Política

CAVIARES, COLORES Y POSTURAS POLÍTICAS

Por: Tirso Bahamonde

El término caviar designa, en su sentido primero, las hueveras o huevas de pescado. Pero, como la lengua está en perpetuo movimiento, la palabra ‘caviar’ pasó a nombrar primero una y luego otras posturas o actitudes políticas. Hoy constituye toda una taxonomía, esto es, una clasificación, categorización o sistematización de posiciones políticas, ordenada según los matices de los colores de los caviares.

El uso político de caviar, según se tiene noticia, nace en Francia con la expresión “gauche caviar” —izquierda caviar—, popularizada en los años ochenta para burlarse de o denunciar a quienes defendían causas de izquierda mientras llevaban una vida acomodada, lujosa, elegante y hasta refinada. Equivaldría a aquello que antes se decia de los “revolucionarios de whisky”: la boca proclama la lucha de clases mientras la mano sostiene la copa.

Antes de consolidarse como fórmula política, la expresión “gauche caviar” ya circulaba en el lenguaje periodístico francés, y terminó asociándose con el socialismo, en sus varias vertientes, y el marxismo blando de la era de François Mitterrand, presidente de la República entre 1981 y 1995, cuya llegada al Elíseo bajo el estandarte socialista convivió pronto con los salones, los gustos exquisitos y el poder bien instalado de una élite que decía hablar en nombre de los humildes.

En ese punto aparece también el llamado caviar rouge (rojo), entendido más como una imagen que como un producto gastronómico: el rojo o rojizo de las huevas de salmón o trucha se volvió metáfora de la izquierda ideológica, del marxismo y de sus derivaciones más recientes, incluidas las corrientes de la corrección politica y las woke. Tuvo gran fortuna la expresión.

A partir de ahí, la paleta política se amplió como un código de colores que permite nombrar posturas, estilos y contradicciones. Por eso cabe hablar de una taxonomía.

Rojo, amarillo, y dorado

El rojo remite al marxismo —o a los marxismos, pues son muchos y variados— y a la retórica del conflicto social y la violencia.

Los tonos rojizos más bajos señalan formas derivadas, más difusas y oportunistas, del mismo impulso político. Los marxismos son las múltiples ramas de un mismo árbol plantado en el siglo XIX por la pareja de amigos Karl Marx y Friedrich Engels, cuyas raíces se hunden en la ideología materialista y cuyas hojas se agitan con vientos muy distintos según la tierra donde crecieron: el bolchevismo de Lenin y su dictadura, el troskismo con su revolución universal, el brutal y macabro estalinismo, el humanismo melancólico de Gramsci escribiendo sobre el dominio cultural, el maoismo y su reguero de muertos, el demecial polpotismo, la dinastia hereditaria Kim, el Castrismo, la filosofía negativa de la Escuela de Frankfurt que vio en la razón instrumental una nueva forma de dominio, el estructuralismo de Althusser que quiso despojar al pensamiento de Marx de todo rastro de sentimiento, la evoluciones hibridas del otrora maoismo campesino, la teología marxista de la liberación latinoamericana con su minimalismo de la fe o los marxismos analíticos, feministas y ecológicos de nuestros días. Hablar de marxismos en plural es reconocer que aquella idea decimononica, inspirada por la masonería ilustrado francesa, nunca fue un dogma cerrado sino una partitura interpretada por innumerables orquestas, a veces en armonía y con frecuencia en abierta disonancia, cada una convencida de tocar la melodía verdadera mientras acusaba a las otras de desviación o traición.

El amarillo, el naranja y el dorado pálido, cromaticamente vecino y mezcla, representan el giro, el oportunismo pragmático, la adaptación de los principios, la mentira política, y la farsa como actitud, y la traición.

