
Autor: Luis Yunis
Qué esperamos para felicitar a los funcionarios de la Oficina Nacional de Procesos Electorales, a los del Registro Nacional de Identificación Civil, obviamente a los del Jurado Nacional de Elecciones y a todos aquellos que directa e indirectamente apoyaron, pelearon, sustentaron, ocultaron, evaluaron y finalmente aplaudieron y encumbraron el triunfo de Pedro Castillo como presidente del país. Al respecto, se debería conocer sus nombres y cargos para hacerles un monumento, pedir moción de saludo en el Congreso de la República, y por qué no, fijar una fecha en el calendario nacional para los homenajes considerativos, recuerdos para sus familias, marchas militares y celebraciones, con muertos incluidos.
No me cabe la menor duda de que lo hicieron convencidos de que era necesario, urgente y prioritario elevar a tan torpe personaje a la más alta distinción del poder público con la garantía que les da las maestrías y doctorados que tienen bajo el brazo, obtenidas presumiblemente, en similares lugares donde se compran sus camisas blancas y corbatas del mercado central; y seguramente, ellos manejaban información privilegiada sobre quién verdaderamente era Pedro Castillo y conocían de su limitadísima preparación, su absurdo plan de gobierno, su nulidad de cuadros, su ineptitud como líder, su incompetencia para ejercer cargos públicos, su precaria comprensión lectora, su reducidísima escasez mental, su roñoso desprecio por la democracia, su sospechoso círculo de amigos, su absoluta ignorancia sobre la tecnología, su carencia de raciocinio, su insuficiente discernimiento, su mísero juicio de valor, su mezquino comportamiento social, su ausencia de visión, y en fin, nos impusieron a Castillo para pisotear arteramente la Constitución, porque evaluaron en él, no solamente al títere perfecto para que un grupo de desadaptados al margen de la ley pretendan imponer sus frustraciones, inseguridades, fechorías y represiones desde la cima del poder; sino que también olfatearon que su elegido venía con una carga adicional de odio, desprecio, rencor, antipatía y aborrecimiento por lo logrado constitucional y democráticamente.
A escasos siete meses de vergonzoso desgobierno, el proclamado continúa como el abanderado de la pobreza mental, la torpeza, la inseguridad, la ineptitud, la deshonestidad, el letargo y la impericia que prevalece en extendidos grupos de todas las profesiones y condiciones sociales, incluido obviamente el despreciable equipo del Jurado Nacional de Elecciones y sus cómplices, al implantarnos a la flor de ese enjambre para avergonzarnos, humillarnos y degradarnos no solamente en la esfera nacional, sino que ahora los peruanos somos el hazmerreír en el mundo entero, con la complacencia de los indiferentes, desinterés de los mediocres, frialdad y cobardía de los convenidos, y satisfacción de un porcentaje de legisladores que creen haber tocado el cielo porque ahora sí pueden comprarse las camisas y corbatas que siempre añoraron, mientras tanto nuestro futuro está paralizado y seguimos a velocidad dirigiéndonos al despeñadero y viviendo en automático. Dios quiera que haya reacción antes de que sea demasiado tarde.




