Vida y familia

EL PERÚ PROFUNDO QUE NECESITA AMOR

Por: María Ximena Rondón

Durante los últimos ocho días recorrí algunos lugares del llamado Perú profundo y pude atestiguar las carencias materiales y emocionales que tienen. Recorrí Yurimaguas, Moyobamba, Tarapoto, algunos asentamientos humanos de Arequipa (como Horacio Zevallos y la zona norte), y varias localidades en Puno como Pusi, Huancané, Rosaspata, Sandia. También visité las periferias de Lima como Pachacútec, en Ventanilla, y Carabayllo.

En la mayoría de estos lugares comprobé la falta de una presencia sólida y efectiva del Estado Peruano. Por ejemplo: la única posta médica que vi en Yurimaguas era una casucha. Otra cosa que noté en todos esos sitios fue que, salvo las carreteras principales, la única forma para llegar a las comunidades es recorriendo caminos de tierra y piedra (o trochas).

Podría enumerar muchas otras cosas y criticar a los gobiernos regionales por su incompetencia, pero lo que más me impactó fue la gran necesidad de amor y de comprensión que tiene el Perú profundo. Y quienes se esfuerzan en saciarla son los miembros de la Iglesia Católica.

En las zonas que visité de la selva, la dignidad humana prácticamente no vale nada. Problemáticas como la promiscuidad, la flojera, la mediocridad, la enorme cantidad de parejas convivientes, la violencia doméstica provocan que las personas se sientan descartables. Hay mujeres que están con muchos hombres y arrastran a sus hijos a esos cambios constantes. Al final, esos hijos difícilmente podrán asumir un compromiso o sentir que realmente le importan verdaderamente a alguien. Sin embargo, la sociedad actual intenta por todos los medios posibles vendernos la idea de que ese tipo de vida es deseable: nada de compromiso ni ataduras. Pues les digo que como consecuencia mucha gente siente que es descartable y que en el fondo quisieran sentirse amados de verdad.

Muchos toman a broma el hecho de que la selva sea conocida como “una zona caliente”, pero quizás no se preguntan qué pasa en el corazón de esas personas y ni se atreven a imaginar el hambre de amor y atención que tienen.

Simplemente se “dejan las cosas tal como están”. No hay un verdadero trabajo para motivar a que esas personas salgan del letargo y contribuyan con el desarrollo económico, social y cultural de su región. Respecto a las tribus, fui testigo de que muchas no están muy interesadas en que sus hijos reciban una educación ni en cómo el Estado se preocupa por buscar una solución. Simplemente, dejan que todo siga como está.

Las zonas de la Sierra que visité tampoco están exentas de lo anterior. Muchas de esas comunidades están alejadas de su propio país por caminos que quizás solo puedan recorrer autos con motores con una gran potencia, motocicletas o camiones. En todas ellas escuché el mismo pedido: ayúdennos. Pero, ¿hay algo más detrás de eso? Es cierto que hay mucha necesidad material y estructural, sin embargo, en esas peticiones se esconden corazones que están pidiendo ser tomados en cuenta y saber que realmente alguien está preocupado por sus vidas.

Cuando uno llega y les otorga ayuda, estas personas corresponden de una manera conmovedora. Pueden bailar para uno, darnos los frutos de sus chacras, regalarte quesos, chocolates y agradecerte incontables veces por estar allí.

Yo me sentí muy amada por todas esas personas que conocí y traté de abrazarlas lo más que pude, escucharlas y decirles algunas palabras que elevaran su dignidad humana.

Una vez más, la Iglesia Católica es la que se esfuerza en atender a estas comunidades y para lograrlo deben viajar durante horas por caminos y carreteras que no están bien asfaltadas, como la de Sandia, cuyos habitantes ansían recibir más visitas y ser más conocidos.

Este viaje hizo que me preguntara: ¿Qué puede conectarnos a esas personas?¿Qué puede conectarnos como país? Realmente quisiera que todas esas zonas tuvieran la oportunidad de crecer y mejorar su calidad de vida. Que conozcan mucho más sobre los valores y la dignidad humana. Que las mujeres no sean maltratadas y que los hombres dejen de vagar y saquen adelante a los suyos.

Que todas esas comunidades puedan recibir el amor y la atención digna que merecen y que no sean instrumentos políticos que las siguen alejando a través de sus venas abiertas.

Debemos mirar al “Perú profundo” con humanidad y con caridad cristiana. Necesitan una vida llena de dignidad y de amor. No podemos abandonar a nuestros compatriotas.

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