Iglesia

MARIA AUXILIADORA

 

Por: José Antonio Anderson

Qué implica la palabra “auxilio” sino la ayuda, protección, amparo, asistencia, socorro que se le brinda a alguien en una situación de peligro apremiante, de urgencia extrema, de emergencia o de angustiante necesidad material o espiritual.

Una situación de necesidad material se presentó en el pasaje de las bodas de Caná, que magníficamente recoge el Evangelio de San Juan: “…Y, como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice a Jesús su madre: «No tienen vino.» (Jn. 2, 3-4).” En esa escena María procura de su hijo Jesús un milagro a favor de los necesitados. Es por ello que la Iglesia primitiva de los primeros siglos reconoce el papel intercesor de María sobre su divino Hijo, porque ella observa, comprende las necesidades de sus hijos y acude presurosa a socorrerlos, procurando del Señor las gracias y la ayuda oportuna.

Uno de los himnos más antiguos conservados sobre María es el conocido como “Sub tuum praesidium” (Bajo tu amparo) cuyo texto en griego antiguo que data del 250 d.C., dice: “Bajo vuestras entrañas de misericordia, nos refugiamos, oh Madre de Dios. No rechaces nuestras súplicas en tiempos de problemas. Sino líbranos de los peligros, oh Pura, Bendita seas.” Es una súplica a la Madre de Dios pidiendo ayuda ante los peligros. El carácter de “Auxiliadora” de María se plasma magnífico en este himno y refleja su papel central en la economía de la salvación. Así, uno de los primeros en reconocer y llamar a la Virgen María con el título de “Auxiliadora” fue San Juan Crisóstomo, cuando hacia el año 345 señalaba: “Tú, María, eres auxilio potentísimo de Dios”.

Una ocasión de pedir el Auxilio de la Virgen Santísima se presentó el 7 de octubre de 1571 durante la Batalla naval de Lepanto. Desde la humillante conquista de Constantinopla en el año 1453, los turcos otomanos no habían dejado de fortalecerse y dominar el mediterráneo oriental, avanzando sobre el occidental y llegando incluso a sembrar el terror a las puertas de Viena. Amenazaban con conquistar Roma y extender el islam por todo Europa. Ello nos recuerda el pasaje del cruce del Mar Rojo por los israelitas guiados por Moisés, en medio del pánico y de las dudas ante el inminente asalto egipcio. “Yo endureceré el corazón de Faraón, y os perseguirá; pero yo me cubriré de gloria a costa de Faraón y de todo su ejército, y sabrán los egipcios que yo soy Yahveh (Éxodo, 14, 4).”

Consciente del peligro que suponía para la Europa cristiana el dominio del Mediterráneo por parte de la Armada de los súbditos del sultán, el Papa Pío V hizo un llamado a la cristiandad a la oración y al ayuno. Pidió, en concreto, solicitar el auxilio de la Virgen mediante el rezo del santo Rosario al tiempo que organizaba a las potencias marítimas europeas a una alianza naval que pudiera enfrentar a los musulmanes en defensa de la fe cristiana. Así se formó la Liga Santa.

Al rayar el alba del 7 de octubre de 1571 ambas flotas confluyeron sobre la bahía de Lepanto en aguas griegas. Los turcos, quienes acababan de conquistar la isla griega de Chipre tenían la moral elevada y mayores posibilidades de ganar porque contaban con 272 barcos y alrededor de 88 mil hombres, incluyendo a los despiadados jenízaros. La flota cristiana de la Liga Santa al mando del Almirante don Juan de Austria era inferior en número, pues alineaba 212 naves y un número menor de hombres que los turcos. El sultán Selim II y el comandante de la flota Alí Bajá se sienten seguros, probablemente con sentimientos parecidos a los del Faraón egipcio: “Dijo el enemigo: «Marcharé a su alcance, repartiré despojos, se saciará mi codicia, sacaré mi espada y los aniquilará mi mano.» (Éxodo, 15, 9).” Mientras tanto, los hombres de la Liga Santa obedeciendo el llamado del romano Pontífice, no cesan de invocar a la Santísima Virgen pidiendo su auxilio maternal para que les conceda de Dios la jornada.

La batalla comenzó en forma desfavorable para los cristianos, porque el viento soplaba en su contra. De pronto, de forma milagrosa, el viento cambió de rumbo, batió fuertemente las velas de las galeras cristianas, y las empujó con fuerza contra las naves enemigas, cumpliéndose de manera oportuna el auxilio rogado: “Llegada la vigilia matutina, miró Yahveh desde la columna de fuego y humo hacia el ejército de los egipcios, y sembró la confusión en el ejército egipcio. Trastornó las ruedas de sus carros, que no podían avanzar sino con gran dificultad. Y exclamaron los egipcios: «Huyamos ante Israel, porque Yahveh pelea por ellos contra los egipcios.» (Éxodo, 14, 24).”

