La columna del Director

HOMBRES O BESTIAS: LA INGENIERÍA SOCIAL DETRÁS DEL FENÓMENO THERIAN.

Por: Luciano Revoredo

El fenómeno de los therians no es una anécdota de adolescentes confundidos; es la punta de lanza de un experimento de ingeniería social que pretende demoler la noción misma de humanidad. Lo que comienza con un joven exigiendo ser reconocido como un lobo o un perro es el síntoma de una metástasis cultural bautizada como “identidad autodeterminada”. Bajo este paraguas, la biología se vuelve opinión y el sentido común, “discurso de odio”. Este es el prólogo para la desarticulación del individuo como ser racional, convirtiéndolo en una masa de pulsiones moldeable por agendas globales.

Si aceptamos que un ser humano puede renunciar a su especie por decreto de la voluntad, no queda nada en pie. El progresismo radical entiende que para destruir las estructuras de la civilización es decir la familia, la nación y la libertad, primero debe destruir al sujeto. Al validar la licantropía clínica (un trastorno psiquiátrico que consiste en creerse animal) como “neurodivergencia”, se condena a la persona a un aislamiento perpetuo en su propia fantasía. Ya no hay pacientes que tratar, sino “identidades” que celebrar.

Esta fragmentación ocurre en simbiosis con políticas de control social promovidas desde el poder global. Al desdibujar la frontera entre lo humano y lo animal, se ataca el núcleo de la familia tradicional. Una sociedad que no sabe si es humana es incapaz de reproducirse o defender sus valores frente a un Estado omnipotente.

La transcapacidad otro delirio en el que  personas sanas exigen ser amputadas, porque por ejemplo perciben que un brazo les sobra, es el punto final de esta pendiente: el cuerpo humano tratado como plastilina desechable al servicio de deseos financiados por el contribuyente y manejados pop ruina burocracia al servicio de los espejismos progresistas.

Entonces, la aparente “estupidez progre” es, en realidad, una herramienta de demolición. Al promover la atomización del ser, se asegura que el individuo no tenga raíces desde donde cuestionar el poder. Los therians son peones de una partida donde la dignidad humana es el precio de una supuesta inclusión que solo genera esclavitud de los sentidos. El ser humano queda reducido a una unidad de consumo dócil, pastoreado por una élite que mantiene para sí el control de la realidad.

Esta arquitectura ya saltó a las aulas. En Occidente, protocolos de “afirmación de identidad” obligan a docentes a validar autopercepciones disparatadas bajo amenaza de sanción. Al introducir “especies fluidas” en las escuelas, se quiebra la psique de las nuevas generaciones. Si un niño cree que su esencia es animal y que su compañero de carpeta es un gato, la autoridad de los padres para orientarlos a la realidad es sustituida por la tutela de un Estado que celebra la alienación.

Organismos internacionales buscan codificar este supuesto derecho por encima de los hechos científicos, diseñando una sociedad de individuos fragmentados que dependen de una burocracia para definir quiénes son.

Frente a esta ofensiva, la única respuesta es una resistencia cultural innegociable. Defender que un hombre es un hombre y que nuestra especie posee una dignidad intrínseca es hoy el acto más revolucionario. La estrategia progresista es agotarnos mediante el absurdo para que cedamos el control de hogares y aulas. Recuperar el sentido común es el primer paso para reconstruir la civilización.

Debemos proteger la integridad mental de las nuevas generaciones frente a los mercaderes de la confusión. La familia tradicional, transmisora de la verdad biológica, es el último bastión contra la reducción del hombre a una unidad trans-especie sin pasado ni futuro.

Es hora de volver a los fundamentos: razón, naturaleza y libertad. Al final, el lobo y demás bestias de cartón se desvanecerán ante la realidad. Solo hace falta salir al frente con la espada de la verdad y el escudo del sentido común.

Dejar una respuesta