Internacional

FANATISMO DE COLECCIÓN

Por: Tomás  González Pondal

Recuerdo un cuadro en donde se ve a un hombre cruzando un mar por la noche. A lo lejos se ve una isla algo iluminada hacia donde rumbea el navegante. La pintura es más bien oscura. La escena me viene como anillo al dedo para desarrollar el punto principal de este breve escrito. Es sencillo: trata de que lo negro es negro.

Todo fanatismo se despliega partiendo de algo que conlleva una cuota de irracionalidad. Se suele relacionar fanatismo con el hecho de tener principios firmes, de modo que hay quienes creyéndose muy permisivos tienen por fanáticos a los que defienden principios inconmovibles. Pero como el fanatismo no radica en el hecho de que alguien tenga principios fuertes, sino en que tal vez esos principios no gocen de racionalidad, lo que debe hacerse previamente antes de emitir la calificación, es averiguar sobre la racionalidad. Lo paradójico de todo esto, es que si hay un modelo que descolla en fanatismo, es el permisivo: su fuerte principio radicaría más bien en restar importancia a los principios. Bajo tal debilidad es fácil que emerja el caos. Un fruto de la irracionalidad es la oscuridad.

Lo que ha sucedido recientemente con la medalla que otorga la Corona Británica, ingresa de lleno en el fanatismo de colección. Los modernos permisivos, tan engreídos con su lugar común de tener una “mente amplia”, solo dan lecciones de estrechez mental, de irracionalidad. Dejaré de lado la misión que tiene la condecoración, dejaré de lado el origen de su invención, solo me centraré en la clásica imagen en donde aparece San Miguel aplastando la cabeza de Satanás. Un arcángel de la milicia celestial derrotando, con el poder divino, al príncipe de las tinieblas. Un ángel glorioso dominando a un ángel caído en las oscuras cavidades infernales. Todo está dicho, todo goza de sentido común. Pero el moderno permisivo, con su cantinela centrada en la sinrazón de que la escena referida está poniendo de relieve un accionar racista, ve que un hombre blanco aplasta a un hombre negro, y, por tanto, deduce que “eso es racismo inadmisible”. Pronto verán el cuadro de mi navegante nocturno, y, como les parecerá racista una noche negra, solicitarán que se la pinte de blanco, todo bajo la deslumbrante idea de que ya están cansados de que se use al negro para mostrar poca luminosidad. Si hay alguien al que se conoce como príncipe de las tiniebla, no veo otro modo de que se lo represente que usando una tonalidad oscura; no imagino a alguien que mora en las tinieblas más espantosas, sino, precisamente, rodeado de la máxima oscuridad, o sea, de una máxima negrura. Y si encima se trata de quien se halla en el infierno, sabemos que el fuego al quemar deja al quemado de color negro (sobre la cuestión ‘fuego infernal’, sugiero al que esté tentado en intentar poner en él cierta luz, adentrarse en la teología, donde podrá advertirse las condiciones especiales que allí se dicen sobre ese fuego. Desde luego, campo de la fe). De ahí la representación del ángel caído con forma corporal y del color consabido. Sencillamente es eso y nada más que eso.

Al fanatismo no lo excusa el número, por eso vemos sociedades cargadas de fanatismo, aunque quienes ingresen en ese número no se tengan por tales viéndose consolados por su pertenencia numérica.

Tras toda la cuestión anterior está ahora un movimiento llamado Black Lives Matter, activistas que unen lo que consideran racismo en una medalla, con la muerte de George Floyd, del que se dice que murió aplastado por la rodilla de un policía blanco de los Estados Unidos. ¿Aparecerá en breve un movimiento llamado “No Scream”, sosteniendo que debe ser eliminada la pintura famosa de Edvard Munch conocida como ‘El Grito’, todo porque en Alemania una vieja loca mató de un grito a su marido? Su fanatismo lleva a que, en nombre del “no racismo”, no se represente a Satanás siendo aplastado y siendo negro como las tinieblas, y, ¡qué paradoja!, se deje así a quien se lo conoce bíblicamente como el homicida desde el principio (Jn. 8, 44), libre de su cargo, siendo que es una de las cosas que más le encanta hacer. Así, los permisivos y su fanatismo, a sabiendas o bajo la ignorancia, rinden un gran homenaje a quien también se lo conoce como “el padre de la mentira” (Jn. 8, 44).

 

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