Internacional

¿DE QUÉ LIBERALISMO HABLAMOS?

Por: Javier R. Portella  

En una reciente entrevista dada en vídeo al periódico francés Breiz-info.com,  el filósofo ruso Alexander Dugin declara lo siguiente: «El liberalismo es el peor de todos los males. Ser liberal es como ser un subhombre: una degeneración en la que se pierde la dignidad humana. Basar todos los valores en el individuo equivale a destruir todos los valores».

Mientras lo escuchaba, me decía: «Qué curioso. Quitando quizá la truculencia de sus palabras, estoy bien de acuerdo con lo que dice Dugin, lo suscribo. Y, sin embargo, hay algo aquí que no funciona». Lo que no funciona es, en realidad, una cuestión terminológica. Pero una cuestión terminológica que no tiene nada que ver con bizantinismos semánticos. A través de ella se toca el fondo mismo de la cuestión. Veámoslo.

¿Cómo es posible, vamos a ver, me decía? Este hombre, Alexander Dugin, es un ferviente partidario de Putin (dicen que incluso es o habría sido uno de sus inspiradores ideológicos). Y el régimen de Putin…, ¿es acaso un régimen antiliberal? No, no lo es.

En el plano económico, Rusia, desde que se liberó de las garras del comunismo (el único régimen al que se le ha ocurrido en toda la Historia la peregrina idea de abolir todo rastro de mercado y propiedad), no deja de ser una economía de mercado, una economía capitalista que adhiere, en lo fundamental, a los mismos principios económicos que los países liberales de Occidente.

Si pasamos al ámbito político, la Rusia de hoy tampoco tiene nada que ver con una autocracia. Responde a los tres grandes principios democrático-liberales: sufragio universal, libertad de opinión y de asociación. Cualesquiera que puedan ser los menoscabos sufridos por tales libertades, no son mayores que los que conocemos  en las democracias occidentales. Otra cosa es que, en Rusia, las manipulaciones del poder no se ejercen de la forma sutil, casi inaparente (al menos para los ciegos) que se da entre nosotros. Salvo cuando llega, por supuesto, la hora de tomar medidas abiertamente coactivas. Sea como sea, la Rusia de hoy es un país indudablemente democrático: marcado por ese espíritu —«liberal», en el sentido amplio de la palabra— que desde hace dos siglos caracteriza, con todas las diferencias, matices y distingos que se quiera, el destino de nuestro mundo.

¿Entonces?…

Ocurre entonces que lo que Alexander Dugin ataca con tanta vehemencia no es, en realidad, el liberalismo. Lo que ataca es esa variante denominada neoliberalismo en la que el atomismo —la reducción del mundo a la suma de sus átomos individuales— se exacerba, arrasa y triunfa.

Ocurre, dicho con otras palabras, que ni el capitalismo ni la democracia representativa constituyen hoy lo esencial del liberalismo. Su esencia, su meollo, es el individualismo.

¡Ah, el individualismo!… ¡Ah, la libertad de cada cual! ¡Ah, poder hacer lo que me dé la gana! Sin trabas, sin pesos, sin opresiones. Así dicen y así creen los creyentes a los que he dado el nombre de esclavos felices de la libertad. (1)

¡Estúpidos! No es la libertad lo que aporta el individualismo: es el gregarismo. No es la autonomía: es la opresión. Y la más insidiosa. Tanto más demoledora cuanto que es la más sutil, la más inaparente. Nadie parece siquiera enterarse mientras burbujea, leve como el aire, la gran opresión de la Nada.

De la Nada a la que nos reduce hoy ese neoliberalismo que nos deja sin nada por encima de nuestra muerte; sin nada por encima de nuestra materialidad de cuerpos que sólo son órganos; sin nada fuera de la insignificancia de nuestras vidas: tan cómodas, tan muelles… y tan hueras. Sin patria, sin destino, sin grandeza ni belleza.

Pero con libertades cívicas, se dirá… Bienvenidas serían si se desplegaran en un marco de valores, de principios, de entidad. Pero sólo se despliegan con la mira puesta en el dinero, la blandenguería y la comodidad.

El problema del liberalismo no son las libertades que—reconozcámoselo— instaura. El problema estriba en ese individualismo huero que constituye su esencia. En ese individualismo… que se transforma en gregarismo: pocas sociedades son más uniformes, más gregarias que las nuestras.

No siempre ha sido así. O no del todo así. Desde el principio, los gérmenes del mal, es cierto, ya se encontraban ahí: en el Nouveau Régime que sucede al Ancien. Pero, durante cosa de siglo y medio, todavía logró mantenerse una poderosa idea de la Nación, de la Familia, de la Tradición (aunque esta última ya empezó a menguar seriamente). En la vida de los hombres, la Religión aún esparcía (junto con otras cosas no precisamente saludables) el alto aliento de lo sagrado. La Aristocracia había sido aniquilada, es cierto; pero la Burguesía que tomó su lugar aún miraba con una mezcla de envidia y de desprecio las cabezas cortadas de las clases cuyas maneras, sin lograrlo, trataba de imitar. Los principios aristocráticos de excelencia, jerarquía y valentía aún no habían quedado del todo disueltos. Ello permite explicar que, a diferencia de nuestro tiempo, el liberal siglo XIX haya conocido una de las más altas efervescencias del arte: desde la música a la literatura, pasando por la pintura (pero excluyendo la arquitectura, es cierto).

Pero todo eso se ha terminado. Y terminado por completo. Por poner fechas: más o menos desde que en 1945  dio comienzo un nuevo período liberal culminado en el neoliberalismo que, liquidado en 1989 el obstáculo soviético, emprendió entonces, enfurecido, su solitaria carrera. Y si todo eso se ha terminado, es por la sencilla razón de que, como señala también Dugin en la misma entrevista: «Es absolutamente necesario tener un gran ideal, un gran objetivo. Porque, sin ello, el hombre se degenera. Y se hace liberal».

Neoliberal, dicho sea con todo rigor.

 

(1) Javier R. Portella, Los esclavos felices de la libertad, Madrid, 2011.

 

©El Manifiesto

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