
Por: Carlos Polo
El principal rol del católico en la política es ser santo como en cualquier otra actividad, aspecto laboral o social según su vocación particular. Es decir, ser otros Cristo, santificarse, creando además las condiciones para que los prójimos que Dios nos ponga en el camino se puedan encontrar con Él a través de nuestra palabra y nuestras obras. Pero… ¿esto también es posible hacerlo en el campo político? Hoy en día y como están las cosas, ¿puede un católico creyente vivir su fe en un cargo de autoridad política o en la función pública?
La respuesta es que sí es posible, pero como en cualquier otra vocación, hay que superar ciertos obstáculos.
La gran dificultad es que para muchos católicos la política es un espacio maldito donde es imposible ser bueno, donde triunfan los que faltan a la ética, los que mienten, los que roban y los que usan el poder en favor del provecho personal. Y no hay lugar para “los buenos”. Y si algunos de “los buenos” entran a este “cuarto oscuro del horror”, lo que pasará es que terminará por contaminarse y, tarde o temprano, se convertirá en uno más de estos malvados.
Sin embargo, esto es una creencia errada. Muy extendida pero errada.
Es que muchos creen que “no se puede llevar la política a la Iglesia”. Entonces, dejan a la política afuera de la Iglesia y a la Iglesia fuera de la política. Como compartimentos separados e incomunicables.
Tampoco es válido el otro extremo que subordina una de ellas a la otra. La religión no puede estar manejada por la política ni viceversa, tampoco la política por la religión.
La política y la religión son, más bien, ámbitos que se relacionan y retroalimentan. No son excluyentes ni deben estar separadas. Por supuesto cada una tiene un ámbito propio. La religión es unirse con Dios, buscarlo sinceramente hasta encontrarse con Él y luego ofrecérselo a los demás. La política es el mundo de la esfera pública, la definición del poder, lo que decide quienes mandan y quienes obedecen, y es también el ámbito de la búsqueda del bien común.
Creo que la clave para entender el rol de los católicos en la política es entender que la finalidad de la política es el bien común, lo que es bueno para todos y para la sociedad en su conjunto. La parte difícil es entender que el poder es el medio para alcanzar ese fin. Soy consciente que, para la gran mayoría, el poder es sinónimo inequívoco de corrupción. Quizás es lo único que han visto y de hecho es lo que todos los días nos presentan los medios de comunicación convencionales o las redes sociales. Sin embargo, la finalidad de la política es el bien común, aunque Usted no lo crea, por Ripley.
Usar rectamente el poder para alcanzar el bien común es la intersección entre política y religión. Es que no debe haber política sin referencia a los principios y valores trascendentes que proceden de la religión, ni tampoco de haber vivencia auténtica de la religión sin sus consecuencias en la vida política. Sin puntos de referencia morales que se fundamentan en la religión, los seres humanos navegan a la deriva en un mar de intereses en permanente conflicto. Sin el bien común como destino, el uso del poder es rápida e inexorablemente capturado por los apetitos personales.
No obstante, el poder es moralmente neutro. Puede usarse para el bien o para el mal. Y esa es la explicación última para entender porque la política de hoy es caótica, violenta y cada día más acostumbrada a la deshonestidad y a los actos de corrupción. Lo es simplemente porque excluye a la religión y discrimina a los creyentes.
Los católicos somos expertos y privilegiados en resolver falsos dilemas. ¿Dios, es uno o tres? ¿Jesús es hombre o Dios? ¿Virgen o Madre? ¿Pan o Dios? Y es que, en ciertos paradigmas construidos dentro de las limitaciones humanas, no hay solución para estos dilemas. Pero nosotros sabemos que el Misterio de la Santísima Trinidad, que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre, que la Virgen María es la Madre de Jesús y Madre nuestra, y que la Eucaristía son verdad revelada y trasmitida por las Sagradas Escrituras y la Tradición Apostólica. Esta es la Verdad que nos hará libres cumpliendo la promesa evangélica. No serán los extremos de una peligrosa interpretación de la “sinodalidad”, donde la verdad revelada puede cambiarse por una coyuntural mayoría de votos de personas, aunque se trate del colegio cardenalicio.
Pues esta Verdad no solo resuelve los falsos dilemas en los que nos tienen presos ciertos paradigmas humanos, sino que nos abre a un mundo de múltiples posibilidades.
No es verdad que TODOS los católicos tengan una vocación principalmente política. Los clérigos no pueden hacer política partidaria, por ejemplo. Por otro lado, también debe haber muchos dedicados a la muy necesaria tarea de la oración y otros a la asistencia directa al prójimo que sufre. Sin embargo, también es verdad que hay quienes son llamados por Dios a participar en la cosa pública, sobre todo en esta época.
Por eso, anímo. Sí hay forma de vivir la fe en la política. Y los católicos tenemos un testimonio que dar en este mundo convulsionado que lo necesita con urgencia. La manera más efectiva de dejar el mundo a merced de los malvados es que “los buenos” no participen en la vida pública.
En Population Research Institute tenemos la vocación de desarrollar herramientas de participación ciudadana para colaborar en la construcción de la Cultura de la Vida y para potenciar a personas y organizaciones afines. Esta es nuestra forma de contribuir al bien común de nuestros prójimos y de servir a Dios.





