Cultura

HALLOWEEN O LA SUPERFICIALIDAD DE LA MUERTE

Por: Gabriela Pacheco

 

“Cada cultura enfrenta la muerte de modo distinto: unos la celebran con máscaras, otros con flores; pero todos buscan recordar y no olvidar.”

 

Uno de mis primeros recuerdos con la muerte fue cuando mi abuela murió. Era la mayor de ocho hermanos y había sido la primera en dejar la vida del campo para establecerse en la capital. Con la hospitalidad que caracteriza a la gente de provincia, mi abuela recibió a muchos sobrinos, familiares y conocidos, que llegaron a estudiar a la universidad.  Cuando ella falleció la velamos en el salón principal de la casa donde pusieron la capilla ardiente y el ataúd abierto. Durante tres días y dos noches desfilaron innumerables amigos y conocidos que llenaron los salones con coronas y arreglos florales, mientras las mujeres de la familia vestidas completamente de negro rezaban el rosario sin cesar. Los señores de cuando en cuando se unían a los rezos, pero pasaban el mayor tiempo en la sala tomando jerez recordando anécdotas y enseñanzas de la abuela. Los primos y sobrinos más jóvenes se agrupaban en las salitas de estar para, entre cerveza y cerveza, compartir los recuerdos de la abuela con risas y lágrimas. En la cocina todo estaba bien organizado y nunca faltó la comida caliente, el café y los tentempiés. En todo este ambiente, los niños pasábamos desapercibidos, imposibilitados de jugar o ver televisión, solo quedaba acompañar en los rezos o escuchar los recuerdos y lecciones de la difunta sin hacer bulla.

Lo que más me impresionó fue la tristeza que inundaba la casa. El dolor era palpable en los ojos enrojecidos por el llanto, la voz que se quebraba; un ambiente de agonía y melancolía visible. Al momento de cerrar el ataúd fue un sinfín de llanto, palabras de despedida dolorosas y mucho agradecimiento. Luego del entierro continuaron el rezo del rosario y las misas; especialmente importante eran la misa del primer mes y la del primer año en las cuales se honraba la memoria de la abuela y se agradecía por su vida. Con la celebración de estas prácticas de piedad se buscaba que la abuela gozara de la vida eterna junto a Dios y al mismo tiempo, la disminución del dolor de los deudos con la esperanza de volvernos a encontrar.

Sin lugar a duda, la muerte es un acontecimiento que ha inquietado al hombre por eso ha motivado la celebración de rituales funerarios como un recurso esencial para su aceptación. Estas prácticas socioculturales dan consuelo y evitan la desesperación y angustia ante lo inevitable. A través de ellas se reflejan los modos de vida de una sociedad, explican las verdades trascendentales y manifiestan la concepción cultural que tienen sobre la vida misma ya que la vida y la muerte forman parte de una misma realidad.

El culto que se le rinde a la muerte revela cómo las tradiciones, creencias y costumbres funerarias han marcado hitos en el desarrollo de la humanidad dejando al descubierto su cosmovisión del mundo. Enterrar implica reconocer que la muerte no elimina la dignidad del ser humano; al contrario, lo inscribe en la memoria de los vivos. El rito funerario es una forma de preservar la relación entre presencia y ausencia, un modo de afirmar que la vida solo cobra sentido cuando se asume su límite.

En la universidad, aprendí sobre la muerte a través de las lecturas de los clásicos griegos. Homero y su relato en La Ilíada, cuando el rey Príamo suplica a Aquiles que le devuelva el cadáver de su hijo Héctor para celebrar los juegos funerarios y que su alma cruce el Estigia hacia el Hades, pone de manifiesto la necesidad de cumplir con los ritos para dar paz al alma del difunto y serenidad a los deudos. Comprendí que la salvación del alma no se da en la propia naturaleza del difunto sino que va más allá de una transformación de pureza y se da solo con ayuda de unos ritos ofrecidos por los parientes. Igualmente, Sófocles nos presenta a una Antígona dispuesta a desafiar al rey Creonte, incluso con su propia vida, para dar sepultura al cadáver de su hermano dando valor al rito funerario para un descanso eterno. Nos enseña que el amor inscrito en el corazón es la ley natural y a la vez revela el deber ineludible de los parientes de dar sepultura a sus familiares. Es una obligación por respeto a su dignidad. Dar sepultura es localizar al muerto, es decir, hacer presente su ausencia, es la constatación de su partida (Marín, 2017). Quizás la enseñanza más significativa sobre el heroísmo, valentía y compromiso con la familia sea la de “Horacio” de Macaulay, “Habló pues el valiente Horacio, capitán de la puerta: A todo hombre de esta tierra tarde o temprano le llega la muerte. ¿Y cómo puede morir mejor un hombre que afrontando temibles opciones, defendiendo las cenizas de sus padres y los templos de sus dioses?

