
Por: Luciano Revoredo
Monseñor Carlos Castillo, el arzobispo rojo de Lima está en Roma. Según algunos trascendidos de la curia, estaría buscando dos objetivos: el primero que la Santa Sede salude y se adelante a reconocer la elección de Pedro Castillo y se sume así a la presión internacional progresista que nos quiere imponer al candidato castrochavista y en segundo lugar un objetivo personal que sería buscar apoyo para su elección como presidente de la Conferencia Episcopal Peruana. Al parecer en ambos casos no le está yendo muy bien, hasta el momento en el caso de las elecciones el Papa no se pronuncia y probablemente no lo hará, está claro que la diplomacia vaticana va con pies de plomo y a pasos muy seguros y no cometería tal imprudencia, y sobre sus aspiraciones para presidir la Conferencia Episcopal, al parecer la relección de monseñor Cabrejos sería un hecho.
Monseñor Castillo es un progre absolutamente heterodoxo. Nuestro arzobispo es un agente misionero del Nuevo Orden Mundial. Está más cerca de la Pachamama que de la Virgen María. Entre su personal de confianza ha tenido izquierdistas de todo pelaje, feministas y abortistas. Se caracteriza por el respeto a la creación humana, a las costumbres, credos e ideologías, pero nunca ha defendido a la iglesia ni la necesidad de la misa y los sacramentos durante los diversos momentos de las forzadas cuarentenas. Ahora en plena crisis política ante el evidente fraude electoral calla. Calla ante el fraude, pero hablará siempre que pueda para impulsar indirectamente al candidato comunista, su corazón es político y está a la izquierda.
El día de ayer domingo nos dio una muestra más. Al final de la misa de la Catedral de Lima, un sacerdote leyó una carta que el señor arzobispo se había tomado el trabajo y el tiempo de enviar desde Roma. Su única intención era política.
Citando al Cardenal Pietro Parolín, secretario de Estado de la Santa Sede, Castillo señalaba que “al usar los símbolos religiosos para manifestaciones de parte como son los partidos se corre el riesgo de abusar de estos símbolos. Por nuestra parte no podemos permanecer indiferentes ante esta realidad” ”.
Obviamente tras esta apurada epístola la única intención del obispo rojo es golpear a los miles de peruanos que en una manifestación del sábado pidieron a Dios la bendición para el Perú y que no permita que caigamos en la órbita del chavismo. No busca otra cosa el arzobispo Castillo que descalificar a los cientos de católicos que se unen en oración, para, rezando en las manifestaciones o a través del Rosario en grupos de oración, pedir al cielo que nos libre del comunismo que acecha como un lobo a nuestra patria. Al parecer nos cierra las iglesias, pero tampoco podemos rezar como hermanos por una causa justa.
Termina su carta diciendo “Pensando en el bien común de nuestro país, invocamos a mantener el equilibrio, la ecuanimidad, la prudencia y el espíritu verdaderamente democrático”. ¿Es que para ser ecuánimes y prudentes debemos dejarnos robar las elecciones? ¿Piensa el señor arzobispo de Lima que tener un espíritu verdaderamente democrático es asistir inermes como observadores pasivos al mayor fraude de la historia?






Su intervención tan pegado al comunismo-terrorismo qué quiere hacerse del gobierno del Perú, sólo hace daño a los peruanos y a la Iglesia Católica qué nunca camina de la mano con el COMUNISMO