Iglesia y sociedad

AGRADECER A DIOS POR LA PANDEMIA

Por: Manuel Castañeda Jiménez

Se cuenta que cierta vez que caminaba Santa Teresa de Ávila acompañando a Jesucristo en privilegiada conversación, de pronto el Señor le pegó un empujón con cierta fuerza que hizo que ella cayera al piso. “Por qué me pegas” le reclamó la santa. “Así trato a mis amigos” le respondió Jesús. “¡Con razón tienes tan pocos!” le replicó Teresa con ese desenfado español tan encantador y característico de la confianza que el español de entonces tenía en Dios.

Y es que, forma parte de la formación cristiana el aceptar que las probaciones que tenemos en esta tierra de exilio nos las permite Dios para forjar en nosotros templanza en el alma, paciencia para soportar los vaivenes del destino, fortaleza para aprender a afrontar la adversidad, y finalmente permitir que acrecentemos nuestra fe en Él, sabiendo que, aunque debamos actuar en este mundo como si todo dependiera de nosotros, finalmente debemos admitir que todo depende de Él, de su Providencia divina. Y de ahí, decorrerán las demás virtudes que nos impulsarán hacia una bendita eternidad.

Desde que apareció el coronavirus de marras, nos hemos esforzado la gran mayoría por cuidarnos y muchos por rezar para que termine pronto. Rogativas públicas ha hecho el mismo Santo Padre Francisco, el “Dulce Cristo en la Tierra” como llamamos los cristianos católicos a nuestro Sumo Pontífice, en quien vemos al Vicario de Cristo, una especie de apoderado de Jesús. Y, ciertamente, Francisco, a todos consta, hace esfuerzos enormes para mostrar esa dulzura propia del Señor, que dijo de sí mismo que no había venido a condenar a nadie sino para la salvación de todos. Es verdad que algunas veces el Papa, más allá de las mil actitudes y dichos que le atribuyen falsamente, se ha colocado en las fronteras doctrinales, pero quizás eso mismo tiene el efecto de un zamacón que ayuda al pensar y ajustar la aproximación a los problemas contemporáneos, sobre todo con la actitud de caridad y amor al prójimo que seguramente tendría el mismo Cristo de estar nuevamente presente entre los hombres en esta época y en este espacio. En fin, confiamos en que el Espíritu Santo lo ilumine para que no suceda que por estar en las fronteras, acabe el Santo Padre pasando sin querer al otro lado. Por algo, él mismo pide siempre que se rece por él.

En todo caso, uno no puede sino haber quedado conmovido al ver a ese hombre anciano –después de todo, es también un ser humano lleno de sentimientos, anhelos, ilusiones y pesares– subir en una soledad abrumadora, las escaleras de San Pedro para postrarse ante el Santísimo Sacramento y orar por el fin de la pandemia para luego conceder una bendición especial al mundo entero con la Sagrada Forma. Aquel hecho quedará grabado en la historia con letras de oro, pues fue evidente el dolor del Papa por la situación que atraviesa el mundo. Como debe seguir siendo doloroso para él saber casi todos los días que en uno u otro lugar, enferma o fallece un sacerdote, una monja o un alma consagrada, como consecuencia de la enfermedad. Pareciera que el simbolismo del tercer secreto revelado de Fátima se estuviera tornando real, viendo al “obispo vestido de blanco” en lo alto de una colina, que observa como mueren a su alrededor seglares y miembros del clero, sin que pueda hacer nada para remediarlo, mientras un ángel exclama “Penitencia, penitencia”.

Jamás hubiera podido imaginar el Papa Francisco que le tocaría semejante situación durante su pontificado. Con las iglesias cerradas en gran parte del mundo, los sacerdotes dificultados para administrar los sacramentos, los fieles muriendo sin recibir el último consuelo que los ayude a atravesar con entusiasmo el umbral de la muerte para precipitarse con confianza en los brazos del Señor Dios, los niños falleciendo tal vez sin bautizar, y la angustia en tanta gente que no ve un horizonte favorable sino lleno de brumas delante suyo.

