
Por: Luciano Revoredo
La política peruana no necesita más “consensuadores” ni lobistas de cafetín; lo que necesita son cirujanos que se atrevan a extirpar, de una vez por todas, el tumor de la indecencia que carcome nuestras instituciones.
La reciente censura y caída de José Jerí no es un simple trámite administrativo ni un evento aislado; es el síntoma de un país que ya no tolera que el Congreso sea utilizado como un escudo para la impunidad o como una agencia de empleos para los amigos del poder.
Durante años, la corrección política, los acomodos de la derechita cobarde y la izquierda caviar – que tanto daño le han hecho al Perú – intentaron vendernos la ficción de que la política consiste en “llevarse bien” con todos, incluso con quienes socavan la nación. Nos repitieron que había que evitar “generar inestabilidad”, como si la estabilidad fuera sinónimo de componendas y acuerdos bajo la mesa. Pero se equivocan. La política es, ante todo, la defensa de principios innegociables. Y uno de ellos es la tolerancia cero frente a la corrupción y la indecencia.
El Perú arrastra una crisis prolongada de representación. Presidentes vacados, congresos fragmentados, partidos convertidos en franquicias electorales. En ese escenario, cada episodio de impunidad profundiza el descrédito y cada acto de firmeza contribuye a reconstruir mínimos de respeto.
La caída de Jeri es también una advertencia para el conjunto de la clase política. El tiempo en que se normalizaban comportamientos impropios bajo el argumento de la correlación de fuerzas y la estabilidad debe terminar. La política no es un club de camaradería. Es una responsabilidad frente a millones de ciudadanos que exigen integridad.
Defender el orden no es autoritarismo. Defender la decencia no es moralismo. Es simplemente entender que sin reglas claras y consecuencias reales, la democracia degenera en anarquía institucional. Y la anarquía, en países frágiles como el nuestro, siempre termina perjudicando a los más débiles y beneficiando a los avivatos y los pillos.
Si algo deja este episodio es una lección básica: el poder no es un privilegio ni carta blanca para delinquir, es un encargo sagrado que se fundamenta en un pacto inquebrantable de honestidad y transparencia . Y cuando ese encargo y ese pacto se ven traicionados por conductas que dañan la credibilidad del sistema, la salida no es el blindaje acomodaticio sino la responsabilidad irrenunciable con el honor y el bien común..
El Perú necesita menos cálculos y más principios. La censura de José Jeri no resuelve la crisis política, pero envía una señal necesaria. En una República, nadie está por encima del estándar mínimo de decencia pública. Y cuando ese estándar se vulnera, el orden institucional debe prevalecer.