A través de la poesía ya sea de Bécquer “¿Vuelve el polvo al polvo? ¿Vuela el alma al cielo?”, de Manrique “Este mundo es el camino para el otro, que es morada sin pesar.” O de Amado Nervo, Muerte, ¡cómo te he deseado! ¡Con qué fervores te he invocado!¡con qué anhelares he pedido a tu boca su beso helado! Y con otros más, me fui amistando con la muerte, y en cierto modo, la romanticé.

Ya mayor conocí el Halloween, aunque en algunos barrios de Lima ya se celebraban, nuestra familia la tenía a menos como una moda extranjera y no participábamos de ella. A pesar de que la idea de disfrazarnos me atraía, me disgustaba mucho toda la parafernalia alrededor de su celebración. Muertos que reviven, momias y esqueletos que caminan, tumbas profanadas y muñecos endemoniados, más que miedo sentía una falta de pudor y respeto a los muertos. Era un culto al inframundo y al terror. La preocupación constante de cuál es el destino que le aguarda a la persona que muere hace que continuemos cuidando de él aun cuando no lo veamos. En Halloween, con su mezcla de horror y fiesta, se distorsiona el vínculo hacia nuestros antepasados, se rompe la conexión que nos hace familia y se reemplaza por la burla y lo grotesco.

Cuando Disney en el 2017 estrenó la película Coco que recrea en clave animada la cosmovisión mexicana del Día de Muertos, mi relación con la muerte maduró y me dio serenidad. A través de la historia de Miguel y su familia Rivera, la cinta pone en escena la relación entre los vivos y los muertos, la continuidad de la memoria y el valor del rito funerario. Este universo simbólico explica que la supervivencia espiritual del difunto depende del rito, la memoria y la descendencia. Ser olvidado equivale a no ser querido ni reconocido, y es a través del recuerdo constante de quien no está, es como se puede abrazar su presencia en este mundo (Marín, 2017).

El culto a los muertos tiene un carácter esencialmente familiar y de pertenencia. Como lo expresaría García Márquez, “Uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo la tierra”, cuidar la sepultura de un difunto significa el orgullo de pertenecer a un linaje, a una familia; equivale a ser elegido para mantener su memoria. En este contexto la figura de la familia cobra especial relevancia.

En Coco, la ofrenda y la fotografía en el altar doméstico sustituyen la tumba: son el punto de contacto entre mundos. Se comparte la idea de que el muerto sólo “vive” si la familia mantiene el rito; y es el rito el vínculo entre generaciones. La casa Rivera mantiene su identidad espiritual gracias a ese culto: el altar no es un adorno, sino una estructura jurídica y afectiva que funda la familia. Ser recordado es una forma de justicia, mientras que el olvido es una forma más radical de muerte. Coco retrata la celebración de la vida a través del amor familiar. Muy distinto sucede con el Halloween, en la cual la muerte se trivializa y el miedo sustituye al recuerdo.

Mientras que las tradiciones mantienen un respeto y vínculo familiar con la muerte, en Halloween el sentido sagrado del tránsito entre vivos y muertos se quiebra una noche al año y los espíritus vuelven a la tierra. Sin embargo, este retorno carece de un carácter familiar y de acogida. El susto y el miedo a los espíritus se reflejan en el imaginario popular —fantasmas y almas errantes— transmitiendo un mensaje que la celebración trae lo prohibido, lo misterioso incluso lo “diabólico”. La presencia del mal, brujas o espíritus condenados hace que haya una inversión del orden social, donde el miedo y la oscuridad dominan por una noche.

Aprendí que las culturas antiguas la sepultura es un acto ético que preserva la dignidad; que los actos religiosos a través del vínculo de la fe sostienen a la comunidad; y que, gracias a las tradiciones domésticas, este acto afectivo y cultural mantiene la memoria y la unión de la familia. Halloween carece de un carácter espiritual, más bien combina fantasía y comercio, en el cual el miedo se vuelve espectáculo y que, en resumen, no aporta valor a los vivos ni a los muertos.

Hoy no celebro Halloween, superficial e irreverente, prefiero quedarme con el cálido recuerdo de mi abuela disfrutando de un lugar sin dolor ni pena. Ese día junto a su foto, prenderé una vela, pondré flores, dejaré los dulces que tanto le gustaban y agradeceré por los momentos que pasamos juntas.

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