A partir de este instante se desató un infierno de aceros chocando y balas de cañones y arcabuces silbando por los aires y flechas cortando el viento. Desde «La Sultana» trataron de saltar a la cubierta de «La Real» un grupo de temibles jenízaros, pero fueron milagrosamente detenidos y arrojados al mar. Así, tras horas de cañoneos, abordajes e intensos combates cuerpo a cuerpo, la Liga reportó finalmente la jornada a su favor y pudieron cantar victoria como los israelitas nuestros padres “¡Yahvé es un guerrero, Yahvé es su nombre! Los carros del faraón y sus soldados precipitó en el mar. La flor de sus guerreros tragó el mar de Suf; los abismos los cubrieron, descendieron hasta el fondo como piedra. Tu diestra, Yahvé, impresionante por su esplendor; tu diestra, Yahvé, aplasta al enemigo (Éxodo, 15, 3-6).” Ese día fue proclamado por el Papa Pío V como fiesta de la Virgen de la Victoria, al considerar que la victoria se debió al auxilio oportuno de la Virgen. Igualmente, añadió a las letanías lauretanas la invocación “Auxilium Christianorum” reconociendo oficialmente el papel de María como protectora, madre y Auxiliadora del pueblo cristiano en los momentos de peligro. Su sucesor, el Papa Gregorio XIII, la cambió por la denominación de fiesta de la Virgen del Rosario.

En 1860 la Santísima Virgen se aparece en sueños a San Juan Bosco y le dice explícitamente que quiere ser honrada con el título de “Auxiliadora”, y le señala el sitio para que le construya un templo en Turín. Inicialmente don Bosco solo tenía cuarenta céntimos, pero con la certeza inquebrantable del mandato divino, organizó colectas y poco a poco obtuvo prodigiosamente el apoyo oportuno. La construcción se inició en 1863. Cinco años más tarde, el 9 de junio de 1868, tuvo lugar la consagración del templo. Pero lo que más llama la atención en esta basílica, es el cuadro que el santo salesiano encargó al artista italiano Tomasso Lorenzone. Don Bosco le habría manifestado al pintor las características que debía tener la obra: “En lo alto, María Santísima entre los coros angélicos; en torno a Ella y más cerca los apóstoles, después los mártires, los profetas, las vírgenes y los confesores. En tierra, los emblemas de las grandes victorias de María y los pueblos de las distintas partes del mundo con las manos levantadas pidiendo auxilio”.
Se trata de un imponente cuadro de 7 metros de alto por 4 de ancho que es una verdadera catequesis visual. En el centro de cuadro aparece la Virgen María con el niño Jesús en brazos. A su alrededor están representados los Apóstoles, entre los que sobresalen san Pedro y san Pablo, los cuatro evangelistas, y algunos ángeles.
María y el Niño llevan túnicas y mantos, al estilo de la época barroca europea del siglo XVIII. Ambos llevan coronas y la Virgen, además, lleva un cetro, como Reina de los apóstoles, de las doce tribus de Israel (del antiguo y del nuevo pueblo de Dios) y de todo lo creado. Alrededor de la cabeza de la Virgen, sobre el fondo del cielo dorado resplandecen doce estrellas blancas, reflejo de la Mujer del Apocalipsis “Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza (Ap. 12,1)”. El manto rojo de la Virgen subraya nuevamente la dignidad regia de María, pero también refleja protección y cobijo, ya que, bajo el manto de María, todos los fieles de la Iglesia encuentran siempre auxilio y refugio. Sin embargo, María no centra en ella la atención, sino que trae consigo al Niño que es el verdadero centro del cuadro, ya que como odigitria, aparece como “la que indica el camino”. No se puede pues separar el culto a la Virgen de su necesario punto de referencia y razón de ser: Cristo.

Si María es Madre de Cristo, cabeza de la Iglesia, también es madre del Cuerpo. Consecuentemente, la Maternidad espiritual de María la ejerce sobre todos los miembros del Cuerpo místico de su Hijo; es decir sobre todos los miembros de la Iglesia. Por ello podemos decir con San Ildefonso “Te pido, te pido, oh Virgen Santa, obtener a Jesús por mediación del mismo Espíritu, por el que tú has engendrado a Jesús. Reciba mi alma a Jesús por obra del Espíritu, por el cual tu carne ha concebido al mismo Jesús … Que yo ame a Jesús en el mismo Espíritu, en el cual tú lo adoras como Señor y lo contemplas como Hijo”.

¡María Auxiliadora, ruega por nosotros

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