Política

UN DESLINDE CON LA IZQUIERDA FRACASADA Y ADEMÁS UN CATÁLOGO DE PROMESAS

“Asumí la Presidencia constitucional en una de las horas más difíciles de nuestra historia reciente: en medio de una conspiración

desde dentro del gobierno, destinada a dar un golpe de estado que amenazó con fracturar el orden democrático”

Redacción de La Abeja
El discurso presidencial de Dina Boluarte,  se centró en tres ejes principales: estabilidad, progreso y futuro para el Perú. Boluarte destacó su gestión como la primera mujer presidenta en la historia republicana del país, asumiendo el cargo en medio de una crisis política derivada de un intento de golpe de estado comunista.
El discurso resaltó los desafíos enfrentados, incluyendo violencia política, desastres naturales como el ciclón Yaku y el fenómeno El Niño, y una grave crisis económica marcada por la fuga de capitales (más de 20 mil millones de dólares), desempleo y aumento de la pobreza.
Sin embargo, el  discurso de Boluarte, aunque bien intencionado, es un ejercicio de autocomplacencia que encubre una gestión marcada por la improvisación y la incapacidad de abordar los problemas estructurales del Perú con la profundidad que exige una nación en crisis.
La presidente se presenta como salvadora de la democracia frente  al golpe de estado de Pedro Castillo , pero omite convenientemente que ella fue parte de ese gobierno hasta muy pocos días antes del golpe y que se generó una polarización que su gobierno no ha sabido sanar.
Esta falta de autocrítica raya en la arrogancia y debilita su credibilidad, especialmente cuando insiste en un relato de victimización frente a “golpistas” sin asumir responsabilidad por las fallas de su administración.
Sin embargo, al margen de las críticas mencionadas el discurso de Dina Boluarte también merece reconocimiento por su firme defensa de la Constitución y su enérgica condena al intento de golpe de estado de  2023, que buscó sumir al Perú en el caos y la dictadura.
Hay que reconocer, pese a sus limitaciones personales, su actual  compromiso con la estabilidad institucional refleja una búsqueda de reposicionamiento  que prioriza el orden democrático frente a los excesos violentos de grupos minoritarios que intentaron fracturar el estado de derecho.
Esta postura, que debe estar alineada con  el respeto a la legalidad y la tradición republicana, es un pilar fundamental para garantizar un entorno propicio a la libertad económica y el progreso, sentando las bases para un Perú que pueda recuperar la confianza y proyectarse como una nación estable y soberana. Todo esto disgusta a los parlamentarios rojos, aliados del terror y de los extremistas, por lo que vimos expresiones lamentables y actos propios del lumpen y la escoria comunista durante el discurso, nos referimos  los legisladores Ruth Luque y Jaime Quito entre otros impresentables.

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En lo económico, hay que enfatizar que la retórica sobre la recuperación de la confianza y el crecimiento del PBI suena hueca sin un plan claro para desmantelar la asfixiante burocracia estatal, reducir la carga tributaria o fomentar la competencia en sectores clave.
Los proyectos de inversión público-privada, aunque prometedores, parecen una lista de buenas intenciones sin un marco coherente para garantizar su ejecución eficiente, un problema crónico en el Perú que Boluarte no aborda.
Además, la ausencia de medidas concretas para liberalizar el mercado laboral o combatir la informalidad, que afecta a más del 70% de la fuerza laboral, revela una preocupante falta de visión para un crecimiento sostenible.

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En seguridad, la lucha contra la delincuencia transnacional es un imperativo, pero la estrategia de Boluarte parece más reactiva que preventiva, y su alusión a políticas migratorias pasadas como causa del problema evade la responsabilidad de su gobierno en fortalecer las fronteras y las instituciones policiales. Peor aún, la falta de claridad sobre cómo se protegerán las libertades individuales en esta “batalla sin tregua”. No asume los fracasos de sus sucesivas medidas para mejorar la seguridad y menos aún los de sus incapaces ministros del interior.

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Finalmente, la invocación a la “unidad nacional” y el “pacto por el Perú” suena más a un intento desesperado por legitimar un gobierno cuestionado que a un compromiso genuino con el consenso, populismo puro y básico.
La unidad no se logra con discursos grandilocuentes, sino con resultados tangibles y una justicia verdaderamente independiente, algo que Boluarte no ha garantizado al criticar la politización judicial sin proponer reformas estructurales creíbles.
En suma, este discurso es un catálogo de promesas que no aborda las raíces de los problemas del Perú, dejando la sensación de un liderazgo más preocupado por su legado e imagen personal que por transformar un país que  al borde del abismo en muchos sentidos.

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