Iglesia

EL RÍO QUE DESEMBOCÓ EN EL TÍBER

Por: Sylvain MacAllister

 

I. La Semilla en Turín

Corría el año 1834 cuando, en las sombras de una vendita carbonaria de Turín, un anciano maestro venerabile pronunció ante sus pupilos las palabras que habrían de resonar durante más de un siglo: “No destruiremos a la Iglesia con espadas ni con leyes; la destruiremos desde su propio altar, cambiando lo que ella cree que dice cuando reza.” Aquella era la estratagema de la Alta Vendita, cuya primera documentación había llegado a manos del Papa Pio VII. La correspondencia secreta de la vendita de Turin llegaría décadas después a manos del Papa Pío IX, quien trato de actuar contra ella. Los carbonarios habían trazado ya el plan más audaz de la historia moderna: no atacar a la Iglesia desde fuera, sino infiltrarla, transformarla desde dentro, silenciosamente, generación tras generación, hasta que sus propios sacerdotes fuesen los artífices de su desdoctrinación.

El plan requería paciencia de siglos. Requería hombres formados en seminarios, ordenados con manos válidas, vestidos con la sotana de la ortodoxia, pero cuyo corazón secreto perteneciera a otra causa. Requería, sobre todo, tiempo: el tiempo necesario para que un niño naciera, creciera, estudiara Derecho Canónico y Liturgia, ascendiera en la jerarquía romana, y llegase —cuando las circunstancias históricas fuesen propicias— a ocupar el lugar exacto desde donde pudiera mover, como un cirujano mueve el bisturí sobre el cuerpo dormido de un paciente, el corazón mismo del culto católico: la Santa Misa.

II. El Aprendiz

Aníbal Bugnini nació en Civitella d’Agliano en 1912, en el seno de una familia de apariencia devota. Fue ordenado sacerdote vicentino, estudioso brillante, con una memoria prodigiosa para las rúbricas y una ambición aún más prodigiosa para el poder. Sus superiores en la Congregación de la Misión no sospecharon jamás que aquel joven de mirada fría y sonrisa medida había sido captado, hacia 1934, por una logia disfrazada de “círculo de estudios litúrgicos”, que operaba en Roma bajo la tapadera de un instituto de investigación histórica.

Allí, en reuniones nocturnas celebradas en un palacete cerca de la Piazza Navona, Bugnini conoció al hombre que sería su mentor secreto: un anciano liturgista de apellido nunca registrado en actas, descendiente espiritual de aquella Alta Vendita original del siglo XIX, que le instruyó, con precisión quirúrgica, la estrategia a desarrollar.

—No se trata de negar el dogma —le dijo una noche, mientras las velas proyectaban sombras largas sobre los frescos del techo—. Se trata de vaciarlo de su expresión. Un pueblo que ya no entiende el latín de su misa, dejará de entender el misterio que esa misa contiene. Un altar sin monaguillos que respondan en la lengua sagrada, se convierte en una mesa cualquiera. Una consagración pronunciada en voz alta, en la lengua vulgar, rodeada de gestos horizontales hacia el pueblo, deja de parecer un sacrificio y empieza a parecer una cena comunitaria. Y una comunión que ya no exige preparación, ni ayuno, ni reverencia de rodillas, se convierte en costumbre social. Así, sin negar un solo artículo del Credo, habremos protestantizado la misa católica desde dentro. Y usted, hermano Aníbal, será el cirujano. Bugnini escuchó con atención, calló, y aceptó.

III. La Vendita de los Liturgos

Desde 1948, ya ordenado y trabajando en la Congregación de Ritos, Bugnini comenzó a tejer discretamente su propia venta: no una logia de nombre carbonario explícito —eso hubiera sido demasiado peligroso en la Roma de Pío XII, todavía vigilante—, sino un círculo de “expertos litúrgicos” reformistas, reclutados uno a uno entre los seminarios del norte de Europa, particularmente entre los teólogos alemanes, austríacos, franceses y holandeses formados en la Escuela de Maria Laach y en los ambientes del Movimiento Litúrgico.

