
Por: Francisco de Piérola
A finales de noviembre, hubo en el país una serie de marchas que hoy se recuerdan, por muchos, con penosa ridiculez. Las masivas aglomeraciones que sucedieron, al unísono, en el Perú y en el mundo, buscaban retirar al entonces presidente Manuel Merino, quien democráticamente había asumido la presidencia luego de la vacancia del impresentable Martín Vizcarra. En estas marchas se acuño un término: “los bicentenarios”, quienes, con la falsa gallardía de un lobezno protegido por su jauría, gritaban “se metieron con la generación equivocada”.
Entre las razones sin sentido que aquejaban a los asistentes de las susodichas marchas podemos listar las siguientes: 1. Manuel Merino no tenía la preparación para el cargo. 2. Se quería tumbar a la SUNEDU. 3. Iba a liberar a Antauro Humala. 4. Iba a nombrar a un gabinete de impresentables “viejos lesbianos”.
Estas razones, por supuesto, no eran las que voluntariamente anunciaban los jóvenes asistentes, sino las que la prensa caviar, con sus aliados en el poder, insertaron en las mentes de estas vulnerables juventudes del bicentenario para validar una marcha que, holgadamente, podemos hallar como responsable de la debacle política que tenemos hoy. Además, que se cobró la vida de dos jóvenes.
Resulta curioso, entonces, que esta masiva voz que se alzó por la presunta indignación y amenaza a la democracia que representaba ese pasajero gobierno de Merino esté ahora en silencio o desaparecida, cuando los motivos que despertaron su indignación selectiva se quedan cortos comparándolos con el infame y nefasto gobierno de Castillo. Un gobierno que, para cualquiera con dos dedos de frente, o con voluntad de acceso a la historia, está actuando tal cual se sospechó y se anunció ¿Dónde están los jóvenes del bicentenario que aseguraban ser los defensores de nuestras libertades?
La respuesta es muy sencilla. Lamentablemente estos jóvenes pertenecen a otra categoría, donde también están ciudadanos de todas las clases sociales y afiliaciones políticas: los activistas bisiestos. Esta especie solo aparece en el foco de la noticia cuando ya ha habido una validación sobre la acción. No tienen iniciativa propia y, más bien, se unen a una causa que ya ha sido aprobada por la corrección política, cuyo monopolio está en las manos de los caviares. Suelen salir a la superficie cada 5 años o cuando los intereses progresistas – disfrazados en el paraguas de la tolerancia – lo demandan.




