LA REVOLUCIÓN DE LOS “TECH BROS”: CUANDO EL CAPITALISMO DIGITAL JUEGA CON EL MANUAL MARXISTA
Por: René Rodríguez
Durante décadas, el debate político occidental estuvo atrapado en una aparente contradicción: capitalismo contra socialismo, libre mercado contra planificación estatal, derecha contra izquierda, pero el avance de la revolución tecnológica está demostrando algo mucho más incómodo: las grandes corporaciones tecnológicas pueden utilizar métodos y principios que, paradójicamente, recuerdan a las críticas que el propio marxismo dirigió contra el capitalismo.
No se trata de afirmar que Silicon Valley se haya convertido al comunismo ni que sus multimillonarios sean seguidores de Marx, todo lo contrario. La nueva aristocracia tecnológica representa probablemente una de las formas más concentradas de poder económico de la historia, pero precisamente allí aparece la paradoja: para acumular riqueza y poder, los gigantes tecnológicos parecen aplicar una lógica de apropiación y concentración que elimina progresivamente la propiedad, el trabajo y hasta la autonomía del individuo.
El artículo de James Rickards, publicado en The Daily Reckoning(1), plantea esta contradicción provocadora: los llamados tech bros, los grandes empresarios de la inteligencia artificial, estarían jugando con un manual que Marx habría reconocido. La inteligencia artificial no ha surgido de la nada. Los grandes modelos lingüísticos y generativos han sido entrenados utilizando cantidades gigantescas de información disponible en internet: libros, artículos, fotografías, obras de arte, música, investigaciones académicas y otros productos del trabajo intelectual humano.
Aquí aparece la primera gran pregunta: ¿de quién es realmente esa información?
Si una empresa utiliza millones de libros y obras artísticas para entrenar una inteligencia artificial que posteriormente genera miles de millones de dólares, resulta legítimo preguntarse si los creadores originales han recibido una compensación proporcional. Rickards señala que muchas compañías tecnológicas han construido sus sistemas sobre una gigantesca acumulación de propiedad intelectual ajena. Su argumento central es provocador: el capitalismo tecnológico defiende la propiedad privada cuando le conviene, pero parece relativizarla cuando esa propiedad se convierte en materia prima para alimentar sus algoritmos. El problema no es únicamente jurídico, sino que tambien es moral y civilizatorio.
Durante siglos se entendió que quien escribía un libro, componía una canción o realizaba una investigación tenía derecho a recibir reconocimiento y protección por su trabajo; ahora, bajo el argumento de la innovación, gigantes tecnológicos pueden absorber enormes cantidades de contenido para construir productos privados de valor multimillonario. En otras palabras, el conocimiento producido socialmente termina concentrado en pocas corporaciones. La segunda gran transformación tiene que ver con el trabajo, el marxismo clásico denunciaba la explotación del trabajador por el propietario de los medios de producción. La inteligencia artificial parece llevar el problema a una nueva dimensión: ¿qué ocurrirá cuando el propietario ya no necesite al trabajador?
Este es uno de los aspectos más inquietantes de la revolución tecnológica. La inteligencia artificial no sólo pretende aumentar la productividad humana. En numerosos sectores, su objetivo es reemplazar progresivamente funciones realizadas por personas: programadores, diseñadores, traductores, personal administrativo, operadores de atención al cliente e incluso determinados profesionales podrían ver transformadas radicalmente sus ocupaciones.
La promesa de los defensores de la IA es que desaparecerán algunos empleos, pero surgirán otros; eso ha ocurrido en anteriores revoluciones industriales, sin embargo, existe una diferencia fundamental: la inteligencia artificial puede afectar simultáneamente tanto al trabajo manual como al intelectual.