El reclutamiento silencioso. Bugnini identificaba a jóvenes sacerdotes inteligentes, insatisfechos con la “rigidez” del rito tridentino, en crisis de fe, con problemas morales, rebeldes y los introducía gradualmente en comisiones de estudio aparentemente inocuas.

La cobertura académica. El publicaba artículos en revistas litúrgicas que, bajo apariencia de erudición, sembraban la idea de que el Misal de Pío V era “una acumulación medieval” susceptible de “purificación arqueológica”.

Los contactos transalpinos. Mantenía correspondencia cifrada, usando los antiguos símbolos de la vendita, con liturgos de Alemania, Paises Bajos, y Francia, coordinando posturas antes de que ningún concilio hubiera sido siquiera convocado.

Ascendía, pascientemente, peldaño a peldaño dentro de la Congregación de Ritos, haciéndose imprescindible como secretario técnico, el hombre que “conocía los expedientes” cuando nadie más quería ocuparse del trabajo minucioso.

Las reformas de Pío XII fueron su campo de ensayo. Logró introducir en 1951 y 1955 modificaciones a la Vigilia Pascual y a la Semana Santa. Eran pequeñas concesiones que servirían como precedente jurídico para ulteriores reformas mayores.

Cuando Pío XII murió en 1958, y se produjo la monumental marcha funebre desde Castelgandolfo, Bugnini quedó impactado. Una multitud nunca vista acompañaba el feretro del Papa. Era él un hombre en el fondo sensible a todos esos desfiles y rituales. Pero, más aún, sintió un gran jubilo por que el reloj de la Providencia —o de la Historia, según se prefiera— comenzaba a correr a su favor.

La elección de Juan XXIII, con su gusto por la vestimenta papal y el el ritual pontificio, fue clave. Era un papa de talante pastoral, sociable, abierto, deseoso de “abrir las ventanas” de la Iglesia al mundo. En el fondo era conservador, aunque algo diletante. Pero, más era un ingenuo y carente de sospechas. Todo ello fue puesto bajo microscopio. Al final fue interpretada en los círculos de la vendita como una señal: la ventana estaba entreabierta, y por ella entraría, con el tiempo, todo el viento del Rin.

IV. El Concilio como Campo de Batalla

Cuando Juan XXIII convocó, sorprendiendo a no pocos, el Concilio Ecumenico Vaticano II, en 1962, Bugnini —ya experto reconocido, aunque temporalmente apartado de la Comisión Preparatoria por sospechas de algunos cardenales curiales que intuían, sin poder probarlo, que aquel sacerdote vicentino jugaba un juego más profundo que la simple erudición litúrgica— observó con satisfacción cómo se formaba en el aula conciliar lo que los cronistas llamarían después la “alianza del Rin”: los obispos y teólogos de Alemania, Austria, Suiza, Francia, Holanda y Bélgica, coordinados, en buena comunicación, disciplinados, avanzando como un solo ejército teológico sobre las posiciones más cautelosas de la Curia Romana y los latinoamericanos.

No era casualidad. Muchos de esos peritos conciliares habían sido, años antes, alumnos o corresponsales de la venta de liturgos que Bugnini había cultivado desde Roma. La Conferencia de Fulda, donde los obispos alemanes afinaban sus estrategias antes de cada sesión plenaria, funcionaba como una suerte de logia visible, pública, respetable, pero que ejecutaba en sustancia el mismo programa que la Alta Vendita había soñado ciento treinta años antes: transformar el contenido sin tocar la forma jurídica, cambiar la sustancia bajo el disfraz de la actualización pastoral. La palabra clave fue aggiornamento, que eso significaba.

Las Sesiones

Primera Sesión (1962)
El debate litúrgico estalla. Se discute si la vida cristiana debe fundarse en “una colección de antiguas costumbres” o adaptarse a las “necesidades pastorales modernas”. Bugnini, desde su discreta posición de secretario técnico, redacta informes que inclinan la balanza retórica hacia la segunda opción.

Segunda Sesión (1963).

