Historia

EL LIBRO NEGRO DEL COMUNISMO

Por: Eduardo Fort

Estamos en el año 1997. Bill Clinton comienza su segundo mandato presidencial en un Estados Unidos que lo apoya y se consolida como superpotencia global. Falta mucho para que China pueda siquiera disputarle el título. En el patio trasero de América, los gigantes Argentina, Brasil y México son gobernados por partidos conservadores o neoconservadores tradicionales, todavía con una cierta estabilidad política.

Cruzando el océano, Europa vive el último año en el poder del antaño colosal Helmut Kohl, así como el segundo de Jacques Chirac, el primero de Tony Blair y un breve paso de Romano Prodi por la primera magistratura italiana. En nuestro país y luego de años de socialdemocracia, el electorado apuesta por José María Aznar, quien transformará España cumpliendo (aunque de otro modo) la profecía de Alfonso Guerra.

El panorama político es tan previsible que el Premio Nobel de la Paz se otorga a la Campaña Internacional para la Prohibición de las Minas Antipersona. En el mundo del deporte, Borussia Dortmund gana la Champions League, Jacques Villeneuve triunfa en el Mundial de Fórmula 1 y Mike Tyson es descalificado al morder la oreja de Evander Holyfield en su tercer combate por el título de los Pesados, versión Asociación Mundial de Boxeo.

Para los amantes del cine, se estrena Titanic, un filme dirigido por James Cameron que hará Historia. El provocador dramaturgo italiano Darío Fo se lleva el Nobel de Literatura por “emular a los bufones de la Edad Media en la crítica a la autoridad y reivindicar la dignidad de los olvidados”.

En esos años, nadie en su sano juicio es capaz de discutir las ventajas de la democracia liberal, ese sistema al que Winston Churchill calificó como “el peor, exceptuando a todos los demás”.

EL LIBRO NEGRO DEL COMUNISMO

Casi cinco años después de la publicación de El fin de la Historia y el último hombre, el aún malinterpretado texto del profesor Francis Fukuyama, el comunismo (incluso bajo eufemismos como “socialismo real” o “socialismo democrático”) es una rémora de las democracias liberales modernas y se circunscribe a estados totalitarios como la China maoísta (ya en plena metamorfosis hacia el capitalismo desatado), el Laos del Partido Popular Revolucionario (que continúa el “sendero luminoso” de los chinos), la Cuba castrista, el Vietnam post-Ho Chi Minh y aberraciones históricas como la Corea del Norte férreamente tiranizada por la dinastía de los Kim.

Es en este escenario, probablemente no demasiado propicio, en el que la editorial parisina Robert Laffont publica un texto con tono explosivo, pero academicista y plagado de datos. Hablamos, claro, de El libro negro del comunismo. Lo que sigue es ya leyenda.

La obra en cuestión es responsabilidad del historiador francés Stéphane Courtois, director de investigación académica en el Centro Nacional para la Investigación Científica (CNRS, por sus siglas en francés). De probada trayectoria universitaria, Courtois es un antiguo militante comunista (autodefinido como “anarco-maoísta”), lo cual -entre muchas otras cosas- lo habilita a describir el monstruo por haberlo conocido desde su interior.

El resto de autores, cada uno especializado en un subtema distinto, es una auténtica selección de eruditos; hablamos, entre otros colaboradores, de: Nicolas Werth, experto en la Historia de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas; Jean-Louis Panné, estudioso del comunismo europeo; Andrzej Paczkowski, dedicado a la izquierda de Europa del Este en general y a su Polonia nativa en particular; Karel Bartosek, enfocado en su Checoslovaquia natal y Jean-Louis Margolin, investigador del comunismo asiático en sus formas más variadas. Otros ensayistas se ocupan de Hispanoamérica y África, que no podían faltar (quizá sea Oceanía el único continente en el que el comunismo no dejó su huella).

UNA ARCADIA FELIZ

Aunque el engendro comunista parece moribundo, no conviene ni convendrá fiarse: el libro es recibido con repudio y reclamaciones por la totalidad de la izquierda (evidente) y el progresismo (no faltaba más) internacionales. El argumento principal (el más banal y el más discutible) es irrisorio: El comunismo, para los críticos, nunca se aplicó de manera adecuada y precisa.