¿Qué sucederá si una pequeña élite controla las máquinas capaces de producir, diseñar, programar, informar y administrar? La respuesta que muchos magnates tecnológicos proponen es la renta básica universal: si las máquinas producen todo, el Estado puede entregar dinero a quienes han perdido su empleo. Pero esta solución tiene una debilidad profunda: el ser humano no necesita solamente consumir; necesita participar, crear, trabajar y sentirse útil. Una sociedad en la que millones de personas dependan permanentemente de una transferencia estatal mientras una minoría controla los sistemas productivos podría ser económicamente estable, pero espiritualmente miserable.
Existe otra contradicción todavía más evidente: las grandes compañías tecnológicas son presentadas como símbolos del libre mercado; sin embargo, su crecimiento depende frecuentemente de recursos públicos, subsidios, ventajas regulatorias, contratos gubernamentales e infraestructuras financiadas por la sociedad. Los centros de datos necesarios para la inteligencia artificial consumen enormes cantidades de electricidad, agua y territorio, las comunidades locales pueden asumir parte de las consecuencias ambientales y económicas, mientras las ganancias se concentran en empresas privadas.
Esta es una vieja fórmula: privatizar los beneficios y socializar los costos. La tecnología puede generar una riqueza extraordinaria, pero debemos preguntarnos quién paga realmente la factura. Si el ciudadano paga mayores tarifas eléctricas, entrega sus datos, consume dispositivos cada vez más caros y contribuye con sus impuestos a financiar infraestructura y contratos estatales, mientras una minoría acumula valoraciones de billones de dólares, ¿estamos realmente ante un mercado libre o ante una nueva forma de capitalismo oligárquico?.
Marx sostenía que quien controla los medios de producción controla finalmente una parte decisiva de la sociedad. En el siglo XIX esos medios eran las fábricas, las minas y la tierra, en el siglo XXI son los datos, los algoritmos, los centros de procesamiento y la infraestructura digital. Y quizás ésta sea la verdadera cuestión de nuestro tiempo.
No deberíamos preguntarnos únicamente si la inteligencia artificial es buena o mala. Deberíamos preguntarnos: ¿quién la controla? ¿Bajo qué reglas? ¿Quién es dueño de los datos? ¿Quién recibe los beneficios? ¿Qué ocurre con quienes pierden su empleo? ¿Qué límites se imponen al poder de las corporaciones?
La respuesta no puede ser volver al marxismo ni entregar toda la economía al Estado. El fracaso histórico del socialismo no convierte automáticamente en virtuoso cualquier exceso del capitalismo corporativo. Como mencione en un articulo previo, es en este escenario donde adquiere especial relevancia la Doctrina Social de la Iglesia, ya que frente al colectivismo que anula a la persona y frente al capitalismo salvaje que convierte al hombre en un instrumento, el pensamiento social católico defiende la dignidad humana, la propiedad privada, el trabajo, la subsidiariedad y el bien común.La tecnología debe estar al servicio del hombre, no el hombre al servicio de la tecnología.
El verdadero peligro de la inteligencia artificial no es que las máquinas conquisten el mundo, el peligro real es que los seres humanos entreguemos voluntariamente nuestro conocimiento, nuestros datos, nuestro trabajo y nuestra capacidad de decisión a una concentración de poder tecnológico sin precedentes. Quizás la nueva lucha del siglo XXI ya no sea entre izquierda y derecha, quizás sea entre la persona humana y los nuevos imperios digitales; porque cuando la propiedad intelectual de millones se convierte en el combustible gratuito de unos pocos, cuando el trabajo humano es sustituido sin ofrecer un verdadero lugar social a quienes quedan atrás y cuando los costos de la innovación recaen sobre toda la población mientras las ganancias se concentran en una élite, estamos ante algo más profundo que una revolución tecnológica, estamos ante una revolución del poder. Y la pregunta fundamental sigue siendo la misma: ¿quién controlará a los que controlan las máquinas?
Fuente:
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https://dailyreckoning.com/tech-bros-run-the-marxist-playbook/




