Cultura

POR QUÉ EL PERIODISMO NECESITA VOLVER A LA BASE HUMANÍSTICA

Por: Fátima Saldonid

A horas de celebrar el Día del Periodista, es necesario reflexionar sobre la encrucijada que atraviesa la profesión.

La proliferación masiva de la inteligencia artificial, la hiperconectividad y las fake news han redefinido el ecosistema informativo. Sin embargo, frente a los pronósticos pesimistas que anuncian el fin de la profesión, hay que señalar que la crisis actual no representa necesariamente el fin del periodismo, sino una de las pruebas más importantes que enfrentamos los periodistas. La tecnología puede automatizar la redacción, pero difícilmente podrá reemplazar la ética y el conocimiento que aporta el ser humano.

Por ello, para desenvolverse en este mundo de confusión y ruido, las facultades de comunicación tienen una responsabilidad ineludible: reivindicar y fortalecer la formación humanística.

El cerebro humano procesa la información no solo a través de datos, sino también mediante narrativas estructuradas por contextos culturales y emocionales. Diversos estudios han mostrado que, ante la saturación informativa, las personas pueden volverse más vulnerables a la desinformación y experimentar fatiga frente a la toma de decisiones.

Aquí es donde la inteligencia artificial, al carecer de conciencia, intencionalidad y experiencia empática, encuentra uno de sus principales límites. Un algoritmo procesa patrones estadísticos, pero no comprende el sufrimiento humano, la injusticia social, el peso histórico de un acontecimiento ni, menos aún, el contexto en el que estos hechos adquieren significado.

Frente a la automatización de la información, la respuesta no puede ser únicamente técnica. También debe ser intelectual y humanística. Las facultades de periodismo deben fortalecer en sus mallas curriculares los pilares del saber que contribuyen al desarrollo del pensamiento crítico:

La historia y la geografía, para entender el presente sin caer en simplismos y contextualizar los conflictos globales con profundidad espacial y temporal.

La filosofía y la antropología, para darle al comunicador herramientas éticas firmes, cuestionar la realidad y comprender la complejidad del comportamiento social.

Las artes y las letras, para desarrollar la sensibilidad estética, la retórica y la capacidad narrativa que permiten conectar con las audiencias.

Enfrentamos un escenario en el que la tecnología permite crear cualquier ilusión o falsear la realidad mediante deepfakes. La sociedad ya no enfrenta únicamente un problema de falta de información, sino también de confianza y de certezas. El verdadero valor del periodista hoy no consiste simplemente en recopilar datos con rapidez, sino en verificar, contextualizar e interpretar la realidad con responsabilidad.

La información real, rigurosa y contrastada es un insumo social indispensable para que los ciudadanos tomen buenas decisiones en democracia. Sin un periodismo veraz, las sociedades quedan más expuestas a la polarización, la desinformación y el deterioro de la conversación pública.

El periodismo no va a desaparecer porque el ser humano necesita irremediablemente del otro ser humano. La empatía, el instinto de supervivencia social y la confianza interpersonal no pueden reducirse a patrones estadísticos ni programarse por completo.

En medio del ruido digital, solamente otra persona dotada de sensibilidad, criterio y rigor metodológico podrá mirar a los ojos a la sociedad y decirle: esto es verdad, esto está pasando, y estas son las circunstancias que debemos comprender.

Fortalecer la formación humanística en las universidades no es un capricho nostálgico. Es una necesidad para formar profesionales capaces de comprender críticamente la realidad y desenvolverse en un ecosistema informativo cada vez más complejo.

1 comentario

  1. Lamentablemente todas esas materias se dan en las universidades pero de la mano de ideólogos de una sola corriente de pensamiento, ¿de quiénes se habla? De Theodor Adorno, Herbert Marcuse, Walter Benjamin, Erich Fromm, Friedrich Pollock, Leo Löwenthal, Jürgen Habermas, etc. Pero debería volverse a los clásicos Platón, Aristóteles, Séneca y Cicerón.

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