Muere Juan XXIII. La incertidumbre se apodera de la vendita: ¿continuará Pablo VI el mismo rumbo? Pero el nuevo papa, formado también en ambientes de renovación litúrgica, confirma las esperanzas revolucionarias. Se aprueba la Constitución Sacrosanctum Concilium, ambigua y llena de explosivas minas en su letra, pero que Bugnini y sus aliados interpretarán después con la máxima audacia posible.

El momento decisivo no tardaría en llegar. El ingenuo Pablo VI, preocupado por los temas dogmáticos que quería vigilar personalmente, buscó a quien confiar la liturgia. Recibe el consejo de dos cardenales neo carbonarios, por supuesto ignorando que lo fueran. Sebastian Baggio y Giacomo Lercaro tenían largo tiempo de infiltrados. El Papa los escuchó, y satisfecho con la labor “técnica” de Bugnini, que estaba dando vueltas desde tiempo del gran Pio XII, lo nombra Secretario del *Consilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia —el organismo encargado de aplicar la reforma—. El cirujano carbonario tiene ya, por fin, el bisturí en la mano y el paciente anestesiado sobre la mesa.

V. El Consilium: la Vendita se vuelve Comisión

Corría 1964. Bugnini, ya Secretario del Consilium, convocó a los mismos hombres que había cultivado durante quince años: liturgos alemanes, franceses, belgas, algunos españoles y hasta estadounidenses de similar sensibilidad. La reunión inaugural se celebró en un salón discreto del Palazzo di San Callisto, con las cortinas cerradas y las actas redactadas en un lenguaje deliberadamente técnico, casi ilegible para quien no perteneciera al círculo.

—Hermanos —dijo Bugnini aquella tarde, con la voz baja de quien sabe que las paredes de Roma tienen oídos curiales— hemos esperado este momento durante toda una vida. El Papa nos ha dado el mandato de “renovar” la liturgia. El no lo sabe, pero nosotros sabemos lo que eso significa en realidad.

Un joven perito, todavía no iniciado del todo en la profundidad del plan, preguntó con inocencia:

—¿Y cuál es el límite de la reforma, Monseñor?

Bugnini sonrió con la misma sonrisa fría que había aprendido de su viejo mentor en el palacete de la Piazza Navona.

—El límite lo pondrá la resistencia que encontremos. Y de cuantos de esos adversarios podamos neutralizar o controlar. Pero le aseguro que, cuando hayamos terminado, ningún fiel sencillo reconocerá en la nueva misa el sacrificio propiciatorio que Trento defendió contra Lutero. Y sin embargo, ningún canonista podrá acusarnos de herejía formal, porque no habremos negado dogma alguno: habremos, simplemente, dejado de expresarlo.

El latín será sustituido progresivamente por las lenguas vernáculas, rompiendo el vínculo litúrgico universal que unía a un campesino polaco con un pescador filipino en la misma lengua sagrada. Los monaguillos ya no serán. Las campanillas no sonaran más. Y el altar será cara al pueblo con la excusa de una mejor comunicación. El altar mayor desaparecerá. El sacerdote dejaría de dar la cara a Dios y la espalda al pueblo —orientación que simbolizaba el sacrificio ofrecido a Dios— para mirar de frente a la asamblea, transformando visualmente el altar en mesa y el sacrificio en comida comunitaria. Dará la espalda al Sagrario, en un mensaje subliminal. La consagración se pronunciaría en adelante en voz alta, sin las genuflexiones múltiples de la reverencia del pasado. Callará el silencio reverencial del antiguo canon romano, diluyendo el momento culminante del misterio en un flujo continuo de palabras audibles.

Sobre la comunión también tenemos un plan. Se facilitaría que sea de pie, con la idea de mayor movilidad y se recibirá en la mano, como hace muchos siglos, logrando que se pierda la sacralidad. Suprimiremos la necesidad de un ayuno prolongado y de las purificaciones rituales antiguas, banalizando el contacto con la Eucaristía.

