
Por Ibeth Angulo
Si analizamos la sucesión de hechos delictivos recientes relacionados a la minería en Pataz, veremos que la violencia con que tales fueron consumados fue escalando: extorsión, explosión de torres que interrumpieron operaciones mineras, toma de rehenes, hasta llegar al asesinato conocido la mañana de ayer de trece mineros artesanales. Al parecer no es tan obvio que, a diferencia de la historia narrada por Dostoievski en su célebre novela “Crimen y castigo”, detrás de estos crímenes no hay culpas ni anhelos de redención y tampoco conflictos morales que inviten a los malhechores a retroceder en sus actos. Si es claro su deslumbramiento por el oro que día con día eleva su valor en el mercado mundial.
Como se sabe, el Batolito de Pataz alberga yacimientos de oro de incalculable riqueza. Cuatro de las principales mineras auríferas peruanas operan en Pataz: Poderosa, Consorcio Minero Horizonte, Marsa y Caravelí. A lo largo de la historia, toda talla de truhanes, ladrones y asesinos se han visto apresados por sus viles tentaciones, dadas las características de un “botín” que acrecienta su valor, pero también el estímulo para estos comportamientos ruines.
La violencia que campea en cada rincón de nuestro país es un fenómeno social cuyo origen es multifactorial y merece ser atendido del mismo modo; no obstante, sus gravísimas consecuencias nos obligan a entender pragmáticamente sus invertidos esquemas de interpretación del mundo y de pobreza espiritual, en los que absolutamente todo (personas, principios o normas) se subordina a lo medial y efímero.
En contraste a lo anterior, y a la par de la riqueza material de Pataz, se encuentra la riqueza cultural de sus pueblos, sus tradiciones, su sentido de comunidad y profunda devoción al patrón: Santo Toribio de Mogrovejo. Las fiestas patronales no sólo tienen lugar en ciudades patacinas, se replican en diferentes ciudades del Perú con gran fervor y gratitud, bajo la organización de personas nacidas en Pataz, cuyo arraigo las mantiene en total fidelidad a sus tradiciones. Recuerdo -con meridiana claridad- que apenas con diez años fui madrina de la fiesta patronal realizada en Trujillo; en adelante, ser partícipe de estos eventos me ha permitido corroborar una genuina devoción a Santo Toribio de Mogrovejo, trasmitida de generación en generación, tanto en la alabanza como en la práctica colectiva de sus consignas de honrar el tiempo de vida: de aprovecharlo con trabajo diligente.
Esta forma de vida en Pataz, pese a la innegable y contradictoria pobreza de gran parte de su población, el postergado desarrollo de oportunidades en educación y desatención a problemas de salud como la anemia, nos señala una deuda enorme para con esta noble provincia que hoy está nuevamente de duelo. Han sido hallados sin vida los trece mineros que fueron reportados como secuestrados en los días previos, hallazgo que nos revela la falta de efectividad de las medidas adoptadas en favor de la seguridad. Una vez más, esa violencia desesperada, amoral y hambrienta -cual Gollum- del precioso metal, sume a trece familias en el dolor de perder a uno de los suyos.
Quizás entendemos que en el modelo mental de un criminal dispuesto a todo por conseguir el oro es casi nula la posibilidad de observancia de un marco normativo: “si no respeta la vida humana, menos pues va a respetar una ley o un estado de emergencia”. Y así también, comprendemos que esta falta de respeto por la vida somete a la suya propia en el acto criminal mismo: “está dispuesto a todo”. Lo relevante es que este entendimiento propicie acciones concretas y efectivas; de lo contrario, se abona a un efectivísimo reforzador de conductas para el hampa: la impunidad. De hecho, el escalamiento de la violencia nos muestra que es así.
No se trata de implementar la Ley del Talión, que nos pondría al mismo nivel de precariedad de conciencia moral de los criminales, sino de actuar con contundencia y firmeza para proteger a la población. Tal vez se tornen necesarias algunas restricciones temporales, como en las peores épocas del terrorismo. No hay disuasión posible ante medidas declarativas para quien está dispuesto a apretar el gatillo y eliminar vidas.
Tenemos una deuda con Pataz, con su gente que nos enseña a honrar la vida y a dotarla de sentido desde la fe y la tradición; y, con su minería, que aporta significativamente al PBI de nuestro país. Si bien estos crímenes no lograrán doblegar un temple forjado en la fe, en el frío y el socavón, tampoco pueden ser secundados por el silencio, la inacción y menos por la indecisión de quienes hacen parte de la cadena de administración de justicia, de seguridad y de defensa de la patria.
Son tiempos hostiles que nos ponen a prueba, en los que hemos de tener muy presentes las palabras de Santo Toribio de Mogrovejo: “El Señor Dios nos tomará estricta cuenta del modo como hemos empleado nuestro tiempo”.





