Iglesia

CARTA ABIERTA A MONSEÑOR JORDI BERTOMEU

He esperado que pase el luto debido tras la muerte del Papa Francisco para hacerle llegar estas líneas desde lo más profundo de mi corazón, como una señora no tan joven que ha caminado buena parte de su vida dentro de la familia espiritual del Sodalicio de Vida Cristiana. No pongo mi nombre, no por temor a usted, sino porque he visto cómo algunas personas hacen escarnio y burla de quienes piensan distinto. Esta carta no busca eso. No quiere enfrentarlo, ni atacarlo, ni ponerlo en la mira. No quiere hablarle desde el derecho ni desde la teología. Solo quiere, humildemente, transmitirle algo que tal vez, como yo, viven muchos en silencio: un dolor que no viene de no entender lo que ha pasado, sino de no comprender cómo usted ha podido declarar, con tanta seguridad, que no hay carisma en el Sodalicio ni en nada nacido de este.

En estos años en los que he vivido dentro de la familia espiritual no he sido ciega. He conocido los claros, los oscuros y también, sobre todo, los grises. Porque usted bien sabrá, Monseñor, que la vida no se mueve en blanco y negro. Mucho menos bajo luces de escenario. Sabe que somos pecadores. Que vivimos en una Iglesia que es santa y pecadora de la cual usted también forma parte. Y que, por eso mismo, la misericordia de Dios es necesaria. Pero si algo es absoluto en esta vida es la acción de Dios en la historia. Y eso, créame, no se borra con un decreto.

Me sorprendió profundamente que usted, con todos los grados académicos que tiene, haya finalmente determinado que la razón por la que se suprime esta familia espiritual no es una falta grave, sino la ausencia de carisma. ¿Cómo puede saber usted, Monseñor, que en los miles de corazones que han sido tocados por Dios a través de esta espiritualidad, no hubo acción del Espíritu Santo? ¿Cómo así decidió negar los frutos visibles y la experiencia de miles de personas transformadas por la fe que conocimos en ambientes y obras animadas por miembros del Sodalicio o de otras instituciones de la familia espiritual? Se lo pregunto con sencillez, pero con firmeza: ¿Cómo puede saber usted, con tanta certeza y entrevistando a pocos (si acaso alguno), que no hay carisma en algo que ha tocado el alma de miles no solo en el Perú sino alrededor del mundo?

Yo he estado en Semana Santa participando de diversas actividades en la parroquia Nuestra Señora de la Reconciliación –la única que nos queda en Lima– y he visto no decenas, ni cientos, sino miles de personas rezando, cantando, comulgando, confesándose, arrodilladas, reconciliadas.  Y ahí me preguntaba y ahora le pregunto: ¿Cómo puede declarar que ahí no hay carisma? ¿De verdad se atreve a afirmar que en esos corazones solo sopla el engaño?

Tal vez lo que falta, Monseñor, es menos derecho canónico y más rodillas. Porque la fe no se mide con decretos, ni la esperanza con entrevistas, ni la caridad con auditorías. Nosotros tenemos fe firme. Tenemos esperanza y no un optimismo ingenuo, sino esa que sabe esperar incluso cuando no hay nada que esperar. Y tenemos caridad. Una caridad representada por un corazón atravesado por una espada, pero también rodeado de flores que florecen que no se rinde ante nada.

Con todo respeto, Monseñor Bertomeu, le pregunto:  ¿Usted ha sentido alguna vez el corazón inflamado por el fuego del Espíritu Santo? Porque, le digo, usted solo está cerrando una institución en papeles. ¿O cree que de verdad está desapareciendo su obra, es decir, a todos nosotros? Le comento que más bien está dejando a miles de apóstoles no esperando un nuevo Pentecostés porque no nos sentimos engañados por un espíritu falso. Al contrario. Tenemos el corazón desbordando del Espíritu Santo. Y eso, ni con cien decretos, ni con cien cánones mal citados, ni con millones de informes, comunicados, expulsiones, entrevistas, libros o artículos periodísticos, se puede destruir. No entender esto es desafíar esas palabras del Evangelio:  “El viento sopla donde quiere, y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu” (Juan 3, 8).

Nosotros sí hemos recibido un carisma inmerecido. ¿O usted se puede atrever a afirmar que lo que hemos vivido, transmitido a nuestros hijos y ellos a nuestros nietos es producto de nuestra imaginación? ¿Podría decírnoslo en la cara a cada uno de nosotros, los miles de miembros de la familia espiritual? En todo caso, da igual su respuesta pues nosotros sabemos que Dios sigue actuando, incluso cuando la teología y el derecho canónico no alcanzan. Nosotros sabemos esperar como María al pie de la cruz, sin comprenderlo todo, pero sabiendo que Dios cumple sus promesas. Y seguro sabremos escribir como Juan, el discípulo que no huyó. Testigo del escarnio, del abandono, del dolor de Cristo. Él no habló mucho, no hizo grandes discursos, ni mucho menos se autopromocionó entre sus amigos, pero estuvo ahí. Y luego escribió. Sin odio, sin rencor, pero con la verdad intacta. También sabremos perdonar. Sabremos reconciliar. Porque aquí, donde hay una espada en nuestro corazón, hay también flores.

No niego que hay mucho que reparar. Muchísimo. Hay víctimas reales, con heridas profundas, con historias que claman al Cielo. Pero, ¿usted cree, Monseñor, que destruyendo se repara? ¿Que arrasando con todo lo que toca esas memorias, se les hará justicia?  Además, la reparación no puede reducirse a lo económico, como si el dolor se midiera en cifras o se lavara con indemnizaciones. La verdadera reparación también es espiritual: es mirar el sufrimiento sin convertirlo en bandera para el odio; es sanar sin aniquilar; es hacer justicia sin borrar lo que Dios ha levantado en medio del pecado. Reparar no es destruir. Reparar es reconciliar. Porque solo la gracia —y no el castigo— es capaz de transformar las heridas en redención.

Deseo sinceramente que usted, en medio de tanta tarea, tantos viajes, tantos medios y tantos papeles, tenga tiempo para la oración sincera y profunda. Tal vez ahí, arrodillado ante el Señor, logre comprender lo que la función eclesiástica no le ha permitido ver: que la acción del Espíritu Santo no se puede suprimir por voluntad de algunos hombres. Solo se puede acoger. Solo se recibe. Porque su existencia no depende de un documento firmado, sino de un corazón abierto. Y el Espíritu, Monseñor, sigue soplando donde quiere, aunque a veces algunas personas lo quieran ahogar en el ruido de las cámaras y los micrófonos.

Que Dios lo bendiga y lo ilumine.

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