Ahora bien, pienso que hay algo que está faltando en todo esto de parte del clero y de los fieles católicos sobre todo. Primeramente, que estamos olvidando que todos los males que sobrevienen al mundo, son consecuencia del pecado. Si no del pecado actual, del pecado original finalmente. Y por ese motivo, la Iglesia nos enseña que es deber de todo buen cristiano hacer penitencia (por algo, en el simbolismo del tercer secreto de Fátima, un ángel recorre el cielo clamando por ella). Y por eso, no solamente corresponde rezar por el fin de la pandemia, sino también pedir perdón a Dios por nuestras faltas, por lo poco o mucho que hayamos contribuido, por acción u omisión, a que este mundo, nuestra sociedad humana, no sea cada vez mejor; por lo poco o mucho que nos hayamos apartado del camino que Él nos trazó y de todas las facilidades que nos dio para que vayamos con seguridad hacia el Cielo.

La Providencia suscita constantemente, almas santas que, respondiendo al llamado de Dios, van orientando y señalando caminos o proveyendo elementos que ayudan al derrotero de los seres humanos para que no se extravíen. Por algo, pues, suscitó a Santa Faustina Kowalska que compuso la coronilla al Señor de la Misericordia, rezo que gira precisamente en el pedido de perdón a Dios en reparación de nuestros pecados. Claro, que ello debe ir acompañado también de obras de penitencia y de caridad cristiana para que no resulte en una mera actitud cómoda  como si bastase rezar para cumplir el deber del cristiano.

Así pues, si se quiere acabar con la pandemia, es necesario que el clero invite a los fieles a hacer penitencia. No basta con que se hagan esfuerzos por conseguir oxígeno, o rezar por las almas de los fallecidos. Todo eso está bien. Pero es preciso que se señale con claridad que los males son siempre consecuencia del pecado, como lo es la muerte. Dios quiere que todos los hombres se salven, pero el hombre tiene también que hacer lo suyo, esforzarse por los demás y saber aceptar con humildad las propias faltas, lo cual implica hacer actos de penitencia como nos han dado ejemplo todos los santos que han poblado este mundo en todos los siglos. Gran misión que debieran tener en cuenta nuestros obispos y clero en general.

Por otra parte, hay otro aspecto que se está también olvidando en esta pandemia. Y es el agradecimiento a Dios por haberla permitido. Sí, parece un sinsentido plantear rezar porque termine, hacer penitencia reparadora y además agradecer que exista. Pero es que no hay que olvidar que el Señor saca de todo mal un bien. Que de toda situación de desventaja hay que buscar el lado ventajoso, y que cada dificultad es una oportunidad. Del mismo modo, es preciso tener en cuenta que esta pandemia de la COVID-19 nos ha colocado a TODOS en el planeta Tierra, en peligro de muerte. Desde el Papa, hasta el último cristiano perdido en la selva africana o amazónica, alejado del resto de la civilización. Desde el Presidente de Estados Unidos, la nación más poderosa del mundo, hasta la familia más pobre de nuestras serranías, sin luz, sin agua, viviendo con las justas, soportando las heladas y debiendo afrontar la desnutrición, la falta de calzado adecuado, y ni qué decir de la ausencia de todos los beneficios y ayudas que el mundo contemporáneo ofrece y que violenta el alma pensar que estando en el siglo XXI todavía tengamos gente viviendo en pobreza extrema.

