
Por: Steven W. Mosher
Mientras China despluma a su élite y los empuja al éxodo, los multimillonarios estadounidenses van a Beijing en busca de lograr favores del presidente Xi Jinping.
Se está produciendo un extraño patrón de tránsito en el Pacífico. En una dirección, desde China, se está produciendo un éxodo de individuos de “elevado valor” hacia lugares como Australia y Estados Unidos. Se calcula que 13,500 sólo en 2023. En la dirección contraria con destino Pekín, hay un flujo constante de multimillonarios como Elon Musk y Bill Gates.
Es fácil entender por qué los ricos huyen de China. El presidente Xi Jinping es un verdadero creyente en el comunismo, y el dictador chino ha estado acabando con la libre empresa allí, un multimillonario a la vez. La mujer más rica de China, Whitney Duan, fue retenida en su apartamento de Pekín por las fuerzas de seguridad en 2017. Literalmente, cientos de multimillonarios y directores ejecutivos chinos han sido encarcelados o ejecutados desde entonces. Y la cosa va para peor. A mediados de 2021, Xi anunció la Prosperidad Común, una campaña para reducir la desigualdad de ingresos. Los chinos saben, por triste experiencia, cómo funcionan realmente este tipo de campañas políticas: no importa si los pobres mejoran o no, sin duda el resultado será que muchos ricos desaparecerán. Es mejor trasladarse a Sídney o incluso a San Francisco, que enfrentarse a ese destino.
Pero, ¿por qué los magnates occidentales siguen peregrinando a China en las últimas semanas? Esto no es nada nuevo. Durante más de tres décadas el Partido Comunista ha estado seduciendo a directores ejecutivos occidentales con la ilusión de tener filas de clientes chinos tan largas que podrían dar la vuelta al globo. Pero finalmente nunca fue cierto. Incluso antes de la política del hijo único, la población china siempre fue finita. Igual de falsa es la idea de que China era un enorme mercado sin explotar para las manufacturas estadounidenses.
Efectivamente muchas empresas estadounidenses abrieron fábricas en China, pero muy pronto sus márgenes de utilidad desaparecieron. Los rivales subvencionados por el Estado empezaron a robarles su tecnología, mientras que los funcionarios corruptos empezaron a exigir sobornos. Las empresas extranjeras que obtuvieron beneficios se encontraron con otro obstáculo no menos importante: cómo sacar su dinero de China. El Partido Comunista Chino siempre ha insistido en que las utilidades obtenidas en China se queden en China, y ha aplicado estrictos controles de capital para mantenerlos allí. “No dejes que tu agua vaya a parar a campos ajenos”, como dice un popular refrán chino.
Ciertamente uno podría preguntarse, ¿por qué Elon Musk acaba de viajar a Pekín?, sabiendo que sus rivales chinos subvencionados por el Estado han estado copiando sus diseños, robando su software y hablando mal de sus vehículos eléctricos desde que abrió su fábrica de Tesla en Shanghái en 2019. El gobierno de Beijing incluso detuvo temporalmente sus planes de expansión a principios de este año porque Ucrania usaba Starlink la compañía de satélites de Musk. Y a pesar de todo ello, en abril pasado Tesla de Musk anunció la construcción de una nueva fábrica de paquetes de baterías, también en Shanghái.
La respuesta es simple. Porque Musk, uno de los principales empresarios de nuestra era, ha encontrado una solución parcial. La fábrica es el centro de exportación de Tesla, lo que significa que la mayor parte de los beneficios de la empresa se generan (y permanecen) fuera de China. Sin embargo, también está claro que Musk, como todos los capitalistas que han invertido en China, sabe que la inversión podría evaporarse de la noche a la mañana. Por eso no deja de elogiar a menudo a los dirigentes chinos e incluso ha pedido que Taiwán se convierta en una “zona administrativa especial” de China.
No cabe duda de que Musk acaba de engrosar la larga lista de actores políticos que complacen al Partido Comunista Chino, no por razones políticas sino por pura conveniencia económica.
Por muy defensor de la libertad de expresión que sea, Musk entiende que China juega con otras reglas. Jamie Dimon, director de JP Morgan Chase, también parece entenderlo. El mayor banco de Estados Unidos lleva mucho tiempo ayudando a financiar el ascenso de China como potencia mundial. Dimon estuvo en Shanghai el mes pasado para continuar con este esfuerzo. En lo que debió de ser música para los oídos de Pekín, Dimon se mostró contrario a la posible “disociación” de las economías codependientes de China y Estados Unidos. En su lugar, instó a centrarse en lo que denominó “reducción de riesgos” en la relación comercial.
“No se van a arreglar estas cosas si estamos sentados al otro lado del Pacífico gritándonos unos a otros, así que espero que tengamos un compromiso real”, dijo Dimon. Pero no se equivoquen: Cuando Dimon habla de “compromiso” y “reducción de riesgos”, no se refiere a cambiar las políticas agresivamente hostiles de Pekín hacia Estados Unidos, sino a que Estados Unidos haga concesiones a China, incluso en la pretensión china de someter a Taiwán. Luego está Bill Gates, que la semana pasada se dedicó a acercarse a los dictadores chinos.
Entiendo que Elon Musk quiere vender Teslas y Jamie Dimon quiere vender acciones y bonos, pero ¿qué estaba haciendo Bill Gates en China? No está ganando dinero, ya que su software ha sido mayoritariamente prohibido allí. De hecho, dejó el país más pobre, después de haber entregado 50 millones de dólares para un programa de investigación médica, y de haber conseguido poco más que un asiento en la fiesta del 70 cumpleaños de Xi Jinping.
Todos estos peregrinos políticos a Pekín comprenden que los dirigentes del Partido Comunista Chino defienden de la boca para afuera el libre comercio mientras que practican lo contrario. Entienden que China da la bienvenida a la inversión, pero no permite a los inversores repatriar sus beneficios. Entienden que las empresas chinas se establezcan en cualquier parte del mundo, pero que las empresas extranjeras se enfrentan a una dura existencia en la China totalitaria. Pero la mayoría de estos capitalistas están demasiado metidos que les es demasiado costoso retirarse ahora. Y por su parte el Partido Comunista Chino les permite y dosifica seguir obteniendo algunos beneficios.
Al mismo tiempo, los multimillonarios chinos que se trasladan a países democráticos no se desvinculan de China del todo. La mayoría de ellos siguen siendo propietarios de fábricas en China que producen bienes para exportación. Pero están “reduciendo los riesgos” de una forma muy práctica, poniendo al menos parte de su patrimonio neto -y de sus seres queridos- fuera del alcance de los rapaces funcionarios comunistas. Estados Unidos debería aprender de ellos y poner a todo su país fuera del alcance de esos mismos funcionarios desvinculándose mismo.
Cualquier multimillonario que ya ganó una fortuna en Estados Unidos y luego haya apoyado a la dictadura totalitaria de China, debería hacer un serio examen de conciencia empezando por cancelar su próximo vuelo a Pekín.





