
Por: Luciano Revoredo
La reciente polémica generada por las declaraciones de Brígida Curo, la controvertida candidata a vicepresidente de Roberto Sánchez, sobre temas raciales no es un incidente aislado ni una simple excentricidad verbal. Es la manifestación de una forma de racismo contemporáneo que, paradójicamente, suele presentarse bajo el disfraz de la inclusión, la diversidad y la justicia social.
El mensaje es claro: para ciertos sectores, no basta con haber nacido en el Perú, representar al Perú y tener antepasados peruanos. También habría que ajustarse a un determinado molde étnico para ser considerado auténticamente peruano.
Esa idea es profundamente racista. Lo es porque pretende definir la identidad nacional a partir de características físicas, rasgos fenotípicos. Lo es porque divide a los ciudadanos entre peruanos legítimos y peruanos sospechosos. Y lo es porque desconoce por completo la historia de la nación peruana.
El Perú no nació de la segregación. Nació del mestizaje. Nuestra identidad colectiva no es el resultado de una supuesta pureza étnica sino de la convergencia de múltiples raíces culturales, indígenas, hispánicas, africanas, asiáticas y europeas. Desde hace siglos, el Perú es una realidad mestiza. Esa mezcla no es una anomalía ni un problema a resolver. Es precisamente el fundamento de nuestra existencia como nación.
Por eso resulta tan grave que aparezcan discursos llenos de odio y resentemiento que pretenden clasificar a los peruanos según su apariencia física. Detrás de estas expresiones existe una concepción ideológica que no observa a las personas como ciudadanos iguales ante la ley, sino como miembros de categorías raciales o étnicas en permanente confrontación.
No es casual que estas ideas tengan puntos de contacto con ciertas corrientes identitarias desarrolladas en Bolivia durante las últimas décadas. Pseudointelectuales como Álvaro García Linera, principal ideólogo del proyecto político de Evo Morales, impulsaron una visión de la realidad latinoamericana en la que las identidades étnicas ocupan un lugar central en la comprensión de la política y la nación. Desde esa perspectiva, el mestizaje deja de ser visto como un elemento integrador y pasa a interpretarse como una categoría problemática o insuficiente para explicar la realidad social.
El problema aparece cuando esa visión termina reemplazando la ciudadanía por la identidad étnica como criterio fundamental de pertenencia. Cuando eso ocurre, las personas dejan de ser evaluadas por sus méritos, sus acciones o su compromiso con la nación y comienzan a ser juzgadas por su aspecto físico, su apellido o sus ancestros.
Es exactamente la lógica que subyace a cualquier intento de negar la peruanidad por ejemplo de Ignacio Buse o en su momento de la talentosa belleza peruana Stephanie Cayo. La ironía es extraordinaria. Los mismos sectores que denuncian con razón la discriminación cuando afecta a determinados grupos parecen incapaces de reconocer el racismo cuando la víctima no encaja dentro de sus esquemas ideológicos. Se indignan frente a unas formas de discriminación mientras justifican o minimizan otras.
Pero el racismo no cambia de naturaleza según la identidad de la víctima. Además, quienes pretenden reducir la identidad a una apariencia física ignoran la propia realidad de la historia familiar de tantos peruanos que no encajan en su manual de factores raciales que determinan la peruanidad . Ocurre con millones de peruanos que sus raíces se entrelazan con distintas regiones y tradiciones del país. La nación peruana está llena de historias semejantes. Historias que desmienten cualquier intento de establecer jerarquías de peruanidad sobre bases raciales.
El verdadero problema es una ideología que ha comenzado a reemplazar la idea de nación por una visión fragmentada de la sociedad, donde las personas son clasificadas en función de categorías étnicas y donde la pertenencia nacional parece depender cada vez más de la apariencia que de la ciudadanía.
Esa visión puede resultar atractiva para algunos activistas, pero es incompatible con la experiencia histórica del Perú. La grandeza del Perú reside precisamente en que nadie posee el monopolio de la peruanidad. No existen apellidos más peruanos que otros. No existen rostros más peruanos que otros. No existen ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda según su origen familiar o su aspecto físico.
Quien pretende decidir quién merece ser considerado peruano no está defendiendo nuestra identidad nacional. Está atacando el principio mismo sobre el que se construyó el Perú: la convicción de que una nación puede surgir de la diversidad, fortalecerse en el mestizaje y encontrar en esa mezcla su mayor riqueza.
Por eso, frente a quienes intentan dividirnos en categorías raciales, la respuesta debe ser firme. El Perú nunca ha sido una raza. El Perú es una nación.