La COVID-19 no distingue el grande del pequeño, el rico del pobre, el joven o el anciano, ni sabe de colores de piel. Y así, todos nos encontramos en riesgo de contagio, sin saber cómo reaccionará nuestro organismo y si sobreviviremos, por tanto, a la enfermedad cuando nos ataque. Esa es la cruda realidad de esta enfermedad, que nos coloca frente a la posibilidad de morir. Y, de hecho, no está faltando que vayamos conociendo que tal o cual persona conocida o un ser querido ha fallecido a causa de la enfermedad. Entonces, eso debiera llevar a todos a pensar que se trata también de una oportunidad que Dios le está dando a cada persona, de la religión que fuese, para que considere la posibilidad de perder la existencia terrenal en el corto o mediano plazo. Y, en consecuencia, cada persona debiera hacer un examen de conciencia sobre su vida, antes de que la eventual precipitación de la enfermedad no se lo permita. En otros términos, es una oportunidad de oro para procurar ponerse bien con Dios y, de ser el caso, enmendar nuestra vida. Resulta una locura que estándose enfrentando semejante situación, haya todavía quienes llevados por la ambición o por malos sentimientos, esquilmen a sus semejantes, humillen a otros, actúen con envidia, roben al pobre -o al rico-, o, como hemos visto, amañen compras para presumiblemente ganarse un porcentaje ilícito, arriesgando además vidas ajenas. ¿Qué creerán?, me pregunto, ¿será que al igual que Tutankamón, piensan que sus fortunas, sus oros y sus joyas se las llevarán al otro mundo? ¡Locura!  No hay otra expresión que les quepa. Pueden morir en poco tiempo, y ni por esas enmiendan rumbos.

Más bien, habría que pensar en la anécdota de Santa Teresa relatada al comienzo de este artículo, y considerar que este trabajo que nos ha sido dado, de afrontar esta pandemia tan peligrosa, es similar al empujón a la santa, un golpe del Cielo porque Dios está diciéndonos que quiere que todos seamos sus amigos. Que depongamos actitudes incorrectas, que emendemos nuestras vidas y nos esforcemos por cumplir sus mandados. Que seamos solidarios con nuestros semejantes, que desterremos el odio, la envidia, la frialdad hacia las cosas espirituales. Nótese que la pandemia ha traído también que muchas personas que antes no rezaban, recen ahora por medio de las plataformas tecnológicas, o se junten en sus casas a rezar en familia. Que se reúnan los amigos, así sea de forma virtual, anhelando darse un abrazo y por ende, permitiendo el surgimiento de mil sentimientos buenos; incluso el de cuidar a los demás cuidándose a sí mismo. Así como el estupendo sentimiento de anhelar la reapertura de los templos y la recuperación de la Santa Misa.

Pienso que nuestros obispos y clero tienen en todo esto una gran tarea por hacer e instruir y orientar al pueblo. Sus esfuerzos no pueden centrarse solamente –aunque sea algo de por sí digno de aplauso– en proveer de alimentos o de oxígeno a quienes lo necesitan, que también el alimento espiritual es necesario, y es más importante que el alimento material. Los católicos, más que nunca, están llamados a ser virtuosos. Si lo hacemos, con seguridad el amor de Dios inundará la tierra.

No sabemos todo lo que nos traerá esta pandemia de la COVID-19. Muchas cosas ya están cambiando en el mundo. Esperemos que todo sea finalmente para bien. Dependerá de cada uno hacer lo suyo y procurar llevar una rectitud de vida. Quiera Dios que cada vez se susciten más buenos sentimientos a partir de esta tragedia que vivimos. Ojalá que no sólo los católicos retornemos a la espiritualidad y espíritu de caridad y de apostolado que muchos de los nuestros han perdido, sino que también nuestros demás hermanos de diversas confesiones cristianas, que sufren igual que todos los efectos de esta devastadora enfermedad, dejen de lado muchas aprensiones que tienen hacia los católicos y la Iglesia, y pueda el Papa Francisco, una vez bajo control la pandemia, realizar una gran convocatoria a un Concilio general en pro de la unidad cristiana. Ése es realmente el gran reto de nuestro siglo, el gran reto de la Iglesia y de los cristianos. El que más esfuerzo debiera reunir para que volvamos a ser uno en Cristo. De ese modo, y a pesar de la pandemia, se habrá cumplido en gran medida la promesa que la Santísima Virgen hiciera en Fátima cuando prometió que por fin, Su Corazón Inmaculado triunfará.

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