
Por: Luciano Revoredo
Las horas que vive el Perú tras esta jornada electoral son, cuando menos, desoladoras. Nos enfrentamos a un empate técnico que no es, de ninguna manera, un augurio de estabilidad. Al contrario, es el fiel reflejo de una nación partida por la mitad, donde el resentimiento y el odio, sembrados sistemáticamente por grupos extremistas durante años, han terminado por envenenar nuestra convivencia democrática.
Lo más lamentable, y lo que debería encender todas las alarmas de quienes buscamos un país próspero y sensato, es ver cómo el sur del país sigue entregado a los cantos de sirena de una izquierda mendaz que ha demostrado, una y otra vez, su incapacidad para gestionar, su corrupción innata y su clara vocación de confrontación. No es solo un voto que vincula una región con la contumacia en el error; es un síntoma de una desconexión profunda con la realidad y de una narrativa de victimización que ha calado hondo en zonas donde la esperanza se confunde con el despecho y el odio.
Resulta imposible no señalar a los responsables de este escenario. Durante la primera vuelta, fuimos testigos de cómo los llamados “poderes fácticos”, los oligopolios, la gran banca y aquellos sectores económicos que, paradójicamente, dependen de la estabilidad del sistema, le dieron la espalda a Rafael López Aliaga.
En su miopía, creyeron que podían gestionar la situación adversa ignorando la fuerza que representaba una propuesta de consolidación del sentido común. Permitieron que le arrebataran la posibilidad de estar en esta segunda vuelta, pensando ingenuamente que el peligro no escalaría.
Por su lado Keiko Fujimori prefirió mirar para otro lado. Confió ciegamente en que el “antifujimorismo” estaba en declive y que ella, por inercia, superaría a la izquierda. Fue una falta de olfato político imperdonable.
Al ignorar las alertas de fraude y las irregularidades que afectaban al proceso, hoy se ve atrapada en su voto histórico de siempre, ese techo infranqueable del 50% que le ha impedido ganar en las últimas contiendas.
Su apuesta por la indiferencia ante la lucha de otros ha resultado en una situación límite: ahora, ante un electorado polarizado, se encuentra a un paso de entregar, por su propia miopía, el destino del Perú a la izquierda radical si es que no sucede un milagro que le permita remontar los resultados con el voto del exterior y con las mesas que van al Jurado Electoral Especial para un reconteo lugo de haber sido impugnadas.
De no ser así, hoy la historia nos cobra la factura. Se equivocaron al subestimar la fuerza del odio. Es así que estamos a unos miles de votos, menos de los que llenarían una tribuna del Estadio Nacional, de iniciar otra vez la ruta del error, de la maldad, de la corrupción y el despilfarro, de echar por la borda el futuro del país.
Roberto Sánchez ( Pedro Castillo 2.0), y el entorno que lo rodea son un presagio oscuro. Está rodeado de lo peor de la política actual, terroristas reciclados, asesinos, ladrones, aventureros e incapaces, un lumpen despreciable. Ninguno se salva. Son una gentuza que ha hecho del mal su forma de vida y que proyectan un futuro nefasto.
Este ajustado resultado, no augura un gobierno de unidad, ganando Keiko Fujimori o Sánchez, sino que se avizora que pasaremos años secuestrados por los mismos sectores que han llevado al Perú al borde del colapso institucional.
El empate electoral no es un mandato de consenso como algunos creen ingenuamente; es más bien el anuncio de un nuevo periodo de parálisis. Con un país dividido, sin una mayoría clara y con una polarización invencible, los años venideros parecen destinados a la misma inestabilidad que hemos padecido en la última década.
El Perú ha vuelto a tropezar con la misma piedra, y esta vez, el daño al tejido social podría ser irreparable. La responsabilidad de esta tragedia política no es solo de quienes votan con el hígado, sino de todas aquellas élites que, por conveniencia o cobardía, prefirieron cerrar los ojos mientras el país se desmoronaba.
Es hora de comprender, sin más concesiones ni eufemismos, que la libertad no se defiende con el cálculo mezquino de las élites cobardes y marrulleras ni con el silencio cómplice ante el avance de la barbarie roja. Si el Perú logra esquivar el abismo en esta ocasión, no será gracias a sus liderazgos, sino a pesar de ellos.
La tarea inmediata no es la reconciliación con quienes buscan demoler la República, sino la construcción de una derecha intelectualmente armada, valiente y sin complejos, capaz de desarticular la maquinaria del odio con la fuerza de la verdad. O rescatamos el país mediante una propuesta de país real, de orden y mérito, o seremos, por nuestra propia apatía y falta de carácter, los enterradores de nuestra democracia y del futuro de nuestros hijos.






El cerco mediático contra López Aliaga, tiene mucho que ver cuánto tiempo le dedicaron al alcalde de Lima, cuántas de sus obras visitaron a cuántas inauguraciones acudieron, porque los medios no querían a López Aliaga, ¿a qué se ha debido el cordón sanitario? Por qué han colaborado con las mentiras? Qui prodest? O qué beneficio pensaban que podían perder o de hecho perdieron cuando entró a la alcaldía? A quién estaban vengando? Cómo dicen los gringos follow the money