Campeará la novedad. Los ofertorios y oraciones serán reescritos, eliminando referencias explícitas al carácter propiciatorio y sacrificial de la misa, sustituyéndolas por fórmulas de “comida” y “memorial” más cercanas a la teología protestante de la Cena. Y así dejaremos abiertas la puertas a nuevos avances.

VI. Las Sombras de la Resistencia

Pero, los conspiradores no contaban con que no todos permanecerían ciegos a sus elaborados planes. Algunos cardenales de la Curia Romana —hombres formados en la teología tridentina, con memoria viva de las batallas contra el americanismo y el modernismo de principios de siglo— comenzaron a sospechar y a protestar con energía. El cardenal Alfredo Ottaviani, que fue prefecto del Santo Oficio hasta 1966, estaba vigilante y muy activo. Convocó en privado a un grupo de teólogos y versados litúrgos para estudiar los borradores que salían del Consilium, y lo que encontraron les heló la sangre.

—Esto no es una reforma —dijo el Cardenal Ottaviani en una reunión celebrada en su antiguo despacho del Palacio del Santo Oficio, con la puerta cerrada y las cortinas corridas, temiendo —con razón, aunque nunca pudo probarlo— que sus propias oficinas estuvieran de algún modo comprometidas—. Esto es una demolición sistemática disfrazada de ese famoso aggiornamento. Y el hombre que la dirige no es un simple funcionario litúrgico, debe ser un masón. En todo caso es el ejecutor de algo mucho más antiguo y diabólico.

Encargó entonces una investigación discreta sobre el pasado de Bugnini. Los informes llegaron fragmentarios, incompletos, como suele ocurrir cuando se investiga a alguien que ha aprendido, durante treinta años, a no dejar rastros documentales de su verdadera lealtad. Se quejó al Papa Pablo VI quien quedó sorprendido de ambas cosas: el hombre, Bugnini y su obra: una nueva misa.

El Cardenal no se limitó a quejarse de voz. Escribió al Papa Pablo VI un demoledor ‘Breve Examen Crítico’, junto con el Cardenal Antonio Bacci. El texto que tocaría todo corazón católico, fue revisado y complementado bajo la dirección del arzobispo Marcel Lefebvre, junto con otros 12 teólogos, entre ellos el prestigioso obispo y teólogo dominico Guérard des Lauriers.
Pablo VI quedó aturdido, desconcertado. Decidió actuar, dedicando dos discursos en audiencias públicas a corregir muchos de los abusos. Alfredo Ottaviani, quedó un tanto tranquilizado, aunque no del todo. Es que los abusos eran muchos y algunos sutíles.

Escribió el antiguo prestigioso encargado del Santo Oficio, en lenguaje curial, de ese que hay que leer entre líneas: «Me he alegrado al leer los discursos del Santo Padre sobre las cuestiones del nuevo Ordo Missae y sobre todo por sus precisiones doctrinales contenidas en dichos discursos… Creo que, después de esto, ya nadie puede escandalizarse sinceramente. Pero, por lo demás, hará mucha falta una obra prudente e inteligente de catequesis, para solucionar algunas perplejidades legítimas que puede suscitar el texto».

Como era su costumbre el Papa rezó y mucho. Ante la referencia a una infiltración fuerte masónica en la curia, que Ottaviani había hecho, y la ratificación de la denuncia por un prelado de su íntima confianza, Giovanni Benelli, se decidió a hacer una investigación y purga consecuente. Llamó a un arzobispo francófono canadiense, Eduardo Gagnon, canonista. Le dio facultades para investigar a todos en la curia. Y es que ya sospechaba del poderoso Cardenal Baggio, a quien el informe verbal de Ottaviani vinculaba con Anibal Bugnini.

Gagnon se dió manos a la obra. Encontró mucho, pero sólo se sabe eso, pues sus descubrimientos estaban lacrados bajo secreto vaticano. Pero, sobre Bugnini si se filtraron cosas. Se mencionaban reuniones nocturnas en los años treinta, correspondencia con liturgos y teólogos holandeses y alemanes de dudosa ortodoxia, una posible pertenencia a círculos masónicos disfrazados de sociedades culturales. Indicios y más indicios. Pasaron años. Todo era sugerente. Faltaban pruebas.

