Vida y familia

HETEROPATRIARCADO

Por: Juan Manuel de Prada

No hay reivindicación, proclama o arenga feminista que no incluya una condena del «heteropatriarcado», concepto con el que se designa un supuesto sistema sociopolítico en el que el hombre heterosexual ejerce un dominio tiránico sobre la mujer. Por supuesto, heteropatriarcado y capitalismo mantendrían una relación de simbiosis que los consolida mutuamente.

Todo esto es un completo dislate. Hace ya casi un siglo, Chesterton nos advertía que el capitalismo había «destruido hogares y alentado divorcios», había «provocado la lucha y competencia de los sexos» y «anulado la influencia de los padres», había acabado con las «viejas virtudes domésticas» y entronizado «una religión erótica que, a la vez que exalta la lujuria, prohíbe la fecundidad». Y todos estos destrozos antropológicos que Chesterton detectaba hace casi un siglo no han hecho desde entonces sino agigantarse; pues -como señala Walter Lippmann-, la revolución capitalista necesita para imponerse un «reajuste necesario en el género de vida» que cambie «las costumbres, las leyes, las instituciones y las políticas», hasta llegar incluso a transformar «la noción que tiene el hombre de su destino en la Tierra y sus ideas acerca de su alma».

A nadie interesa más la demolición de lo que el feminismo denomina «heteropatriarcado» que al capitalismo. A su promoción del antinatalismo, el aborto y la anticoncepción, el capitalismo suma una exaltada defensa de la libertad individual, la emancipación y la «realización» personal, que no son sino subterfugios para dinamitar la institución familiar y sembrar la discordia entre hombres y mujeres. Y, además, fomenta una liberación sexual bulímica, mediante la infestación pornográfica y la proliferación de un batiburrillo de derechos de bragueta y «políticas de la diferencia» que han dejado a las personas más solas que nunca, absortas en la exaltación de su sexualidad polimorfa. Así hasta alcanzar una «flexibilidad» que nos incita a cambiar cada semana de pareja, de sexo, de orientación sexual, de identidad de género y de canal de porno, en una constante experimentación que somete nuestra sexualidad -maleable, moldeable, difusa y lábil- a la lógica de la ruleta, a la vez que nos incapacita para las relaciones duraderas y para la entrega generosa que exige la formación de una familia.

Entretanto, el feminismo combate el fantasma del «heteropatriarcado». Así le hace el juego al capitalismo que dice combatir.

 

Publicado originalmente en ABC – Reproducido en La Abeja con autorización del autor

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