Cultura

EDUQUEMOS LA INTELIGENCIA ESPIRITUAL

Por:  Jorge Pacheco Tejada*

El Proyecto Educativo Nacional, cuando se refiere al bienestar socioemocional de los alumnos, indica que la educación debe tomar en cuenta el desarrollo espiritual de los alumnos, debido a que es un aspecto indesligable para desarrollar todo nuestro potencial individual y colectivo.

No obstante, dentro de la sociedad plural en la que vivimos, se pretende dejar de lado la dimensión espiritual y quedarse solamente con la transmisión de saberes, preocupaciones racionales, técnicas, determinadas por la llamada “razón instrumental”. De esta manera los seres humanos se sienten como “amputados” de su esencia. Esta dolorosa constatación no sólo se da en la educación formal, sino que su descuido está presente en la propia familia.

Hoy se habla de la inteligencia espiritual como la capacidad para situarse frente a sí mismo, con respecto al cosmos y a los rasgos existenciales de la condición humana, tales como el significado de la vida, de la muerte, el destino final del mundo y la experiencia del amor al prójimo.

La inteligencia espiritual relaciona el espíritu y la materia, se ocupa de la trascendencia, de lo sagrado, de los comportamientos virtuosos: perdón, gratitud, humildad y compasión, de comprender que somos parte de un todo con el cual necesitamos estar en contacto.

¿Y qué ocurre cuando la inteligencia espiritual está atrofiada? Quizá la consecuencia más grave es el vacío existencial o carencia de sentido, que puede derivar en vandalismo, violencia, formas inadecuadas de evasión, conductas autodestructivas, adicciones, etc.

Si el intelecto se olvida de la compañía del espíritu, entonces las consecuencias son la degradación del medio ambiente, de las creencias, de la familia. Es decir, de aquello que más importa. Hoy, si en la educación descuidamos el cultivo y la importancia de la inteligencia espiritual corremos el riesgo de crear autómatas altamente capacitados.

Para cultivar la inteligencia espiritual se recomienda la práctica asidua de la soledad reflexiva que es un ámbito fundamental para plantearse preguntas importantes como la vocación, el proyecto de vida, mis temores y ansiedades, etc. Es una manera de ejercitarse en el filosofar.

Cuando uno filosofa, surgen los interrogantes y una comprensión más profunda de las cosas.  También se recomienda cultivar el asombro que es la experiencia de maravillarse, de pasmarse ante la realidad es propiamente humana, y puede ser provocada por la naturaleza, el arte, una composición musical, etc. Es la profundidad en la mirada, frente a la actitud muy extendido de la superficialidad.

También ayuda aprovechar la experiencia de fragilidad:  Una situación crítica, la enfermedad, la muerte cercana, despiertan la pregunta por el sentido y activan la inteligencia espiritual.

En la educación de nuestros hijos y de nuestros alumnos no descuidemos la formación de la inteligencia espiritual porque es garantía de la búsqueda del sentido. Ayuda a la autodeterminación, que tiene que ver con pensarse, con tomar decisiones importantes en la vida. Otro beneficio es que ayuda a mejorar la calidad de las relaciones porque ayuda a superar la mirada centrada en lo externo y superficial, busca lo esencial en las relaciones. Es, además, la base para una religiosidad madura.

Demos sentido y profundidad a la formación de nuestros hijos.

 

 

*Profesor Principal del Departamento de Educación de la Universidad Católica San Pablo

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