Cultura

LA TAREA DEL EDUCADOR

Por: Pierina Pacheco Leyton*

La vocación de maestros es una responsabilidad. Puede nacer temprano, usualmente tras el ejemplo de alguien cercano que se ha dedicado a la educación, o más tarde, producto de una experiencia inesperada de encuentro con el otro, donde se descubre que “eso de enseñar” resultó más apasionante de lo que imaginó y desea continuar por esa senda. Sea cual fuere el caso, ser maestro implica hacerse responsable de ese llamado.

Es lamentable que la palabra se pueda desvirtuar tan fácilmente en boca de quienes usan lo de “maestro” para referirse a quien realiza cualquier actividad o encargo – incluso con fines políticos- y no para hablar de servicio, compromiso, aptitud, determinación, formación y tantas otras cualidades intelectuales y sociales que definen a quien opta por ser educador. Pero no son solo las habilidades de esa índole las que determinan el llamado a la docencia y allí precisamente entra el hacerse responsable de su rol como educador: Cuán necesario es transmitir testimonialmente que ser maestros es ser personas íntegras, conscientes del tiempo y lugar que les rodea, atentos a la realidad de cada estudiante con mirada de esperanza y caridad.

La esperanza nos mueve a buscar mejores caminos para enseñar y aprender. Nos alienta a mantenernos firmes en el deseo de darle a cada estudiante la posibilidad de ser su mejor versión, de encontrarse a sí mismos y saberse capaces de grandes cosas.

La caridad es la condición sine qua non para educar: no se puede transformar la vida del otro si no hay un acto de entrega desde el corazón. Simonne Nicolas asegura que educar implica conducir al otro a su máximo grado de lucidez, verdad, autonomía y libertad, y que, por tanto, al tratarse de seres libres y conscientes, se les debe encaminar hacia bienes espirituales que ellos mismos sean capaces de elegir. Por ello educar es una obra de amor, de caridad.

Educar personaliza y humaniza. Hace al ser humano consciente de sí mismo en su proceso de crecimiento y perfeccionamiento. Le hace entenderse individual y colectivamente, como un ser único, original, que forma parte de una comunidad y que crece en comunidad. Toda tarea, toda planificación y ejecución, toda reflexión curricular debe aterrizar ineludiblemente en el ser del otro, donde lo importante es su formación y no solamente su instrucción. El educador debe encontrar los medios para llegar a los verdaderos fines y no quedarse en recetas simplistas para lo puramente cuantificable y aunque la tarea es agotadora, su vocación le provee de la fuerza que necesita para el día a día, porque es diaria esa misión.

Cómo no afirmar entonces que el educador tiene una enorme responsabilidad que asumir. No se trata de un encargo que se lleva por horas, durante la jornada, sino que es un modo de vida, un testimonio, como diría San Pablo, a tiempo y a destiempo. Pero más aún, el educador tiene en sus manos una tarea fascinante: ayudar a que la persona, desplegando su ser, sea quien realmente es y halle, por fin, su propia voz.

 

*Maestra en Administración de la Educación – Docente de Historia de la Educación y Filosofía de la Educación. de la Universidad Católica San Pablo.

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