Todos los ejemplos son perversiones de la santidad original: la Rusia estalinista, la China maoísta, la Cuba castrista, la Camboya de Pol Pot y sus jemeres rojos, la Rumanía de Ceaucescu, la Nicaragua sandinista y la Etiopía de Mengistu serían poco más que tergiversaciones sociopolíticas de la Palabra de Karl Marx. El comunismo real, dicen, es una Arcadia feliz a la que nunca hemos llegado. Un futuro utópico e imposible, que no se concreta por las condiciones imperantes pero cuyo espejismo, como en el Sáhara, nos permite seguir avanzando.

SEGUNDAS PARTES NUNCA FUERON BUENAS

Se llega, incluso, a instaurar una efímera moda: se publican El libro negro del capitalismo y El libro negro del colonialismo, ambos muy malas imitaciones de la idea original.

Sin embargo, hay algo irresistible e innegable en El libro negro del comunismo. Algo que los científicos sociales de nuestro planeta en general y de España en particular parecen haber olvidado: los datos, los benditos datos. Courtois y su pandilla dedican páginas y páginas a describir los “crímenes”, el “terror” y la “represión” en todos los escenarios en los que el comunismo (con el nombre que quiera que adoptase). Planteado esta situación, los académicos van más allá: sostienen que los “efectos secundarios” del comunismo (masacres, terror, censura, hambre, represión, pobreza y toda una serie de suplicios más) son nada más y nada menos que el objetivo principal, el núcleo del ADN de la ideología en cuestión.

Dicen que para muestra basta un botón, y El libro negro del comunismo es una tienda entera de la calle de Pontejos: las purgas estalinistas, la Revolución Cultural china, la persecución a la disidencia en Cuba, la exterminación de casi un cuarto de la población camboyana por parte de Pol Pot y hasta las desconocidas (por el público en general) persecuciones del Frente Sandinista nicaragüense a los aborígenes misquitos desfilan por las tenebrosas pero fascinantes páginas de El libro negro. Hablamos de autócratas capaces de matar de hambre a la población de Ucrania para dar una lección, en el caso de Stalin, o de internar en campos de concentración a todo aquel con algún rasgo intelectual, como en la Camboya de los jemeres rojos.

Por suerte, los menores de cuarenta o cincuenta años jamás escucharon hablar de términos como gulag, holodomor, campos de reeducación o período especial.

UN TEXTO NECESARIO

Por desgracia, una vez más se confirma el triunfo cultural, publicitario y psicológico del comunismo, una ideología inherente a la adolescencia pero que, como la varicela, se va con la edad; en la adultez se reserva para ilusos, fanáticos o perversos. Iluso fue, también, quien creyó que todo terminaba con la caída del Muro de Berlín. Los cantos de sirena venezolanos, bolivianos, nicaragüenses, chinos y cubanos ahí siguen, entonando sus letanías de dolor y muerte. Especialmente sangrante es el caso de China, ascendiente superpotencia en auge y principal financiador (como, antaño, la Unión Soviética) de cuanta algarada antioccidental surja en el mundo, sin contar a la inquietante Rusia neosoviética y protoimperialista del ex apparátchik Vladimir Putin.

La reedición en lengua española de esta obra es mérito de la venerable editorial Arzalia que, bajo la sabia dirección de Ricardo Artola, se dedica con pasión y sensatez a rescatar textos imprescindibles e injustamente olvidados. Ya hizo lo propio con joyas como Estrategia de Sir Basil Liddell Hart, Anatomía del valor de Lord Moran y Mi misión en España del ex embajador estadounidense Claude Gernade Bowers, entre muchos otros títulos. A diferencia de estos últimos, El libro negro del comunismo -aunque siempre vigente- es hoy (más que en 1997 y como aviso a navegantes) un texto necesario. Como su antecesora griega, la Hidra comunista genera una cabeza por cada una que se le corta. El libro de Courtois no es la espada de Hércules, pero es un buen comienzo.

 

© Centinela

 

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