición y potencial de nuestros recursos, menores serán los riesgos iniciales que deberán asumir las empresas al decidir dónde explorar.
En otras palabras, el Estado no necesita sustituir al inversionista, ni asumir todo el riesgo empresarial. Se necesita producir conocimiento, facilitar el acceso a la información geológica, establecer reglas claras y generar condiciones para que más empresas encuentren atractivo invertir en exploración, porque el onocer mejor nuestro territorio también es una forma de atraer capital de inversión.
En la dimensión política, existe una contradicción en el debate político peruano. Desde distintas posiciones se reclama que el país deje de exportar materias primas y avance hacia una economía con mayor valor agregado. Sin duda, el objetivo es legítimo, pero el problema aparece cuando pretendemos saltar directamente al último eslabón de la cadena productiva sin haber construido los anteriores.
Industrializar no significa necesariamente que el Perú deba fabricar todos los productos derivados de cada mineral que encuentre. Como plantea Dani Rodrik al analizar la transformación estructural, el desarrollo económico exige trasladar recursos hacia actividades de mayor productividad y construir nuevas capacidades tecnológicas y productivas.
En el caso de los minerales críticos, la pregunta no debería ser si debemos fabricar absolutamente todo, sino en qué eslabones de la cadena de valor podemos desarrollar ventajas competitivas, formar capital humano, incorporar tecnología y generar mayor valor agregado.
Para ello necesitamos una política que articule conocimiento geológico, inversión privada, investigación científica, formación especializada e infraestructura. Una oportunidad concreta sería impulsar un Programa Nacional de Conocimiento del Subsuelo y Minerales Estratégicos, articulado por el INGEMMET con universidades y centros de investigación, que permita priorizar zonas de interés, generar información pública de calidad y facilitar la participación del capital privado en las siguientes etapas de exploración.
No podemos exigirnos convertirnos inmediatamente en una potencia industrial, pero sí podemos comenzar a construir las condiciones para ser un país con mayor capacidad tecnológica y productiva.
Quizá algún día, cuando miremos hacia atrás, descubramos que parte de la riqueza que transformó al Perú en el siglo XXI no estaba únicamente en los recursos que conocíamos y explotamos desde generaciones anteriores, sino también en aquellos que supimos descubrir gracias a una nueva visión de nuestro territorio.
Porque, una verdadera política de Estado no consiste simplemente en administrar la riqueza que heredamos. Una verda politica pública consiste en descubrir las oportunidades que todavía desconocemos, construir las capacidades para aprovecharlas y dejar a las próximas generaciones un Perú más libre, competitivo y próspero.
Bibliografía
-INGEMMET (2017). Reconocimiento geológico y prospección de los depósitos metálicos y de elementos traza (tierras raras y U) en el centro del Perú. Boletín B 47.
-INGEMMET (2018). Estudio de Minerales Estratégicos de la Cordillera Oriental. Proyecto GE33B-5.
-Valencia Muñoz, M. (2019). Caracterización litogeoquímica de rocas de la Cordillera Oriental del Centro del Perú, su relación con tierras raras y su potencial para generar depósitos minerales.
-International Energy Agency (2025). Global Critical Minerals Outlook 2025.
-CRIRSCO (2024). International Reporting Template.
-Rodrik, D. (2016). Premature Deindustrialization. Journal of Economic Growth.
-Shah, S. (2004). Crude: The Story of Oil.





