
Por: Tirso Bahamonte
La palabra como diagnóstico
Hay vocablos que se limitan a nombrar y otros que, en su misma raíz, encierran una teoría. Mentecato pertenece a esta segunda estirpe. Prociede de la locución latina mente captus, que Cicerón empleaba para designar a quien había sido privado del uso pleno de la razón. El mentecato carecería de una «razón razonante».
Literalmente significa “el de la mente capturada”. No alude, pues, a una simple carencia, a un vacío natural del entendimiento, sino a una ocupación, esto es un quehacer, un cometido. La mente del mentecato no está ausente: está tomada, es un preso de sus limitaciones. Es como un país tomado por un enemigo extranjero, que lo ocupa y gobierna.
Esto es algo o más probablemente alguien se instaló en la razóny la gobierna desde dentro, mueve sus hilos cual titiritero, mientras su dueño, en un opio de autosuficiencia, la cree “libre” y soberana.
Esa distinción, sutil en apariencia, es decisiva. El ignorante puede aprender. El mentecato, en cambio, ya está lleno, y lo que lo llena lo defiende de toda investigación, sereno raciocinio o duda. Por eso su error no se presenta con la timidez de quien vacila, sino con la orgullosa solemnidad de quien está convencido de custodiar una verdad sobre algo o alguién.
Los enanos de personalidad
De esta condición surge una figura que bien podría llamarse el ‘enano de personalidad’. Es aquel cuyo desarrollo interior se detuvo antes de alcanzar la estatura del juicio propio. Su enanismo no se advierte a simple vista. Puede ostentar títulos, acumular años, jugar roles, ejercer autoridad, ser político e incluso desplegar cierta astucia práctica en los asuntos del mundo. Pero su criterio permaneció atrofiado, como una planta que creció a la sombra y nunca jamás conoció la luz.
El enano de personalidad no interroga ni investiga, porque jamás aprendió a hacerlo. Su identidad es heredada, su opinión es prestada y sus convicciones son ecos. Y lo verdaderamente inquietante no reside en su pequeñez, sino en la serenidad dopativa con que la habita. No padece su estrechez: la confunde con plenitud.
La fabricación del Épsilon
Aldous Huxley dio a esta figura su expresión más acabada en Un mundo feliz (1932). En la sociedad distópica que imagina, los seres humanos ya no nacen: se fabrican en incubadoras y se distribuyen en castas jerárquicas, desde los Alfas, destinados al mando, hasta los Épsilons, confinados a los oficios más elementales. A estos últimos se les reduce deliberadamente durante la gestación mediante la privación de oxígeno, de modo que el embrión desarrolle solo la inteligencia estrictamente necesaria para sus funciones elementales. La novela los designa sin eufemismos como “semi-imbéciles”. La merma del cuerpo y la merma de la mente marchan juntas, como si Huxley hubiera querido hacer visible, en la carne misma, el enanismo interior.
Sin embargo, la mutilación biológica constituye apenas la mitad de la operación. La otra mitad, más perfecta y más siniestra, es el condicionamiento. Mediante la ‘hipnopedia’, que consiste en la repetición incesante de consignas durante el sueño, cada casta aprende a amar su lugar en el orden del mundo. Esta se parece a la manipulación subliminal y hasta la hipnosis, pero es distinta. Tampién se asemeja al alud manipulativo medíatico, pero tampoco es identico. Son unas figuras para mostrar mejor que es eso de la realidad de la mens captiva, mente cautiva, fenómeno tan difundido hoy.
El Épsilon aprende a no desear lo que no le corresponde, a despreciar lo que el sistema o su ideología desprecia y a sentirse afortunado de su suerte. Si alguna inquietud lograra filtrarse a pesar de todo, queda el soma, la droga que disuelve cualquier tristeza en una bruma de bienestar.
Huxley lo formuló con lucidez en el prólogo que añadió a la obra en 1946: el poder verdaderamente eficaz no es el que somete por la fuerza, sino el que consigue que los hombres amen su servidumbre. El Épsilon es la consumación de ese ideal. Es un ser humano diseñado para ser pequeño, enano, atrofiado y agradecido de serlo.
La defensa de la jaula
La literatura ofrece pocas escenas tan elocuentes como aquella de esta obra de Huxley en que John, el Salvaje, irrumpe en un hospital donde un grupo de Deltas aguarda su ración de soma. Indignado ante su docilidad, arroja las dosis por la ventana y les grita que son esclavos, que él viene a ofrecerles la libertad. La respuesta no es la gratitud, sino la furia, la agresión de los enanos. Los que necesitarían ser liberados se abalanzan contra su libertador, y el tumulto solo se aplaca cuando la policía los rocía con más soma y con música dopante.
He ahí la esencia del mentecato. No basta con errar: es preciso defender el error con un celo que ningún carcelero pondría en custodiar a sus presos. La mente capturada no se limita a soportar su captura. La protege, la justifica, la luce y la venera, y ve en quien pretende rescatarlo a un enemigo a destruir.
El Épsilon autofabricado
Aquí se abre, sin embargo, una diferencia moral que torna el asunto incómodo. Al Épsilon lo hicieron así. Se le negó el oxígeno antes de que pudiera respirar, y sería injusto reprocharle una pequeñez que otros decretaron y manipularon por él. El mentecato de nuestro mundo de hoy, en cambio, suele ser un Épsilon autofabricado. Nadie le vedó el pensamiento, nadie le prohibió los libros ni le arrebató la posibilidad de dudar. Fue él quien entregó voluntariamente su mente a sus titiriteros a cambio de comodidad, su holgura, su aburguesamiento.
Repite consignas y pensamientos como quien recita frases hipnopédicas, halla su soma en la distracción inagotable, en los instrumentos digitales o en el calor de la opinión gregaria y confunde su horrorosa estrechez con firmeza. Neil Postman observó que la advertencia de Huxley era más temible que la de Orwell, la novela distópica de Ray Bradbury, Farenheit 451, precisamente por esto: no hará falta prohibir los libros, ni destruir los libros, porque nadie querrá leerlos. No habrá que encadenar a nadie, porque cada cual abrazará entusiasta sus cadenas.
La tragedia del enano de personalidad radica, en suma, en que ignora su propia estatura, en una especie de convicción de lo que la ilusión de Ames le muestra. Y si alguien osa señalársela, lo tendrá sin vacilar por el verdadero insensato, tonto y hasta enemigo.
Conclusión
Por todo ello, ninguna palabra de nuestra lengua alcanza la exactitud de esta. Tonto nombra la carencia, pero no la captura. Necio, del latín nescius, nombra la ignorancia, pero no la soberbia. Idiota, del griego idiótes, aludía originalmente a quien se desentendía de la cosa pública, matiz que pertenece a otro orden. Solo mentecato reúne en sí el juicio escaso, la mente secuestrada, el autoengaño y la confianza inquebrantable en el propio desatino.
Mentecato es aquel de poco entendimiento y escaso juicio, que suele tomar decisiones absurdas con una confianza admirable. Se equivoca con facilidad, muy frecuente, habitual, ignora lo evidente, el hecho real, y todavía encuentra razones para defender apasionadamente sus disparates.





