
Por: Alfredo Gildemeister
En el silencio de una plaza vacía, un hombre vistiendo una sotana blanca, caminaba despacio y calladamente. El atardecer iba cayendo sobre la plaza en donde no se veía a persona alguna, ni una sola alma. Una suave lluvia caía desde un cielo nublado y gris, cubriendo al hombre y a su tranquilo caminar. La soledad de la plaza era clamorosa, impresionante. El hombre de blanco se dirigió hacia un solitario estrado, techado, enclavado en medio de la plaza. Calmadamente se dirigió al atril colocado en el estrado y tomó unos papeles, preparándose a leer su contenido. La plaza se iba oscureciendo poco a poco, la lluvia seguía empapándolo todo, el día iba llegando a su fin, un día más de cuarentena, de encierro y desesperación para muchos, pero también un día de sufrimiento, terror, muerte y dolor para otros. El rostro del hombre de blanco mostraba un terrible cansancio, sufrimiento, gran preocupación y hasta cierta angustia, pero pese a todo, también reflejaba paz, una paz interior que, definitivamente, no venía de este mundo. El hombre de blanco lleva una terrible carga bajo sus hombres, una gran responsabilidad: es nada menos que el vicario de Cristo en la Tierra. Sobre sus hombros lleva el trabajo más duro y difícil que ser humano alguno puede llevar a cabo: el gobierno de una Iglesia que fue fundada nada menos que por el mismo Dios cuando por amor, se hizo hombre como nosotros, hace poco más de dos mil años. Ese hombre vestido de blanco se hace llamar Francisco y es nada menos que Papa.
En el silencio de una plaza vacía, esto es, la plaza de San Pedro en Roma, la gran basílica se yergue a espaldas del hombre, muda, vacía, con la gran columnata rodeando la plaza, como abrazando un vacío silencioso como nunca antes se había visto. El hombre de blanco se prepara para leer sus papeles ante una plaza vacía, bajo una copiosa lluvia en donde aparentemente, nadie lo escucha y decimos que aparentemente, porque a través de la televisión y las redes sociales, millones de cristianos y hombre de buena voluntad lo ven y esperan sus palabras con atención y hasta con devoción. Nunca hombre alguno habló ante una plaza absolutamente vacía y casi a oscuras. ¡Parecía una locura! Pero, Dios tiene sus planes y sus maneras particulares de actuar. El hombre de blanco se aprestaba a realizar la bendición extraordinaria Urbe et Orbi, es decir, dar la bendición a la ciudad y al mundo, luego de leer su meditación. Una bendición muy especial que solo se otorga en dos ocasiones: el domingo de Pascua y en navidad. Pero esta vez, se trata de una ocasión única: el mundo sufre una pandemia como nunca antes ha sufrido. En un mundo globalizado, la pandemia del coronavirus se ha extendido y se sigue extendiendo a una velocidad vertiginosa, causando dolor, sufrimiento y muerte. La humanidad toda esta paralizada. La desesperación cunde y nadie sabe qué hacer exactamente. Francisco acude a Dios.
De allí que calmadamente, comienza a leer su meditación ante la soledad de la plaza: “‘Al atardecer’ -Así comienza el Evangelio que hemos escuchado- Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos…”. Francisco ha escogido el pasaje del Evangelio en donde los discípulos, navegando en una barca, les pilla una tormenta, por lo que asustados despiertan a Jesús que duerme recogido en la proa. “En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos”, también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino solo juntos… Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono de reproche: ‘¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?’. Tratemos de entenderlo. ¿En qué consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone a la confianza de Jesús? Ellos no habían dejado de creer en Él; de hecho, lo invocaron. Pero veamos cómo lo invocan: ‘Maestro, ¿no te importa que perezcamos?’. No te importa: pensaron que Jesús se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención”. Estamos hoy en medio de la tempestad del coronavirus y Jesús está en la misma barca con la humanidad, aparentemente dormido. Lo despiertan, Jesús calma la tempestad, pero amonesta a sus discípulos: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”

Francisco nos dice directamente, aunque suene duro, como esta pandemia a sacado a la luz nuestra vulnerabilidad, nuestra soberbia y nuestra falta de fe: “La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad”. Concluye su reflexión con una súplica: “Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios. Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil Señor y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta…”.
El hombre de blanco se voltea y se dirige hacia la imagen de la Virgen “Salus Populi Romani”, y reza. Luego se dirige hacia el Crucifijo milagroso que en 1522 fuere llevado en procesión por los barrios de la ciudad para que termine la ‘gran peste’ en Roma y besa los pies del crucificado. Finalmente, ingresa a la basílica vacía. En un altar le espera Jesús sacramentado en una hermosa custodia. Luego de rezar por un buen rato en silencio ante el Señor, Francisco se pone de pie, toma la custodia, sale al pórtico de la basílica y desde allí bendice a la ciudad y al mundo todo. Aparentemente, cualquiera diría que, desde el punto de vista humano, está bendiciendo a una plaza vacía, pero en realidad, está bendiciendo al mundo entero, a toda la humanidad que sufre.
Devuelve la custodia. Unos sacerdotes se llevan la custodia y al Señor atravesando la basílica vacía, desolada casi. Cualquiera diría que la humanidad toda se ha olvidado de Dios, que lo han dejado solo. Aquel hombre de blanco se ha encargado de recordarle a todos que, con fe, Dios lo puede todo, hasta calmar esta terrible tormenta del coronavirus. Concluido todo, el hombre de blanco mira hacia la plaza vacía, oscura y mojada por la lluvia, luego mira hacia el interior de la basílica. No pierde la paz. Mira hacia el altar, al sagrario, al fondo de la basílica y quedamente sonríe. Confía total y plenamente en su Señor. Luego calladamente, se retira. Definitivamente, aquel atardecer del viernes 27 de marzo de 2020, desde el silencio de una plaza vacía en la ciudad de Roma, Dios le dio esperanza y bendijo a toda la humanidad…





