
Por: Alfonso Chunga Ramírez
El Doctor Popelín me ha ofrecido un servicio sugerente: Extiende hoy, donde estoy y como estoy, mi certificado de defunción y me entrega el sello para que a quien le toque tramitar las pompas fúnebres, le ponga la fecha.
Ya estamos en edad de haber pasado por el trance de buscar médico que certifique el deceso de un causante. En una hora de lo más incómoda siempre. Sea de noche o de medianoche, conseguir la papelería para disponer de un ultimado, puede ser la mar de complicado, o el océano de aburrido.
El novedoso servicio nos permite aliviar de esta penuria a los deudos.
Además, uno puede escoger la causa del deceso. Nada de neumonías sospechosas, ni bien merecidas cirrosis. Puedes escoger entre el siempre categórico infarto al pericardio, morir de una poética pena blu blu blu; o crimen pasional cometido por sicaria colombiana de 28 años y geometrías euclidianas.
El lugar del deceso es de principal importancia en la composición del documento. Excluidas las bancas del parque y las clínicas que en lugar de suero te matan con líquido de frenos; menos aún eso de no despertarse en el asilo. La previsora iniciativa de Popelín te permite escoger entre morir en la playa tomando sol, en la fiesta del perol de punta en blanco, o, si quieres incomodar a tus herederos, morirte en Huarón y trepen cinco mil metros para tramitar la Sucesión Intestada.
Un buen certificado de defunción te abre las puertas del cementerio e inspirador acicate para una lápida conmovedora.






Infarto de pericardio, je. Creo que es imposible tal muerte, tal vez sea pericarditis constrictiva.