La columna del Director

EL ESPEJO NEGRO DE CASTILLO

Por: Luciano Revoredo

Los espejos siempre han sido objetos que han ejercido cierta fascinación. Presentes en diversas culturas como objetos mágicos y siempre asociados en la literatura a momentos extraordinarios. Los espejos negros son maléficos, reflejan lo que nadie quisiera ver. Los noticiarios peruanos se han convertido en nuestros espejos negros.

En tiempos modernos sin duda esos espejos pueden ser también esas pantallas omnipresentes en nuestras vidas. Por eso llamaron Black Mirror a la serie televisiva distópica de Netflix. En el primer capítulo de la misma, una imaginaria princesa Susannah es secuestrada por un psicópata que exige, que el primer ministro británico tenga relaciones sexuales con un cerdo y que este acto aberrante se transmita por televisión  en vivo, como requisito para liberar a su víctima. Esta situación pone a la sociedad en vilo.

Esta idea de someter a alguien o secuestrarlo y usar este delito para transmitir hechos o ideas por los medios televisivos no es nueva. Muchos secuestrados por las FARC en Colombia fueron usados de esta forma.

La idea del terrorismo es precisamente esa. Generar terror a través de la difusión de ciertos actos. Si alguien comete un crimen y nadie se entera no hay terror. La captura permanente o temporal de los medios para difundir mensajes de cualquier índole mediante la toma de rehenes califica como terrorismo.

Lo sucedido con el reportero de América Televisión, secuestrado por integrantes de las rondas campesinas del distrito de Chadín, en Chota y obligado a leer un texto, es un acto evidente de terrorismo que debe ser sancionado de inmediato.

Hace tiempo que las rondas campesinas han sido desnaturalizadas y lo que corresponde es su extinción. No cabe en una sociedad que aspira a la modernidad que haya sujetos armados, que, a la usanza de pequeños ayatolas de barro, pretendan resolver incluso problemas domésticos a chicotazos. No cabe que se les quiera conferir el uso de armas de fuego como una facultad inherente a su tradición cultural. No cabe que se les haya politizado y ahora se conviertan en terroristas, delincuentes y secuestradores al servicio de la banda delincuencial que nos gobierna o de los traficantes de amapola de la región Cajamarca.

No faltarán quienes traten de argumentar que estamos ante usos culturales ancestrales y derecho consuetudinario. Pues habrá que advertirles que la libertad y el derecho a la vida están por encima de cualquier uso ancestral.

Al mostrarse en televisión la lectura del texto de los terroristas de Chota tratando de negar una realidad que todos hemos visto como real. Pedro Castillo se vio en su espejo negro. Entramos a la recta final.

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