La columna del Director

LA SEÑORA KUCZYNSKI

Por: Luciano Revoredo
A mediados de los setenta vivía en la apacible cuadra dos de la calle Santa Isabel en Miraflores. A cuadra y media de la Iglesia de Fátima. Cursaba la secundaria en el Colegio de La Salle.
Frente a mi casa vivía una señora muy enérgica, en sus sesenta, de voz áspera, solía caminar por el barrio siempre con un cigarrillo encendido. Los chicos de la cuadra la conocíamos como la señora Eva, así a secas, decían que tenía un apellido impronunciable. Otros, más irreverentes, la llamaban “la alemana”.
Muchas veces la encontraba en la tienda del chino Genaro, yo comprando alguna golosina y ella invariablemente cigarrillos Premier. Intercambiábamos entonces un saludo.
Un buen día mi madre me comentó que habían conversado y que la señora Eva daba clases particulares de idiomas. Y que si yo tenía interés podía tomar unas clases… y así fue que el año 1976 empecé a tomar clases de inglés con ella.
Inicié las lecciones una tarde de invierno miraflorino y simultáneamente inicié también una de las amistades más fascinantes y entrañables de mi vida. Recuerdo claramente que me senté en su austero comedor. Era una casita pequeña, adornada con artesanías peruanas y algunos viejos grabados europeos.
Al fondo una ordenada biblioteca. El olor a tabaco impregnaba la casa. Por la ventana asomaban unos geranios.
Las clases eran tres veces por semana y a la gramática inglesa y las conjugaciones verbales se fueron sucediendo las más interesantes charlas. Así descubrí muchos elementos de la cultura europea y gracias a su biblioteca me inicié en la lectura de Paul Valery, Verlaine, Gide, Balzac y otros clásicos de la literatura francesa. Frau Eva como la llamábamos sus alumnos había sido educada en Francia y tenía una fascinación por su cultura.
Poco a poco pasé de ser el alumno de inglés a ser el discípulo y el amigo. La gran diferencia de edades no fue impedimento. Y fue entonces que gracias a su generosa amistad disfruté de los conciertos de la sinfónica en la Concha Acústica del desaparecido Parque Salazar, de grandes obras de teatro y de mucho cine europeo que en aquellos días llegaba Lima habitualmente, no como en nuestra empobrecida cartelera actual.
Frau Eva era una mujer solitaria, viuda, no tenía familia en el Perú. Su padre según fui sabiendo en dilatadas charlas fue una eminencia de la medicina que llegó al Perú en la década del 30, su nombre Maxime Kuczynski.
Mientras ella estudiaba en un internado en París su padre conoció y se casó con Madeleine Godard con quien se vino al Perú. Tiempo después también vendría la joven Eva. Su nombre completo Eva María Kuczynski Diefertig.
Ahora a la distancia recuerdo con gratitud su influencia en mi formación cultural. Cada navidad y cumpleaños recibía un libro de su parte y también muchas veces artesanías peruanas que Frau Eva apreciaba mucho.
Las conversaciones con ella eran también de una gran riqueza. En una de esas charlas me contó que tenía dos hermanos de padre, que habían nacido ya en el Perú, Pedro Pablo y Miguel. Se refería a ellos como sus hermanitos. A Pedro Pablo lo llamaba Pipo, diminutivo de Peter Paul. Tiempo más tarde y para mi sorpresa anunciarían que Pedro Pablo sería ministro.
En una ocasión recuerdo que por mi influencia Frau Eva empezó a ver televisión, pero al no tener un aparato en casa lo encargó a su hermano Pedro Pablo que, al ya no ser ministro, vivía en los Estados Unidos. En su siguiente visita a Lima le trajo un pequeño televisor en blanco y negro, cuya llegada ella celebró como una niña.
Los años pasaron, el tabaco le pasó la cuenta y luego de mucho sufrimiento le amputaron la pierna derecha. Entonces en su silla de ruedas recuerdo haberla llevado en más de una ocasión a algún cine o teatro miraflorino.
Sus males siguieron hasta que una mañana del año 85 la señora que la ayudaba con las labores de la casa nos tocó la puerta. Frau Eva está en casa pero no me abre la puerta, dijo. Nunca más la abrió, ese día había muerto mi querida amiga, la señora Kuczynski.
Mi madre se encargó de todos los trámites, ya lo hemos dicho, Frau Eva era una mujer solitaria. Sus hermanos estaban en los Estados Unidos, su abogado tenía algunas instrucciones y la enterramos junto a su padre en el Cementerio Británico del Callao.
Muchos recuerdos de aquellos días me asaltaron en los días de la elección de PPK como presidente y mucho llamó mi atención que ninguna de las crónicas y biografías de su vida publicadas mencionen a mi amiga Eva María, su hermana mayor.
A los días del sepelio mi madre recibió una carta de agradecimiento de PPK que conservo en mi archivo. Hoy, a pesar del desastre en que acabó su gobierno, ha adquirido el valor de una firma presidencial.

 

3 Comentarios

  1. Que bonita historia. Yo vivía desde el 1976 (con 5 años) hasta el 1987 en el edificio de la esquina el 285.
    Me acuerdo de Gaby Pérez del Solar que vivía al frente… Acabo de recordar una señora que vivía al fondo de una quinta a mitad de cuadra. Junto a la casa de los Loncharich, su casita estaba al fondo (mi amigo Álvaro Barrios vivía al lado) y siempre la molestabamos cruelmente con el timbre… será ella la señora Eva??
    Una pena no haberla conocido bien, mi abuela era alemana así que hubiera sido muy grato.

  2. Yo vivía frente a Fátima, mi infancia la pasé en la famosa cuadra 2 de Santa Isabel en Miraflores y también fui admirador de la Señora Eva, la historia fielmente contada por Luciano olvida el rumor, tácitamente confirmado en el episodio del TV blanco y negro que su hermano PPK la tenía abandonada

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