
Por: Gonzalo Valderama
«Algo huele mal en Dinamarca» Hamlet, William Shakespeare (1601). Cualquier parecido con la realidad, ¡es mera coincidencia! Recomiendo leer el artículo al respecto de Juan Manuel de Prada.
Las pruebas PISA vienen con truco, trampa y una emboscada —aparentemente caviar— en el área de comprensión lectora. Quien no interpreta el sentido ideológico «correcto» de los significados y tendencias, no consigue un puntaje satisfactorio. Los textos a evaluar no pertenecen a autores clásicos: son de los profetas modernos de la utopía socialista, de la desgracia ecológica terminal, o de cuadros que miden crisis y tendencias. Son ellos quienes predican un futuro distópico a través de lecturas que los alumnos de países como España y Perú no logran comprender (la caída en los resultados es llamativa en casi toda Latinoamérica al alimón). En estas regiones, los mensajes de contenido subjetivo no alcanzan a posicionarse en el colectivo social; por lo tanto, se alejan de la realidad cotidiana para plantear un universo paralelo con un lenguaje opinable y cargado de posturas relativas.
Se leen segmentos de artículos de opinión, reseñas y crónicas, además de textos discontinuos que incluyen mapas, cuadros estadísticos, tablas e infografías. A esto se le suman lecturas que combinan explícitamente párrafos continuos y discontinuos (como un artículo periodístico acompañado de gráficas) o textos de diversos autores que opinan sobre un mismo tema. Confuso, ¿verdad? Parece diseñado para perder, fallar y fracasar; no para evaluar la comprensión lectora. Las opiniones subjetivas sobre temas diversos no constituyen un baremo objetivo para medir algo a cabalidad.
No hay autores clásicos que pertenezcan a la historia de la literatura, ni siquiera autores de particular vigencia y actualidad, o autores nacionales que aporten al análisis objetivo de los hechos. Homero, Aristóteles, Lope de Vega, Cervantes, Shakespeare, Vargas Llosa o García Márquez simplemente no existen.
En su lugar, se utilizan textos sobre entornos laborales, avisos oficiales o temas en debate, como opiniones encontradas sobre si la leche de vaca es saludable y los motivos de cada postura. Otro caso es el de «Rapa Nui», donde se presentan diversas fuentes debatiendo sobre el colapso histórico y arqueológico de la isla. El estudiante debe contrastar hechos e inferir conclusiones sobre las consecuencias ecológicas del daño; sin embargo, más allá de comprender o no el texto, las respuestas se califican según el sesgo ideológico que se dé por aceptado y verdadero. ¿Acaso eso es comprender una lectura? ¿Acaso no es indispensable una formación previa en estos temas que los programas educativos hispanoamericanos no proveen?
Paul Neira, especialista en educación, reveló los resultados para el Perú sobre los temas citados: «Hemos caído por debajo del promedio aceptado. El 62% de estudiantes de 15 años en el Perú no comprende lo que lee en los textos de la prueba PISA». La sentencia es cierta; la medición arroja ese resultado y Neira informó las cifras con precisión. Hemos caído por encima del promedio de los demás países del mundo.
Es verdad que ya no se lee en los colegios, y eso es gravísimo. Sin embargo, hay que estar atentos a lo que nos hacen leer cuando nos evalúan, pues se incluyen textos ajenos a la realidad académica del Perú. Pareciera —y esta sugerencia es solo una conjetura por investigar— que los deplorables resultados en casi todos los países latinoamericanos no confirman un retroceso exacto en la comprensión lectora, sino una escasa asimilación de los textos, artículos, cuadros y mapas elegidos para la evaluación. Y eso no es lo mismo.
La pregunta es: ¿son estos los textos adecuados para medir y concluir los resultados terminales que nos condenan a jugar en las ligas del desastre y la ignorancia supina? ¿O acaso estos resultados contundentes buscan provocar, con una intención casi comercial, la necesidad de invertir en asesorías y productos académicos que terminarán beneficiando a ONG e instituciones paraestatales con recetas a la medida de la crisis? ¿Por qué estos textos resultan familiares en países de otras culturas, como China o Singapur, mientras que en casi toda América Latina son jeroglíficos? ¿Hay objetividad en el análisis o hay truco? ¿Dónde está la trampa global y el negocio millonario?
Huele muy feo en Dinamarca.





