La columna del Director

ACHO CUMPLE 260 AÑOS

Por: Luciano Revoredo

La Plaza de Toros de Acho cumple hoy 260 años y debemos pensar en ella no únicamente como un edificio antiguo o patrimonial, sino como un proceso histórico continuo, estrechamente ligado a la evolución de Lima, del Perú y de la tauromaquia.

Porque conviene decirlo, Acho no es solamente una plaza antigua, ni siquiera solo la más antigua de América.

Acho es, en sentido estricto, una plaza de frontera histórica y cultural.

Frontera entre el mundo virreinal y el mundo republicano.

Frontera entre la tauromaquia peninsular y una tauromaquia criolla, americana, con rasgos propios.

Y frontera, también, entre el espectáculo popular y el rito cultural.

Ricardo Palma, en sus Tradiciones peruanas, entendió muy bien que la fiesta de toros en Lima fue, desde el siglo XVI en adelante , un lenguaje político, social y simbólico. Se toreaba para celebrar fundaciones, victorias, santos, virreyes y libertadores. El toro estaba presente antes que Acho, pero Acho fija, ordena y monumentaliza esa tradición dispersa.

Cuando Agustín Hipólito de Landaburu impulsa la construcción de una plaza fija en 1766, no está resolviendo solo un problema práctico. Está dando un paso decisivo en la historia urbana de Lima. Está diciendo que la tauromaquia merece permanencia, arquitectura e institucionalidad.

En ese sentido, Acho cumple en América un rol comparable al de plazas como Béjar, o incluso la Real Maestranza de Sevilla, con una diferencia esencial. Mientras muchas plazas europeas nacen vinculadas a corporaciones nobiliarias o maestranzas militares, Acho nace de una alianza singular entre iniciativa privada, poder virreinal y afición popular.

Eso explica su carácter profundamente ciudadano.

La tauromaquia practicada en Acho no fue una mera copia de la española. En el Perú se desarrollaron suertes propias, hoy casi olvidadas, pero fundamentales para entender la originalidad de nuestra tradición taurina.

Todo ello configura una tauromaquia más ruda, más física, más ligada al mundo ecuestre y al campo americano. No es casual que figuras como el Indio Zevallos llevaran estas prácticas a España, ni que Goya las registrara en su obra. Aquí no hablamos solo de influencia europea sobre América, sino de un diálogo en doble sentido.

Acho fue, durante décadas, un verdadero laboratorio taurino.

La historia del templador en el centro del ruedo es una prueba elocuente. No se trata de una curiosidad pintoresca, sino de la adaptación del espacio a las condiciones reales de la lidia. El cuerpo del torero, la velocidad del toro, la necesidad de refugio, todo ello modeló la arquitectura.

Cuando el templador se retira en 1907, no se elimina un obstáculo, se consagra una nueva concepción del toreo. El dominio de los medios, la faena entendida como construcción estética. Es el mismo momento histórico que en Europa consagra a Belmonte y Joselito.

No es casual, entonces, que los grandes nombres del toreo universal estén presentes en el Museo Taurino de Acho. No como reliquias importadas, sino como parte de una historia compartida, en la que Lima no fue periferia, sino escenario.

Si comparamos Acho con otras plazas del mundo, su singularidad se hace aún más evidente.

La Maestranza de Sevilla es íntima y cerrada.

Las Ventas de Madrid es monumental y racional, hija del siglo XX.

Acho, en cambio, conserva algo arcaico, casi primigenio. Se parece más a las plazas históricas castellanas que a los grandes cosos modernos.

Eso no es una debilidad. Es su identidad.

Acho no es solo pasado. Acho es presente. Y debe seguir siendo futuro.

No es únicamente plaza de toros, es escenario cultural, espacio simbólico, archivo vivo. En Acho se ha toreado, se ha bailado marinera, se ha cantado, se ha hecho política y se ha celebrado.

El mayor riesgo que enfrenta hoy la Plaza de Acho no es la polémica, ni el cambio de sensibilidades, ni siquiera el debate taurino. El mayor riesgo es la desmemoria, la incapacidad de comprender lo que realmente representa.

Una plaza como Acho no se defiende solo con pasión.Se defiende con historia rigurosa, con investigación seria y con uso cultural inteligente.

Porque, en definitiva, Acho no es únicamente una plaza de toros.Es una parte de la memoria del Perú. Acho ha sobrevivido a virreyes y presidentes, a guerras, a terremotos, a modas culturales y a campañas de desprestigio. Ha sobrevivido porque nunca fue solo adobe y madera, sino costumbre, rito y afecto popular.

Y mientras sepamos leerla, entenderla y respetarla, seguirá teniendo vigencia

 

 

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