Internacional

UN MUNDO FELIZ

Por: Pedro Luis Llera

Imagínense una raza de seres humanos que se creyeran dioses, seres superiores, élites. Imagínense que esa minoría plutocrática mirase por encima del hombro al resto de la humanidad, a la que considerara inferior y a la que ven como una masa de necios que ni piensan ni quieren pensar; animales que solo quieren satisfacer sus bajas pasiones: comer, beber, tener sexo a mansalva… Son seres humanos que nada bueno aportan, salvo su mano de obra, cada vez más innecesaria, gracias a los avances de la técnica y la robótica. Pero esa gentuza deja una huella de carbono horrorosa: son como una mancha de petróleo que todo lo ensucia. Esa masa consume recursos naturales hasta el punto de amenazar la vida en el planeta. Si fuéramos menos, tocaríamos a más. Y podríamos vivir como dioses.

«¿Qué hacemos?», piensan los superhombres. «Ocho mil millones de seres humanos no pueden mantenerse durante mucho tiempo. Nuestro Planeta está en peligro por culpa del crecimiento demográfico insostenible. Los seres humanos son un virus para nuestra Madre Tierra. La están enfermando y no tenemos otro planeta donde vivir más que este.»

«¿Qué hacemos?» Los superhombres se reúnen en sus logias de poder oculto y deciden que sobran siete mil millones de seres humanos.

«Hay que reducir la población drásticamente. ¿Y qué podemos hacer? ¿Cómo hacemos para liquidar a tanta gente en el poco tiempo que nos queda para salvar al planeta y para salvarnos nosotros? Hagamos una lluvia de ideas:

Aborto libre, infanticidio, eutanasia, suicidios. Acabemos con la familia dividiendo y enfrentando mujeres contra hombres. Promocionemos a la mujer y evitemos que tengan hijos: que trabajen fuera de casa y se crean que quedarse en casa y tener hijos es algo medieval y atrasado: una forma de opresión del hombre sobre ellas para mantener el patriarcado y mantenerlas sojuzgadas. A más feminismo, menos hijos, menos familias. Que crean que realizarse consiste en tener una brillante carrera profesional y no en tener hijos y formar una familia. Sexo, sí. Pero hijos, no. Los hijos esclavizan, consumen; son un gasto insostenible de recursos naturales que son escasos.

Fomentemos las relaciones estériles: las homosexuales, las relaciones poliamorosas. Fomentemos la promiscuidad y digamos que el amor para toda la vida es imposible. Todo lo que vaya contra Dios será bueno, piensan los superhombres. Porque los superhombres, las élites solo odian a alguien más que al ser humano inferior, que es a Dios. Porque ellos quieren ser los creadores, quieren ser dios.

Pero reducir la población a base de abortos, eutanasias y anticonceptivos es demasiado lento. No sé si llegaremos a tiempo de salvar el planeta. Aceleremos el proceso:

Guerras, hambres, empobrecimiento de la población, promover el descontento social y causemos  revoluciones, enfrentemos nación contra nación.

Comencemos una guerra biológica global lanzando virus elaborados en laboratorios militares que vayan diezmando la población. Y digamos que esas epidemias globales son por culpa de la superpoblación y del cambio climáticos: que es la Tierra la que se rebela contra el hombre. La culpa es vuestra por existir y poner en peligro nuestra casa. Así que hay que mataros con pandemias globales cada vez más mortíferas: covid, viruela, hepatitis víricas mortales… Y lo que venga detrás. Se terminará una epidemia y vendrá otra peor. Y de paso, ponemos en marcha experimentos genéticos masivos para debilitar las defensas y permitir que otras epidemias posteriores maten cada vez a más gente.

Las epidemias globales diezmarán la población mundial. Pero no es suficiente. Provoquemos guerras. A ver si alguien empieza a lanzar bombas nucleares. Ese sería un medio mucho más efectivo y rápido de acabar con los siete mil millones que sobran. Sería la solución final.

Pero por si acaso no se acaban de decidir a lanzar bombas atómicas, empobrezcamos a la gente: quitémosles todo lo que tengan. ¿Cómo? Subamos los impuestos hasta lo insoportable, quitémosles las herencias, las casas… Que no tengan dinero ni para comer. Provoquemos una subida de precios que ahogue las economías domésticas. Esto provocará revoluciones, guerras, violencia, destrucción: más muertos. Provoquemos hambrunas a nivel global que maten de hambre a millones y millones de pobres que sobran y que, cuanto antes mueran, mejor. Que se suiciden cada día más y ayudémoslos a que se suiciden.

A esto lo llamaremos “política del triaje”: no todos pueden vivir sobre la tierra. Solo pueden vivir unos pocos. El resto, los más débiles, los inferiores, deben perecer y nosotros, los superiores, los superhombres, debemos ayudarlos a perecer.

Y cuando mueran los peor dotados, los degenerados, los inferiores, los tullidos, los estúpidos, los incultos, las masas de cretinos que comen, beben, follan y ven la televisión, por fin los superiores podremos vivir en un mundo sostenible. Crearemos nuestro Jardín del Edén, como hizo Dios al principio. Ahora lo haremos los hombres endiosados. Dios nos echó del Paraíso por nuestros pecados. Pues ahora, gracias a nuestros pecados, crearemos otro paraíso mejor que el de Dios. Y gozaremos de una vida regalada y gozosa, sin trabajar ni sufrir ni morir porque la ciencia logrará que seamos inmortales y solo muramos si nosotros queremos morir y viviremos más que Matusalén. Y por fin tendremos un mundo feliz.»

 

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