
Por: Juan Carlos Eguren
En el arte de la guerra tan importante es conocer al enemigo como conocer la lealtad de tus aliados, pese a innumerables diferencias existe un factor mayoritario que se cree y se siente demócrata, pero muchos no actúan en consecuencia.
Todos tenemos deseos ocultos o explícitos: que se declare nulo el proceso electoral por fraude, que renuncie DB, que se cierre el congreso, que se adelanten las elecciones, que se convoque o no una asamblea constituyente, que se reprima con mayor o menor dureza la violencia en las calles, etc. Los legítimos deseos individuales y/o compartidos por grupos determinados son parte de la esencia del ser humano y por imponer dichos deseos se vivió en la barbarie por miles de años, bajo el imperio de la violencia y la ley del más fuerte, hasta que la humanidad dio paso a la vida civilizada, organizada en base a normas que el estado debe respetar y hacer respetar, llamado Estado de Derecho.
Los últimos años el país parece retroceder y acercarse a la barbarie donde la violencia pretende sojuzgar a la democracia y el Estado de Derecho. Como también lo hacen los regímenes autoritarios y dictatoriales.
Lo señalado no es tan claro o evidente para muchos que se creen demócratas y con su silencio cómplice o actuar de buena fe, terminan siendo demócratas camaleónicos o convenenciosos, en el sentido que los valores y principios democráticos se adecuan a las circunstancias y personajes.
Todos tenemos que hacer el esfuerzo de mantenernos firmes en nuestras convicciones, al margen de los actores en el congreso o el ejecutivo, las diferencias se resuelven en las ánforas en los tiempos y con las reglas que la constitución y las leyes lo establecen.
A mayor crisis, mayor defensa de la institucionalidad democrática, si los electores se equivocaron, que se aguante hasta el próximo proceso electoral, es la única manera de generar confianza, estabilidad y predictibilidad.





