
Por: Luciano Revoredo
Gustavo Petro, el presidente colombiano que carga un historial deplorable de criminal y exguerrillero del M-19 y siempre desde su pequeñez tratando de ser provocador, ha vuelto a perder el control de sus delirantes emociones, al parecer sometidas a un bombardeo de alcohol y otras sustancias, para en X, acusar al Perú de “copar un territorio que es de Colombia” y violar el Protocolo de Río de Janeiro de 1934.
Esta declaración, tan grandilocuente como vacía, no solo carece de sustento histórico, jurídico o fáctico, sino que huele a maniobra política de un gobernante en apuros, desesperado por desviar la atención de su gobierno tambaleante.
El Perú no merece ni necesita soportar las bravatas de un político que parece más cómodo en el caos que en la diplomacia. La frontera entre Perú y Colombia en la región amazónica está claramente definida desde hace casi un siglo. El Tratado Salomón-Lozano de 1922 cedió el Trapecio Amazónico a Colombia, y tras el breve conflicto de 1932-1933, el Protocolo de Río de Janeiro selló la paz, ratificando la soberanía colombiana sobre Leticia y estableciendo los límites con precisión quirúrgica: el río Amazonas desde el Yavarí hasta la isla de San José, y luego al Putumayo.
Este acuerdo, firmado y respetado por ambos países durante 90 años, no deja lugar a dudas ni ambigüedades. ¿Qué territorio “copado” menciona Petro? Ninguno. No hay coordenadas, no hay pruebas, no hay nada más que su propia retórica.
Si Petro tiene un mapa donde probar que el Perú ha movido la frontera, que lo muestre. Mientras tanto, sus palabras son puro ruido. El Perú, un país que ha lidiado con sus propios desafíos sin necesidad de inventar conflictos externos, no ha dado un solo paso en territorio colombiano. No hay registros de incursiones militares, ocupaciones o violaciones del protocolo. Más bien, ambos países históricamente – cuando Colombia tuvo gobiernos decentes- han trabajado juntos resolviendo cualquier roce menor –como el narcotráfico o la tala ilegal– con diplomacia de adultos, no con pataletas públicas.
Petro, en cambio, parece disfrutar echando gasolina al fuego. No es la primera vez: recordemos que en 2023, el Congreso peruano lo declaró “persona non grata” tras sus insultos a la Policía Nacional del Perú, comparándola con “nazis”.
Ahora, con su aprobación en picada, escándalos permanentes y las acusaciones de financiación ilícita de su campaña, Petro recurre al truco más viejo del manual: señalar al vecino para tapar sus propios fracasos. Por otro lado, no podemos ignorar las sombras que lo persiguen. Columnistas como María Jimena Duzán han señalado sus “desapariciones” y rumores de problemas con el alcohol y otras sustancias.
No afirmamos nada, pero cuando un presidente se dedica a lanzar acusaciones sin pruebas, uno se pregunta si está gobernando desde la claridad o desde la bruma. Su decisión de trasladar la conmemoración del 7 de agosto a Leticia por la supuesta ocupación peruana, parece un intento teatral de posar como defensor de la soberanía, pero sin un conflicto real, es solo un espectáculo triste propio de un fracasado como él.
El Perú, ha respondido con la firmeza y la calma que Petro parece incapaz de emular. No hay violaciones, no hay ocupaciones, solo un país comprometido con la paz y la cooperación.
Si Petro quiere jugar a la geopolítica, que primero resuelva los problemas en su patio trasero: protestas, criminalidad y un gobierno que se desmorona.
Si quiere hablar de soberanía, que empiece por recuperar la suya propia. Si quiere hablar de “copamiento”, que mire su propio gobierno, donde la crisis parece haber tomado el control. El Perú no es su escenario, felizmente.






Lo que pasa es que Petro es un machista, que la ha emprendido contra el único país que tiene una presidente, pretende abusar de la única gobernante mujer de Sudamérica. No sé pudo aguantar.