En 1975, ya consumada gran parte de la reforma Bugnini, Pablo VI —presionado por estos informes y por voces cada vez más insistentes dentro de la Curia y prelados de prestigio— destituyó finalmente a Bugnini de su cargo y lo envió como nuncio a Irán, un exilio medio dorado en un país de mayoría musulmana, pero exilio al fin, lejos del centro de poder que había tardado toda una vida en conquistar. Se dice que, en su despacho vacío del Vaticano, alguien encontró una carpeta con anotaciones manuscritas donde se leía, en italiano cifrado, una frase que parecía resumir toda una vida de trabajo subterráneo: “Il fiume ha raggiunto il mare” — el río ha llegado al mar.

VII. El Río y el Tíber

Años después, el sacerdote e historiador Ralph M. Wiltgen, en su libro El Rin desemboca en el Tíber, documentaría con precisión periodística cómo aquella “alianza renana” de obispos y teólogos alemanes, austríacos, suizos, franceses, belgas y holandeses había logrado imponer su impronta teológica sobre el catolicismo universal representado por Roma. Wiltgen, ajeno quizá a las capas más profundas y secretas de la trama —o prudente al no mencionarlas explícitamente en un libro de rigor documental—, describió sin embargo con exactitud el mecanismo visible: la Conferencia de Fulda coordinando estrategias, los peritos conciliares redactando esquemas con precisión de relojero suizo, la Curia Romana derrotada sesión tras sesión, la “Semana Negra” donde Pablo VI, angustiado, intentó frenar sin éxito total lo que ya se había puesto en marcha.

Lo que Wiltgen documentó como fenómeno teológico y sociológico —la penetración de la nueva teología europea en el corazón romano y mundial, tal como antaño el río sirio Orontes se mezcló con las aguas del Tíber— era, para quienes conocían el origen remoto de la trama, la culminación exacta de aquel plan trazado en la Alta Vendita y conocido luego en la vendita turinesa de 1834. No hicieron falta cañones ni decretos de persecución. Bastó un hombre paciente, apoyado por poderosos padrinos en puestos clave. Era un agente carbonatio formado durante treinta años en las sombras, colocado en el momento exacto en el lugar exacto: Secretario de la Comisión de Reforma Litúrgica postconciliar.

Cuando en 1969 se promulgó el Novus Ordo Missae, Bugnini —todavía en la cúspide de su poder, antes del exilio persa— asistió a la primera misa solemne celebrada según el nuevo rito en una pequeña capilla romana. Se dice que, al terminar, permaneció varios minutos en silencio, contemplando el altar ahora vuelto hacia el pueblo, las oraciones en italiano resonando sin la solemnidad del latín perdido, la comunión distribuida de pie sin las viejas barandillas de mármol.

Un joven sacerdote que lo acompañaba, ignorante de toda la trama, le preguntó con inocente entusiasmo:

—¿Está satisfecho, Monseñor? Hemos logrado una liturgia más cercana al pueblo.

Bugnini, ya anciano, con la mirada perdida en el altar desnudo, respondió con una frase que el joven sacerdote nunca entendió del todo, y que solo cobraría sentido pleno décadas después, cuando historiadores más audaces comenzaran a atar los cabos sueltos de aquella vieja conspiración:

—Más cercana al pueblo, sí. Pero también, hijo mío, mucho más lejos del misterio.

Y en el silencio de aquella capilla romana, mientras el sol de la tarde entraba oblicuo por los ventanales, el viejo artífice de la venta neocarbonaria de liturgos supo, con la certeza fría de quien ha completado la obra de su vida, que el Rin había desembocado, finalmente y para siempre, en el Tíber.

 

*(trad. digital)

1 comentario

  1. Será posible que nadie haya tenido gracia de estado para descubrir la traición, ninguna sospecha, nada, Jesús sabía perfectamente quien era Judas. El Espíritu Santo dejó de asistir a la Iglesia, se cumplió el salmo 21(22) Dios mío por qué me has abandonado?

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