Conviene detenerse, un momento, en la noción de pragmatismo, porque es la clave de esta gama cromática de caviares. Como corriente filosófica, nacida en el mundo anglosajón del siglo XIX, el pragmatismo sostiene que el valor de una idea se mide por sus consecuencias prácticas: es verdadero lo que funciona, lo que resulta útil. Trasladado a la política, este criterio sufre una degradación: ya no se pregunta si una idea es verdadera o justa o sirve al pueblo, sino si conviene, si rinde votos, si abre puertas, si llena las propias arcas. El principio deja de ser brújula con norte y se convierte en mercancía negociable. Así, el pragmático político no traiciona sus convicciones de una vez, sino por entregas, adaptándolas al viento dominante hasta que ya no queda nada que traicionar. El dorado pálido es precisamente ese oro desvaído: brillo sin sustancia, promesa sin compromiso.

Esta gama sugiere una izquierda blanda o un supuesto centro sin verdadera guía ni norte, que se desplaza desde la consigna ideológica hacia la conveniencia pragmática y au oportunismo.

Verde: El verde oliva o verdoso se asocia con el ecologismo radical y el animalismo doctrinario. Expresa la tendencia a poner la naturaleza animal y vegetal por encima de la persona humana.

En política simboliza una sensiblería pseudomoralizante, muchas veces fuertemente militante, que va del pacifismo ingenuo a la opuesta violencia justiciera.

Negro: El negro, ligado al caviar más oscuro, representa el liberalismo llevado al extremo del capitalismo salvaje. Es tan peligroso como el rojo para la salud del pueblo.

Evoca dureza económica, competencia sin freno y prioridad absoluta del mercado y de la utilidad económica por encima de todo y todos. Esta última es el valor al que se somete —sutil o violentamente— todo lo demás. Es el color de una pseudo eficiencia sin ética ni corrección social ni responsabilidad humana.

Este liberalismo y capitalismo sin alma ha sido condenado con firmeza por la Doctrina Social de la Iglesia. Desde que León XIII, en Rerum Novarum (1891), denunció la condición de los obreros entregados «a la inhumanidad de los empresarios y a la desenfrenada codicia de los competidores», pasando por Pío XI, que en Quadragesimo Anno (1931) advirtió contra la «dictadura económica» de quienes dominan el dinero, hasta Juan Pablo II, que en Centesimus Annus (1991) rechazó un capitalismo que no esté «encuadrado en un sólido contexto jurídico» al servicio de la libertad humana integral, el magisterio ha sostenido que la economía debe servir a la persona y no la persona a la economía. Benedicto XVI critico la “tolerancia sin verdad” y el totalitarismo relativista.

A este capitalismo negro hay que añadirle la usura, su compañera natural: el préstamo que exprime, el interés que devora a cuantos puede, la deuda que esclaviza. La Iglesia católica la ha condenado a lo largo de toda su historia. Ya el Concilio de Nicea (325) la prohibió a los clérigos; el III Concilio de Letrán (1179) negó sepultura cristiana a los usureros impenitentes; el Concilio de Vienne (1311-1312) llegó a declarar herética la afirmación de que la usura no es pecado. Santo Tomás de Aquino la juzgó intrínsecamente injusta, por cobrar lo que no existe, y Benedicto XIV, en la encíclica Vix Pervenit (1745), reafirmó solemnemente la condena. El caviar negro, pues, no solo carece de ética e idolatra al poderoso caballero don Dinero: carga con una reprobación que atraviesa casi dos mil años de doctrina social de la Iglesia.

Gris: El caviar gris es el más refinado, y también tiene sus tonos. Desdee el Beluga, suave y cremoso. El se identifican con las derechas.

Simbolizan los grises principios, valores, orden, jerarquía y servicio. Incluyen a la derecha dura en su tono más marcadamente grisáceo oscuro, brillante, conocido como Kaluga. Y hasta la derecha blanda, diluida, más de formas que de contenidos.

Frente a los colores de la ruptura o del oportunismo, el gris representa continuidad, disciplina y estructura.

En conjunto, esta historia de colores convierte al ‘caviar’ en una metáfora política: el rojo nace como emblema ideológico; el amarillo, el naranja y el dorado marcan la mutación oportunista; el verde expresa el radicalismo ambiental; el negro, la dureza del mercado y la usura que lo acompaña; y el gris, formas, orden y jerarquía.

Dejar una respuesta